Mil besos para morir Capítulo 13
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Capítulo 13

Dance Macabre - Danza macabra

Ghost

Me había adentrado en los Cárpatos buscando la soledad que solo las montañas antiguas pueden ofrecer.

La gente se refugiaba en sus aldeas, protegiéndose del miedo a los turcos y a las viejas leyendas de aquellas montañas.

Yo, en cambio, sentía una paz perversa en el peligro: nada de lo que vagaba por el bosque podía ser tan letal como mi presencia.

No tenía rumbo fijo. Mi disfraz era el de una nómada que solo cargaba hojas con mis memorias, ropa y algo de oro. Caminaba rápido, quería cansar a mi cuerpo y drenar esa energía inmortal que me mantenía demasiado viva. Elegí la noche, era el único velo bajo el cual no me sentía tan expuesta.

La ruta, más que un camino, era una herida en la tierra que subía y se perdía entre el denso bosque. Fue justo en un claro donde los árboles cedían para revelar la silueta de un pico, que lo vi. Se movía con la gracia de un depredador que sabe que su presa no puede escapar.

Alto, fuerte y con el cuerpo esculpido bajo una tela oscura que parecía seda. Su rostro era de una belleza difícil de explicar, parecía desafiar la lógica de la naturaleza. Piel blanca como el mármol e inmaculada.

Mi cuerpo inmortal no reaccionó con el miedo, sino con la confusión. No parecía un simple mortal, tampoco un dios. Mientras lo miraba tratando de descifrar qué era, él rompió el silencio:

—¿Vienes de lejos, forastera? —preguntó. Su voz era suave, con un acento que no pude identificar. Era un susurro sin esfuerzo, pero lleno de autoridad.

Me quedé quieta. Mi instinto afinado por siglos de huidas me decía que este hombre no representaba un peligro físico, sino un peligro en la lógica de mi existencia. Era un ser que alteraba el juego.

—De lugares que ya no existen —respondí con voz firme.

Él me analizó. Sentí su mirada recorrer mis manos, mis ojos, y detenerse brevemente en mis labios.

Se deslizó a centímetros de mí, cerrando el espacio que la niebla nos había concedido, buscaba intimidarme.

Sus ojos azules y gélidos se encendieron en un carmesí profundo, como brasas avivadas por la noche.

Abrió la boca en una mueca que intentaba ser feroz, enseñándome los colmillos afilados y blancos.

Esperó mi grito, mi huida o mi desesperada carrera por el bosque. Esperó la reacción previsible del miedo mortal. En lugar de eso, sonreí. No una sonrisa de alegría sino una de curiosidad perversa.

Él se quedó helado y el rojo en sus ojos se apagó. Dio un paso hacia atrás, el movimiento fue rápido y fluido, impulsado por el asombro. Me miró asustado sin entender mi quietud y calma. El silencio regresó pesado y denso, roto solo por el lejano ulular de un búho.

—¿Quién eres tú? —murmuró, su voz ahora desprovista de amenaza y llena de una duda.

—Alguien que lleva demasiado tiempo buscando un final diferente —respondí.

Nos quedamos bajo la sombra de las montañas, dos predadores congelados por un encuentro que alteraba las reglas. En ese instante en medio del bosque rumano, supe que esa parada en Transilvania no era solo casualidad.

Se acercó nuevamente, pero esta vez sin la intención depredadora inicial. Su movimiento fue lento y cauteloso, como el de un científico ante un espécimen inesperado. Puso su rostro en mi cuello y me olfateó. Su nariz fina y fría rozó la piel expuesta de mi garganta.

El contacto fue extrañamente íntimo y me produjo un escalofrío que no sentía hacía siglos. Su aliento era gélido, sin el calor de la vida. Posó sus labios suavemente, apenas un roce, un instante de tacto que no era ni beso ni ataque, sino pura exploración.

Se apartó de golpe y me miró fijamente a los ojos:

—¿Qué eres? —murmuró, casi sin aliento—. Tienes la apariencia humana, pero hueles a muerte y rosas. Es una fragancia antigua y dulce, pero contaminada por algo que no logro descifrar. No hueles a alma fresca, pero tampoco hueles a piedra. ¿Quién te ha tocado?

Me tomó de las manos e hizo su presentación:

—Yo soy Dracacio, un vampiro. Seguramente habrás escuchado historias oscuras sobre nosotros —me dijo, sin soltarme—.

Pero si matamos es para comer, estamos condenados a esta existencia y esta forma de vivir.

Yo intento cazar animales. Solo busco humanos cuando no tengo opciones, pero siempre elijo a los que merecen la muerte: ladrones, asesinos, los que no suman nada a este mundo.

Me soltó y me volvió a interrogar:

—Y tú, dime, misteriosa mujer, ¿qué eres? ¿Una sirena, una bruja, un hada?

Lo miré, sintiendo que era hora de devolver el misterio con verdad.

—Yo tampoco sé qué soy —confesé—. No sé si mi condición tiene nombre en este mundo. Soy un experimento, una condena, producto de la crueldad de un dios. Pero sí hay algo que compartimos, Dracacio, la eternidad y la condena de tener que matar.

Hice una pausa, saboreando el silencio que se creó entre nosotros, el momento en que mi verdad superó su leyenda.

