Capítulo 11
Hana - Flor
Orange Range
Pude ver la ciudad de Kamakura desde lejos, enclavada entre el mar y las colinas, como una joya escondida. No era una metrópolis desordenada como algunas que había visitado anteriormente en otros continentes; era una ciudad íntima, estrecha, protegida por esos valles boscosos.
Era finales de marzo y caminaba bajo una suave lluvia de pétalos de cerezo.
La ciudad florecía como una pintura viva: el aire, húmedo, olía a tierra mojada y flores dulces; los puentes de madera se arqueaban sobre arroyos murmurantes.
Los templos, con sus techos curvos, se alzaban en la distancia como montañas sagradas.
Todo en la ciudad era delicado, contenido y disciplinado. Yo no lo era.
Mi apariencia atraía miradas curiosas. El cabello rubio me delataba a cada paso bajo el sol de Kamakura.
Pero era mi piel la que robaba la calma de los aldeanos: cubierta de lunares y pecas, marcas que el sol griego me había tatuado y que ellos confundían con manchas de una maldición antigua.
Mis ojos verdes, junto a esa forma de mirar el mundo, hacían imposible que pasara desapercibida.
Las mujeres con sus kimonos de seda desviaban la mirada, los hombres susurraban oraciones y un niño pequeño lloró al cruzarse conmigo.
Esa noche, las sombras me encontraron en un callejón estrecho.
Un grupo de hombres se me acercó, apestando a sake rancio y arrogancia.
Uno me sujetó del brazo e intentó arrastrarme.
Sin pensarlo, usé la inercia para lanzarlo al suelo.
En cada lugar que visitaba, no solo aprendía sus costumbres, sino también a luchar con mi cuerpo o con armas.
Cuando me posicioné para defenderme, el aire se cortó. Una katana brilló con movimientos limpios, casi una danza. Los hombres cayeron como bambús partidos.
Lo vi, su silueta entre la penumbra, un samurái.
Se plantó a unos centímetros de mí, y lo miré con detalle, de arriba abajo.
Sobre la cabeza, llevaba un casco negro con un protector que se extendía sobre la nuca, como las alas de un escarabajo gigante.
El rostro le quedaba cubierto por una media máscara de hierro lacado.
Su cuerpo estaba protegido por un peto de placas que se envolvía alrededor de su pecho, un mosaico de metal y cordones de seda de color índigo que lo sujetaban todo.
Bajo el brillo lacado de la armadura, se podía ver una túnica interior de algodón que asomaba en el cuello.
Las piernas eran las que más me intrigaban.
Sobre los muslos colgaba una especie de falda blindada hecha de pequeñas placas lacadas y cordones.
Bajo todo ese peso, en lugar de botas, solo llevaba sandalias simples de paja trenzada atadas a la pierna con cuerda y sus pies, cubiertos por unos calcetines de tela.
Su rostro era joven, pero endurecido por años de entrenamiento y silencios.
Tenía una belleza simple, sin adorno ni exceso.
Los pómulos altos y la piel clara, apenas marcada por el sol.
El cabello, negro como la tinta, caía liso y pesado, recogido con precisión casi ritual, sin un solo mechón fuera de lugar.
Los costados de la cabeza, rasurados con esmero.
Y sus ojos eran de una negrura sin fondo, como ver una noche sin luna ni estrellas.
En su mirada no había juicio, solo una quietud que podía ser calma o tormenta en espera.
Hablaban de nobleza, pero también de contención.
No dijo nada, solo me miró y giró, esperando que lo siguiera.
La casa de té estaba envuelta en silencio.
Nos sentamos frente a frente en el suelo de tatami, sobre cojines.
Él sirvió el té con una ceremonia pausada, respetuosa, con movimientos de una precisión milenaria.
Evitaba mirarme directamente, y cada vez que lo intentaba, se ponía nervioso.
Me hablaba con gestos, con acciones, me trataba con un respeto sagrado que dolía más que cualquier desprecio.
—Mi nombre es Renjiro. Puedo ofrecerte protección y refugio hasta que decidas irte, viajera —me dijo, mientras servía un cuenco humeante.
Yo bajé la cabeza. Mis labios querían agradecer, pero sabía que, si hablaba demasiado, él escucharía el eco del abismo en mi voz.
Días después, entrenábamos juntos en un anexo de su vivienda, una sala dedicada a la práctica.
Al deslizar la puerta, me envolvió el olor del incienso de sándalo quemándose en un rincón.
El suelo, de tablas de cedro pulidas por los años, era frío y duro bajo mis pies descalzos.
La claridad entraba tamizada por los marcos de madera y papel, dibujando una cuadrícula de luz sobre la madera gastada del suelo.
Me enseñó a blandir la katana con precisión, instruyéndome en el Kenjutsu: el arte de la espada samurái donde cada movimiento busca la máxima eficacia y el fin inmediato del adversario. Cada movimiento tenía un ritmo, una respiración, un propósito. Después me pidió que dejara la espada a un lado.
