Mil besos para morir Capítulo 12
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Capítulo 12

Mourir D'Aimer - Morir al amor

Charles Aznavour

Las lluvias habían cesado, y aún quedaban charcos que reflejaban las tejas musgosas y los rostros de quienes preferíamos no mirar hacia arriba.

Caminaba envuelta en una pesada capa de terciopelo azul oscuro, tan gruesa que parecía arrastrar la noche consigo.

El borde inferior, manchado por el barro de los caminos que cruzaban el reino, hablaba de distancias y de despedidas silenciosas.

Mis botas altas de cuero gastado amortiguaban el sonido de mis pasos sobre los adoquines irregulares, pero no el peso de mi andar.

La villa de Cluny era pequeña, pero vibrante.

Estaba bajo la sombra de la Abadía, una montaña de piedra gris que dominaba el horizonte.

Las campanas del gigantesco campanario repicaban con una gravedad monótona, perforando el silencio de la mañana.

Era un laberinto de calles angostas y malolientes donde las casas se inclinaban unas sobre otras.

El corazón de la ciudad era el mercado: allí, el olor agrio del vino rancio y la humedad de la lana se mezclaban con el rastro de agua de rosas que emanaba de las esferas de plata perforadas de las damas de clase alta.

Nadie sabía nada sobre mí. Solo los perros se apartaban en silencio y con un gruñido bajo cuando me veían pasar. Los animales eran los únicos que parecían percibir que ya no era del todo humana.

El hierro ardía en el aire. Me detuve frente a una herrería que parecía sacada de otro siglo. En el interior, las paredes de piedra estaban ennegrecidas por el hollín. Herramientas de todas las formas y tamaños colgaban de ganchos, sus sombras se movían al compás de las llamas de la fragua.

El fuego iluminaba el torso desnudo y musculoso de un hombre, no por vanidad, sino por oficio.

Su piel, curtida por el fuego y el hierro, estaba salpicada de quemaduras, cicatrices suaves que ya eran parte de él.

Pero su rostro, en cambio, era un contraste imposible.

Facciones serenas, casi nobles; mandíbula amplia, nariz recta, cejas marcadas sobre unos ojos de un gris claro y metálico, como acero recién templado.

Había algo profundamente limpio en su expresión.

—Hola, necesito una espada —dije sin levantar la vista—. Ligera, para manos pequeñas, pero fuerte.

Dejó el martillo sobre el yunque con un sonido grave y me observó con calma. Su cabello castaño, algo largo, estaba recogido de forma descuidada.

—Soy Travis —dijo, extendiendo su mano para saludarme.

Sus brazos estaban cubiertos de tatuajes: espadas antiguas, llamas y animales. Sus manos eran inmensas, duras, con los dedos ennegrecidos por el carbón y el metal.

—Elina —respondí sin mirarlo a la cara.

—Tendrás la espada más equilibrada que haya forjado. Podrás pasar a recogerla dentro de tres días —respondió.

No exigió pago por adelantado. Simplemente volvió a su trabajo.

Regresé al atardecer del tercer día. La herrería olía a metal recién nacido.

Él me esperaba con una sonrisa franca, casi orgullosa.

Me entregó una espada fina, su hoja clara como agua congelada y las filigranas en la empuñadura eran sutiles.

La tomé sin palabras y, a cambio, coloqué en su mano una pequeña bolsa de cuero.

El oro tintineó entre sus dedos, suficiente para pagar tres espadas como esa.

Él la aceptó con una leve inclinación de cabeza, pero no miró la bolsa, me miró a mí.

Sus manos callosas guardaron el pago con descuido.

Travis pasó el pulgar por el filo de la espada. La hoja devolvió un destello blanco.

—Una espada nunca está realmente terminada.

Lo miré sin comprender.

—El acero cambia con quien la empuña.

Giró lentamente el arma entre sus manos.

—La próxima vez que la afiles... ya no será exactamente esta espada.

Me quedé observando el reflejo de mi rostro sobre el metal.

—Ojalá pudiera decir lo mismo de las personas.

Travis me miró unos segundos.

—Las personas también pueden volver a forjarse. Solo necesitan sobrevivir al fuego.

Sentí un vacío imposible de explicar. Porque yo llevaba siglos sobreviviendo...

y nunca había logrado convertirme en alguien diferente.

Luego se inclinó, lento, con la misma delicadeza con la que un herrero sostiene una hoja aún al rojo vivo. Buscó mis ojos y yo por un instante dudé. Su mano subió despacio, como temiendo forjar una grieta, rozó mi barbilla con una ternura inesperada y me alzó el rostro.

—Solo quería ver si sonreías —susurró.

Y entonces ocurrió. Mis ojos, deseo disfrazado de oro, lo miraron. Un parpadeo bastó. Su expresión cambió, lo vi arder por dentro. Su mirada se volvió honda, líquida, como si algo inmenso acabara de meterlo al fuego.

Durante los días siguientes encontré cualquier excusa para volver a la herrería. A veces llevaba la espada para preguntarle por el equilibrio de la hoja. Otras simplemente decía que el cuero de la empuñadura me molestaba. Él siempre encontraba algo que ajustar.

Una tarde me sorprendió sosteniendo un pequeño martillo.

—Golpea.

Lo miré confundida.

Me señaló una barra de hierro incandescente.

Obedecí. El primer golpe apenas rozó el metal. El segundo fue peor. El tercero hizo rebotar el martillo y casi me golpeó la frente.

