Capítulo 13 #2
Sabía que seguiría teniendo la inmortalidad, pero con una diferencia esencial: los vampiros sí podían morir; no eran intocables por las armas adecuadas o por el sol. Era una forma de recuperar el derecho al final, una opción que Hades me había robado.
Se negó rotundamente.
—No. Es impensable. No quiero darte una condena peor que la que ya tienes. Yo no soy un dios que condena por celos; soy un ser que respeta la agonía ajena. Ser vampiro no es la libertad que buscas.
Pero luego sus ojos adquirieron un brillo diferente, el brillo de la misma curiosidad intelectual que me había movido a mí en mis años de juventud. Se inclinó hacia adelante.
—Pero podemos probar el juego inverso —propuso, su voz baja y cargada de riesgo—. Si tu beso es la llave de la muerte y mi sangre es la negación de la vida, ¿qué pasaría si lo intentaras conmigo?
Íbamos a comprobar una teoría tan absurda como desesperada. Dos seres condenados, sentados frente al fuego y listos para arriesgarlo todo en un intento desesperado por romper la maldición que, de una u otra forma, nos había impuesto el destino.
Después de largos minutos discutiendo, donde Dracacio argumentaba sobre la ética de su existencia y yo sobre la desesperación de la mía, finalmente lo convencí. Mi argumento fue simple: si me moría, era el fin; si me transformaba, era una nueva oportunidad.
El fuego crepitaba mientras me acomodaba en el sofá y le ofrecía mi cuello. No había desafío en mi gesto, sino una entrega total a la esperanza de un cambio.
Se acercó lentamente. Sentí sus dedos fríos apartar mi cabello. Su mordida no fue violenta, un pinchazo suave y preciso. Gemí por el dolor de sus colmillos al perforar la fina piel; un dolor agudo y punzante, pero fugaz.
Empezó a succionar mi sangre y por un instante, cerré los ojos esperando sentir el vértigo de la pérdida de vida, la conversión a otra forma de inmortalidad.
Pero en apenas unos segundos, se quitó de golpe, asustado. Retrocedió tan rápido que tropezó con la alfombra. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, no por el placer, sino por el horror.
—Tu sangre es como agua, no tiene color ni sabor —exclamó con un tono de puro pánico—. No me llena, no me sacia. Está... vacía. Nunca había probado algo así.
Mi piel se erizó. Me llevé una mano al cuello para palpar la herida.
—Y tu piel se retrae —continuó, señalando con un dedo tembloroso—. La herida se cierra al instante. Mis colmillos no pueden avanzar.
La mordedura ya no estaba. Mi cuello estaba intacto y la piel lisa. La maldición de Hades actuaba como un escudo, rechazando incluso la condena de un vampiro.
Dracacio se puso visiblemente nervioso. Giraba sobre sí mismo, sus largos dedos entrelazándose y separándose, incapaz de mantenerse quieto.
—Ahora tendremos que esperar un rato para ver si la transformación se activa —dijo, aunque su tono ya era de derrota—. Pero temo que es inútil. Eres más antigua, más sellada de lo que imaginé.
Esperamos una hora completa frente a la chimenea. Pareció una eternidad. Ni la más mínima sensación de cambio, ni la sed de sangre, ni el frío de los no-muertos. Nada. El resultado fue claro: mi castigo era impenetrable y no podría transformarme en vampiro.
El fracaso de la mordida nos dejó en un silencio cargado de frustración. Fue Dracacio quien lo rompió, su mirada fija en el fuego.
—Ahora es mi turno.
Fue él quien pidió la muerte. Quería que yo lo matara y así yo podía darle un final sin sufrimiento para liberarlo de esa existencia solitaria y monótona. No había miedo en sus ojos sino un cansancio de siglos que yo conocía demasiado bien.
Dudé. Matar para mí siempre había sido una carga, una obligación dolorosa. Pero él lo pedía. Y me miró con una súplica que era difícil de rechazar. No me costó mirarlo con deseo, porque me resultaba muy atractivo; tenía una belleza oscura y difícil de explicar con palabras.
Él vio el destello en mis ojos, ese brillo que anunciaba la maldición. Esperé el cambio. Pero no ocurrió. Su pulso no se alteró, su voz no tembló y sus ojos azules me sostuvieron sin rastro de temor. Así que di el paso.
Lo besé. Fue un beso suave, apenas un roce entre dos seres condenados que esperaban un milagro. Me alejé solo unos centímetros, incapaz de apartarme del todo. Permanecimos inmóviles frente a frente, escuchando únicamente el crepitar del fuego.
Esperé. Cinco segundos. Diez. Treinta. Un minuto entero. Nada.
Dracacio seguía allí. No cayó. No vi cómo su mirada se apagaba ni escuché el último suspiro que ya conocía demasiado bien. Permanecía de pie, respirando aquella falsa respiración que imitaba la vida. Sus ojos seguían clavados en los míos.
Lentamente levantó una mano y acarició mi mejilla con la yema de los dedos.
—Sigo aquí... —susurró con una sonrisa incrédula.