—Ahora —dijo con voz firme—, aprenderás Kumiuchi. Lo que ocurre cuando el acero ya no está entre tus manos.
Nos colocamos en el centro de la sala, donde la madera estaba más marcada por los golpes.
Apenas tuve tiempo de pensar antes de que se lanzara hacia mí.
Sentí el choque de su cuerpo, la fuerza que me arrastraba.
Comprendí que aquello era diferente: el combate sin armas no dejaba distancia, no había respiro.
Me enseñó a desequilibrarlo, a usar el peso de mi cuerpo en lugar de la fuerza.
Apenas podía concentrarme, tuve que recordarme no mirarlo a los ojos.
Cada vez que me inmovilizaba, agradecía en secreto que evitara buscar mis ojos.
Aun así, en cada movimiento, nuestros cuerpos se encontraban, torpes, insistentes.
Jadeaba, con el pulso acelerado. No lograba distinguir si aquel agotamiento nacía del rigor del Kogusoku o del magnetismo de su presencia.
Sentía el calor de su pecho bajo el tejido oscuro y la firmeza de sus manos guiando mis movimientos.
Su serenidad mientras me inmovilizaba despertaba en mí un calor que nada tenía que ver con la disciplina marcial.
Tuve que girarme, respirar, contener. No solo era luchar contra él, era una lucha constante para reprimir el deseo.
Recé arrodillada en la oscuridad de un pequeño templo de madera envejecida, construido con tablones sin pintar que olían a ciprés seco y tierra.
El suelo estaba frío bajo mis rodillas mientras las súplicas salían como un susurro desesperado.
La luz de unas candelas de aceite era toda la iluminación.
Esa luz temblorosa caía sobre el altar de madera, donde los espíritus divinos residían.
—No quiero matarlo. No más muertes, por favor. Que se rompa esta maldición.
Un instante después, el aire de la sala se congeló.
No fue el viento, fue un escalofrío profundo que vino de abajo, un frío que olía a la profundidad de la tierra.
La ráfaga no vino de las rendijas, se formó en el centro de la habitación, una presencia sin forma que engulló el poco oxígeno, apagando todas las candelas al mismo tiempo.
Me quedé en la oscuridad total. Aquella no era la respuesta de un kami pacífico de este lugar. Era la fría y posesiva mano del Inframundo, el recordatorio de que mi destino no me pertenecía a mí, sino a él, a Hades.
Los días siguientes se convirtieron en un contraste fascinante.
Por las mañanas, el silencio era cortado por el golpe seco de la madera contra la madera, y el sudor nos cubría tras horas de Kenjutsu, aprendiendo el ritmo letal de la espada, seguidas de la lucha íntima del Kogusoku, donde el calor de su cuerpo se hacía ineludible.
Luego llegaba la calma. Nos sentábamos juntos en la terraza de madera, contemplando el florecer de los cerezos mientras él me ofrecía té verde y me narraba con voz grave las historias de sus batallas.
Los paseos por los senderos boscosos, tierra adentro, se convirtieron en mi refugio.
Era allí, donde el contraste se hacía más palpable: entre las historias de muerte que él narraba y la frágil belleza de los sakuras, se tejía una rutina peligrosa.
No era una rutina de paz, era una cercanía que nos consumía con la misma lentitud con la que caían los pétalos.
Una tarde el entrenamiento terminó más temprano de lo habitual.
Renjiro apoyó las espadas de madera junto a la pared y tomó su katana.
Se sentó sobre el suelo de madera, cruzando las piernas con tranquilidad.
Sacó un pequeño paño blanco y comenzó a recorrer lentamente la hoja del acero.
Lo hacía con la misma delicadeza con la que otros acarician el rostro de alguien amado.
Me senté frente a él y lo observé durante varios minutos.
—¿Por qué la limpias si hoy no cortó nada?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Porque el acero también merece respeto cuando descansa.
Volvió a deslizar el paño sobre la hoja. Después de un largo silencio pregunté:
—¿Y quién limpia a los guerreros?
Su mano dejó de moverse. Por primera vez desde que nos conocíamos levantó la vista y sostuvo mi mirada unos segundos. No había deseo, solo cansancio.
—Eso... todavía no lo he aprendido.
Sentí un nudo en la garganta. Porque comprendí que él también estaba roto. Solo que había aprendido a esconder las grietas mejor que yo.
Renjiro preparaba la comida con la misma disciplina con la que empuñaba una katana. Aquella tarde colocó dos cuencos de arroz sobre la mesa baja y, junto a ellos, un par de palillos de madera.
—Aquí también se entrena la paciencia —dijo, empujando uno de los pares hacia mí.
Los observé con desconfianza.
—Parecen dos ramitas. ¿Dónde está la cuchara?