Travis soltó una risa grave.

Tomó mis manos por detrás para corregir la postura. El mango del martillo quedó atrapado entre los dos. Sentí el calor de la fragua mezclarse con el suyo.

—No es cuestión de fuerza. Es ritmo. Escucha el hierro.

Fruncí el ceño.

—¿Escucharlo?

Él sonrió.

—Sí. Cada metal tiene una voz distinta. Golpea cuando deje de gritar.

Lo intenté otra vez. Esta vez el martillo encontró el centro. Un sonido limpio llenó toda la herrería.

Travis asintió satisfecho.

—¿Ves? Hasta el acero necesita paciencia para convertirse en otra cosa.

Bajé la vista hacia la hoja al rojo vivo. Pensé que ojalá las almas también pudieran volver a forjarse.

Era de noche, caminábamos por las callejuelas de Cluny, con la luna reflejada en los charcos. La piedra bajo nuestros pies aún respiraba el calor del día. Travis posó su brazo sobre mi hombro con un gesto simple y sincero.

Nos adentramos en los bosques de Borgoña.

Tras una caminata por un sendero de hojas y helechos, seguimos el sonido insistente de un pequeño arroyo.

Allí, escondida bajo la sombra de los sauces, el agua se precipitaba apenas un par de metros para formar una poza.

No era más que una mancha de agua oscura y quieta, rodeada por rocas musgosas.

Nos quitamos la ropa en silencio. Travis cerró los ojos unos segundos.

—Nunca imaginé compartir este lugar con alguien.

—¿Por qué?

—Porque siempre vine solo. Cuando trabajo... todo pesa. Cuando estoy aquí... el mundo deja de hacer ruido.

Me acerqué y apoyé la frente sobre su hombro. No era deseo, era descanso. Y por primera vez en mucho tiempo... descansar también me dio miedo.

El agua era fría, pero Travis me abrazó desde atrás, me envolvió con un calor que no venía del cuerpo, sino de algo más profundo.

Flotábamos, piel contra piel, como si el tiempo se hubiera suspendido.

Su pecho rozaba mi espalda, su respiración se mezclaba con la mía.

Me giró suavemente, buscaba mi boca y, aun así, esquivé sus labios.

No por falta de deseo, sino porque quería retener ese momento un poco más.

Me sumergí, como si pudiera desaparecer, pero ahí, en lo profundo, me alcanzó su voz:

—Vamos, Elina… estoy ansioso por esa alma. No forjes celos en mí. Deja de jugar con los pobres hombres a los que condenas.

Subí a la superficie jadeando y temblando.

—No sé qué me hiciste —susurró Travis—. Me haces sentir como si ya no quisiera hacer nada más que estar a tu lado por el resto de mi vida.

Lo miré y sentí el vértigo, ya era tarde para él. Yo iba a cumplir ese deseo de estar a mi lado. Lo que él no sabía, era que ya casi no quedaban restos de vida.

Me acerqué y lo besé. Fue breve, culpable, lleno de entrega y miedo. Un sello más en la lista invisible que cargaba en la espalda.

Travis murió sin un solo quejido. Su cuerpo se hundió lentamente entre mis brazos, como si se fundiera con el agua. Lo sostuve un momento más, como si eso bastara para pagar lo impagable. Su cuerpo quedó flotando, mientras una mano gris lo arrastraba hasta el rincón más oscuro.

Apenas alcancé a salir del agua. Usé la espada de Travis como ancla, clavando su hoja en la tierra firme de la orilla para evitar ser arrastrada.

La poza, antes serena, ya no estaba quieta: un remolino furioso y violento rompía la superficie en el centro, con una violencia sobrenatural.

Era una bestia que absorbía todo lo que flotaba a su alcance.

Me senté en la orilla y sin pensarlo, clavé la hoja de la espada en mi estómago, sentí el filo desgarrar la carne y el ardor punzante.

Caí hacia adelante, jadeando, y esperé la oscuridad…

pero no vino. En cambio, el dolor retrocedió.

Sentí la herida cerrarse desde dentro, la carne reuniéndose como si nunca hubiera sido rota.

No había sangre, solo mi aliento entrecortado y el metal caliente en mis manos. Grité con una rabia sorda y antigua.

Lo intenté de nuevo, esta vez en el cuello, en un tajo certero y violento. Pero la piel se curó antes de que pudiera caer al suelo. La espada resbaló de mis dedos y se hundió en la orilla.

—Qué empeño el tuyo, tan hermoso como inútil.

Me giré despacio. Estaba allí, entre las sombras. Tenía la quietud de una estatua de metal fundido; una presencia fría que parecía devorar la poca luz de la luna. Sus ojos oscuros me observaban con algo que mezclaba diversión y lástima.

—¿Cuántas veces vas a intentarlo? No puedes matarte. No tú. No ahora. No mientras tu condena esté escrita sobre tus ojos y tus labios.

Me encogí, temblando, con la respiración rota.

—Déjame morir —susurré, apenas—. Por una vez, déjame elegir.

Se inclinó, recogió la espada y me la ofreció con gentileza, como si me diera una flor.

—Límpiala. Aún te queda camino y hombres por despedir. Vas seiscientas cuarenta y tres almas.

Luego desapareció como humo que se dispersa en el aire.

El amanecer me encontró caminando entre la niebla. La capa pesaba en mis hombros como un sudario andante que marcaba mi luto y mi condición. Ya no me quedaban lágrimas, solo silencio.