Sentí que el aire regresaba a mis pulmones. Las piernas comenzaron a temblarme y tuve que apoyar una mano sobre el respaldo del sofá para no caer. Las lágrimas brotaron sin permiso.
—Nunca había podido besar a alguien sin matarlo.
Dracacio observó cómo una lágrima descendía por mi rostro y la secó con el pulgar.
—Entonces volvamos a hacerlo —dijo con una ternura inesperada.
Se inclinó otra vez y esta vez fue él quien buscó mis labios. Ya no había miedo, ni dudas, ni esa espera angustiosa que siempre seguía a cada beso. Solo dos seres que, por primera vez, podían tocarse sin convertirse en verdugos del otro.
Cuando nos separamos, apoyamos la frente uno contra el otro y permanecimos así varios segundos. Ninguno decía nada. No hacía falta. Comprendí que acababa de recuperar algo que creía perdido para siempre: la posibilidad de besar sin condenar.
Volvimos a besarnos. Entonces recordé algo que creía perdido para siempre: la calidez de unos labios. Los suyos tenían un ligero sabor a sangre seca y vino. Le respondí con toda la pasión que llevaba siglos guardando.
Habíamos roto leyes que ni siquiera sabíamos que existían. Ninguno podía matar al otro. Ya sabíamos lo que éramos y, aun así, no nos juzgábamos. Éramos dos seres incomprendidos que se habían cruzado por los caprichos de un destino que, irónicamente, creíamos controlado por otros.
Esa noche no hubo más experimentos ni filosofías. Bailamos de alegría y luego nos quedamos dormidos en el sofá frente al fuego que se moría, abrazados y cubiertos por una manta pesada.
Por la mañana, la estancia seguía oscura.
Las ventanas estaban cubiertas con grandes telas negras que impedían el paso de la claridad.
Sabía que el sol era su enemigo. Él seguía durmiendo, su respiración inexistente era un consuelo.
Así que decidí salir y explorar los alrededores del castillo, buscando el aire fresco del día.
Estaba bajo un gran árbol de roble sintiendo el rocío frío en el rostro, cuando sucedió. Hades apareció. Estaba furioso, pero lo más revelador era su rostro: un mapa de absoluto desconcierto.
—Te vi desde el fuego, besándote con ese vampiro.
Me miró; en sus ojos había una furia fría pero también algo nuevo y familiar, algo totalmente humano.
—Me están quemando los celos. Ese sentimiento no es propio de los dioses, lo sabes.
No tenemos la estructura para manejar el miedo a la pérdida.
Pero no sé qué tienes tú, Elina, que me los generas.
Jamás imaginé que encontrarías un ser al que ni siquiera yo había tenido en cuenta.
Realmente no me esperaba este giro. ¿Qué piensas hacer?
¿Te vas a enamorar de esa criatura que bebe sangre?
No respondí enseguida. Lo miré sintiendo un extraño triunfo.
—No lo sé, Hades. Pero al menos tengo a alguien con quien puedo compartir mi dolor y mi condena. Y que sufras celos, me reconforta un poco. Por lo menos, mi castigo también tiene consecuencias en ti.
Su expresión cambió apenas. Dio un paso hacia mí.
Después otro. Hasta que mi espalda quedó apoyada contra el tronco áspero del roble.
Levantó un brazo y apoyó la mano sobre la corteza, junto a mi cabeza, encerrándome entre el árbol y su cuerpo.
La otra descendió lentamente hasta mi cintura.
No me sujetaba. No hacía falta. Solo estaba demasiado cerca.
—Esos labios... —murmuró con la voz grave.
Guardó silencio unos segundos, como si ni él mismo entendiera lo que estaba a punto de decir.
—Esos labios me pertenecen.
Lo miré sin poder evitar una sonrisa.
—Qué raro escuchar a un dios hablar como un hombre.
Su mandíbula se tensó.
—No vuelvas a besar a ese vampiro.
—¿Es una orden?
No respondió. Sus ojos buscaron los míos, esperando quizá encontrar miedo o arrepentimiento. Encontraron otra cosa.
Sonreí con picardía. Me acerqué apenas unos centímetros, lo suficiente para sentir el calor que desprendía su piel. En lugar de besar sus labios, incliné la cabeza y hundí suavemente los dientes en su cuello. Apenas una mordida juguetona, sin fuerza, casi una travesura.
Me aparté despacio.
—Ahora ya sabes lo que se siente que alguien invada tu espacio sin pedir permiso.
Hades se quedó completamente inmóvil. Se llevó una mano al cuello, no porque le doliera, sino porque nadie se había atrevido jamás a desafiarlo de una forma tan absurda... y tan humana.
Aproveché su desconcierto para rodearlo y comenzar a alejarme entre los árboles.
—Nos vemos, Hades.
No respondió.
Cuando ya estaba a varios metros de distancia, giré apenas la cabeza. Seguía allí, quieto bajo el roble, con la dignidad de un dios hecha trizas y la mirada perdida en el lugar donde unos segundos antes habían estado mis labios.
Me fui sonriendo. Había ganado un conocimiento crucial y, lo más importante, había descubierto dos grietas: una en la condena... y otra en el dios que la había creado.