Renjiro inclinó apenas la cabeza.
—¿Cuchara?
Tomó los palillos y, con una naturalidad desesperante, atrapó un pequeño montón de arroz.
Lo imité. Apreté demasiado fuerte. El arroz salió disparado y fue a parar directamente sobre el tatami. Suspiré y volví a intentarlo. El grano logró subir apenas unos centímetros antes de caer otra vez al suelo.
Renjiro observaba la escena con una seriedad absoluta. Por un instante pensé que estaba ofendido por mi torpeza. Entonces, sin previo aviso, soltó una carcajada. No una sonrisa educada, una carcajada sincera. La primera que le escuchaba desde que lo conocía.
Me crucé de brazos.
—No tiene gracia.
Él intentó recuperar la compostura, pero cuanto más se contenía, más le temblaban los hombros.
—Perdón... —dijo entre risas—. Es que pareces estar luchando contra el arroz.
Lo fulminé con la mirada.
Renjiro negó despacio con una sonrisa.
—Y aun así... el arroz está ganando.
Bufé con indignación. Abandoné los palillos, tomé el cuenco con ambas manos y empecé a comer directamente de él.
—Problema resuelto.
Él volvió a reír.
—Eres la primera persona que derrota una tradición de siglos en menos de cinco segundos.
Lo miré desafiante.
—No derroté la tradición. Derroté el hambre.
Por un instante ninguno de los dos habló. Solo compartimos la comida y las risas.
El jardín estaba cubierto por un manto rosado.
Los pétalos descendían lentamente, empujados por un viento tan suave que parecía no querer tocar la tierra.
Renjiro caminó hasta una rama baja. Con mucho cuidado tomó una única flor de cerezo.
La sostuvo entre sus dedos unos segundos antes de acercarse a mí.
—Para ti.
La recibí con ambas manos, era increíblemente liviana. La observé en silencio.
—¿Sabes qué significa?
Él levantó la vista hacia los árboles.
—Los sakuras florecen apenas unos días. Después caen. No porque sean débiles... sino porque así debe ser.
Guardó silencio unos segundos.
—Nos recuerdan que incluso las cosas más hermosas duran muy poco.
Sentí que aquellas palabras atravesaban todas las vidas que había vivido.
Mis ojos comenzaron a humedecerse. Retrocedí un paso.
—No sigas...
Mi voz apenas existió.
—¿Por qué?
Negué con desesperación.
—Porque todo lo que se acerca a mí... termina muriendo.
Renjiro observó la flor entre mis manos. Después volvió a mirarme pero no parecía asustado, solo profundamente triste.
—He visto morir amigos. Maestros. Mi padre. Mi hermano. Todos creían que aún quedaba tiempo. Yo aprendí que el tiempo nunca nos pertenece.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
—No quiero que seas uno más.
Él levantó lentamente una mano. No buscó besarme, solo apartó un mechón de cabello de mi rostro.
—No me arrepiento de haberte encontrado.
Sentí el calor subir desde mi pecho. Ese calor maldito.
Mis ojos comenzaron a arder. Intenté girar la cabeza, pero ya era tarde.
El brillo dorado apareció entre mis lágrimas.
Renjiro sonrió apenas, como si hubiera aceptado su destino mucho antes que yo.
Entonces lo besé, fue el beso más breve de todos y también el más doloroso.
Su cuerpo se desvaneció como pétalos que caen sin ruido. El viento cambió de sentido, el entorno se oscureció.
Salí corriendo del lugar mientras me secaba las lágrimas con un pañuelo de seda.
—Quinientos cuarenta y dos. Nada mal para una extranjera en tierras sagradas.
No respondí. Mis pies avanzaban, pero mi alma retrocedía.
Esa noche caminé sola entre los bambúes.
La katana que me había regalado Renjiro colgaba a mi espalda.
Era liviana, pero se sentía más pesada que cualquier otra cosa.
La rabia me subió por la garganta, muda.
Desenvainé y sin pensar, comencé a cortar, rama tras rama, tallo tras tallo, el acero silbaba en el aire.
Los trozos caían como los fragmentos de un pasado que me negaba a cargar.
Cuando el último bambú se partió con un crujido seco, lancé la katana al cielo.
Giró tres veces antes de clavarse en la tierra blanda, temblando, como si incluso ella quisiera huir de lo que éramos.
Quise creer que podía cortar el destino con su filo.
Kamakura quedó atrás. El recuerdo de Renjiro, no.
Me veía a mí misma como un objeto de kintsukuroi.
Esta técnica japonesa valora las roturas de la cerámica rellenándolas con oro, buscando la belleza en la historia de las grietas.
Yo también era una pieza rota, pero a diferencia de la cerámica, mi daño no podía ser reparado ni celebrado.
Mi alma estaba tan destrozada que ni todo el oro del mundo podía repararla, solo podría resaltar lo irreparable de mi castigo.