—Aunque con ciertas diferencias. Tú matas para vivir. Yo, al contrario, mato para poder romper esta condena.

Sus ojos se abrieron con asombro. Se quedó inmóvil y aunque abrió la boca, las palabras no le salían.

—No sé qué decirte —logró articular finalmente, con una voz apenas audible—. Nunca había conocido a alguien así. Eres un abismo y una luz a la vez.

Una emoción que podía ser curiosidad o una soledad tan vasta como la mía, se apoderó de su expresión. Se enderezó y la autoridad regresó a su voz, aunque matizada por el respeto.

—Ven. Te llevaré a mi castillo para que podamos seguir conociéndonos. Que nos hayamos cruzado aquí, en este frío rincón de los Cárpatos, no es pura coincidencia.

Me hizo una seña girándose con fluidez y comenzó a moverse.

Caminamos uno junto al otro, aunque él parecía flotar sobre el suelo lleno de raíces y nieve, sin hacer ruido, mientras yo sentía la pesadez de mis botas.

Me guio por caminos secretos y senderos a través de la espesura del bosque que solo él parecía conocer.

Después de dar innumerables vueltas que me hicieron perder toda noción de la dirección, llegamos.

Su castillo era increíble: una mole de piedra oscura y basalto, encaramada en la ladera de la montaña, con una estética puramente gótica y sombría. Era imponente, severo y diseñado para resistir siglos.

Me abrió las puertas de su hogar con un gesto amplio y ceremonioso.

El aire olía a piedra húmeda, cera derretida y libros viejos.

Miles de velas iluminaban los pasillos. Las sombras parecían caminar por las paredes antes que nosotros.

El lugar era un laberinto de corredores fríos y salones amplios.

Me mostró la inmensa biblioteca, la armería y la galería de retratos de su linaje.

Finalmente, ya pasada la medianoche, llegamos a una estancia más cálida. Nos sentamos en un amplio sofá de terciopelo rojo, frente a una chimenea de piedra negra donde ardía un fuego silencioso y eterno.

Cuando el calor del fuego terminó por abrazarnos, desarmando la rigidez del aire frío del castillo, le confesé todo.

Se lo dije a Dracacio como nunca se lo había dicho a nadie: no solo los hechos, sino el peso de lo que cargaba.

Le hablé de la inmensa cantidad de hombres que había matado, de la agonía de sentir cómo el alma se desprendía de sus cuerpos y de los lugares por los que había vagado, sin paz ni propósito.

Le conté mis ganas desesperadas de terminar con todo, de ser una simple mortal y, sobre todo, de poder besar a alguien sin matarlo.

Él permaneció inmóvil durante varios minutos. Solo el crepitar del fuego llenaba la habitación.

Entonces se levantó. No dijo una palabra.

Cruzó el salón y desapareció entre las sombras de la biblioteca.

Lo escuché mover escaleras de madera, abrir cajones y retirar varios volúmenes antiguos.

Regresó con tres libros enormes encuadernados en cuero negro, un rollo de pergamino amarillento y un pequeño cuaderno lleno de anotaciones escritas con diferentes tintas. Los fue acomodando sobre la mesa.

—Hace siglos que intento comprender nuestra existencia —dijo mientras pasaba las páginas con cuidado—. No porque crea que haya una cura, sino porque el conocimiento hace más llevadera la eternidad.

Abrió el primer manuscrito. Las hojas estaban cubiertas de ilustraciones de criaturas imposibles.

—Aquí hablan de licántropos.

Pasó varias páginas.

—Aquí... de brujas.

Otra más.

—Aquí aparecen los primeros relatos sobre vampiros.

Volvió a levantar la vista.

—Pero nunca encontré nada parecido a ti.

Me acerqué lentamente.

Sobre otra página había dibujos de demonios, ángeles caídos, espíritus del bosque y seres nacidos de antiguas maldiciones. Ninguno se parecía a mí.

—¿Y si Hades creó algo que nunca existió antes? —pregunté.

Dracacio permaneció pensativo.

—Eso explicaría por qué no encuentro referencias.

Tomó una pluma y comenzó a escribir.

Sujeto uno: vampiro.

Sujeto dos: inmortal creada por un dios.

Sonreí por primera vez en mucho tiempo.

—Parecemos alquimistas.

Él también sonrió.

—No.

Parecemos dos errores intentando comprender por qué existimos.

Durante horas llenamos hojas con preguntas.

¿Mi sangre podía alimentar a un vampiro?

¿Su mordida podía alterar una maldición divina?

¿Mi beso afectaba solo a los humanos?

¿Un inmortal podía morir por otro inmortal?

¿Las maldiciones obedecían reglas... o únicamente la voluntad de quien las imponía?

Jamás me había detenido a pensar en ello. Siempre había aceptado mi condena como un destino imposible de discutir. Dracacio no. Él cuestionaba todo. Y, sin darme cuenta, comenzó a contagiarme esa curiosidad.

Por primera vez en siglos, no me sentía una víctima. Me sentía una investigadora de mi propia desgracia.

Entonces una idea comenzó a tomar forma. Levanté la vista. Una propuesta que era la síntesis de mi desesperación.

—Muérdeme.

Dracacio parpadeó sin entender.

—Dime, ¿qué pasaría si me mordieras? ¿Podría tu veneno transformarme en uno de los tuyos?