Capítulo 10
One by One - Uno a uno
Enya
Durante años vagué por Noruega. Los inviernos se sucedían unos tras otros.
Mi sombra se extendió por los confines de ese país, vagando por senderos ancestrales; a veces, encontrando refugio seguro bajo una cueva o la espesura profunda de algún bosque, otras, buscando el calor fugaz de la civilización, dejando atrás las vastas comarcas agrícolas para dirigirme al bullicio de algún puerto comercial.
Caminaba sola entre las montañas blancas, donde el sol apenas rozaba la tierra y el viento silbaba como si hablara con los muertos.
No le temía al frío ni a la soledad, ya me había congelado por dentro hacía muchos años.
El invierno había tomado el mundo como un amo cruel.
Nevaba sin tregua y el cielo gris pesaba sobre mi espalda.
Me cubría con un manto de piel gruesa de oso, se la había robado junto con su alma a un hombre maldito del barco que me trajo a estas tierras.
Abajo, un vestido de lana marrón, remendado y endurecido por la escarcha.
Cada paso en la nieve con mis botas de cuero dejaba una huella que el viento tenía prisa por borrar.
A lo lejos, en la orilla sur del gran Trondheimsfjord, la ciudad de Nidaros apareció entre la bruma marina como un puñado de luces temblorosas.
Casas de madera con tejados cubiertos de nieve que contrastaban con el humo negro que escapaba de las chimeneas.
Las calles, de tierra congelada, crujían bajo mis pasos.
A lo lejos llegaban las risas y el sonido de los martillos, mientras el olor a pescado impregnaba el aire.
Esa noche me refugié en una taberna de madera de pino con techos altos donde las paredes olían a cerveza agria, humo y cuero. Me senté sola en un rincón y me quité el abrigo, permitiéndome relajarme. Bebía té caliente en una taza de metal.
En la mesa central, un grupo de hombres brindaba con jarras grandes y celebraban con carcajadas ruidosas. Hablaban de tácticas de guerra, de sangre y de drakkars, cuya llegada siempre significaba fuego y espada.
Uno de ellos me vio y me miró con curiosidad.
Era alto, con el cuerpo de alguien nacido para el combate: hombros anchos, brazos que sabían lo que era blandir un hacha desde antes de saber escribir su propio nombre.
Vestía una túnica de lana verde y sobre ella, un chaleco de cuero marrón endurecido, lleno de marcas y remiendos.
En la cintura, un cinturón con una hebilla de hierro que sostenía un cuchillo.
Sus pantalones eran amplios, pero estaban envueltos desde el tobillo hasta la rodilla por vendas de lana, sujetas con tiras de cuero.
El cabello, del color del trigo maduro, caía en una trenza prolija que le bajaba por la nuca, mientras los costados de la cabeza estaban rapados al ras.
La barba espesa le cubría la mandíbula angulosa, rubia también, con algunos nudos que el tiempo había dejado.
La piel, blanca por herencia, estaba curtida por el viento y el salitre del norte.
En el rostro, una cicatriz le cruzaba la ceja derecha hasta casi la mejilla, aún roja, parecía ser reciente.
El cuello y los brazos estaban tatuados con símbolos rúnicos, como un mapa vivo de sus creencias y victorias.
Sus ojos eran de un azul casi celeste, tan raro como el color de un iceberg cuando se rompe.
Su mirada no era vulgar, era directa, limpia y curiosa.
Me sonrió con una mezcla de ternura y peligro.
Alzó su jarra como un gesto de saludo. No respondí al gesto.
Bajé la vista hacia mi taza de té, convencida de que el silencio bastaría para alejarlo.
Sin embargo, unos instantes después, escuché sus pasos detenerse frente a mi mesa.
Dejó la jarra sobre la madera con un golpe suave y tomó asiento sin pedirme permiso. No había arrogancia en su gesto, solo una tranquilidad que me desconcertó.
No intentó conquistarme ni halagarme. Simplemente preguntó:
—¿Hace cuánto viajas sola?
Levanté apenas la vista.
—Demasiado.
Sonrió con una melancolía serena.
—Entonces debes de cargar muchas historias.
Sostuve la taza entre las manos para esconder el leve temblor de mis dedos.
—Y demasiados fantasmas.
Su sonrisa no desapareció. Bajó la mirada unos segundos antes de responder:
—Los míos también viajan conmigo.
El silencio volvió a sentarse entre los dos. No era incómodo. Afuera, el viento golpeaba las paredes de la taberna mientras las llamas del hogar crepitaban. Por un instante, tuve la absurda sensación de que ninguno de los dos necesitaba decir nada más para comprender al otro.
Entonces se puso de pie.
—Espero volver a verte.
Lo vi regresar junto a sus compañeros, levantar otra vez la jarra y reír con ellos como si aquella conversación jamás hubiera existido.
Pero algo en mí ya no estaba igual.
Esa misma noche, escapé del asentamiento. No por miedo, sino por costumbre. La huida era mi reflejo; sabía quién sería mi próxima víctima si me quedaba.
Corrí entre los árboles oscuros del bosque, donde las ramas crujían bajo la escarcha y los lobos aullaban a lo lejos. Pero unos pasos veloces y persistentes me seguían.
—¡No tienes por qué correr! —gritó mientras su voz resonaba entre los árboles.
Me detuve y giré. El hombre estaba allí, solo y desarmado, su pecho subía y bajaba con fuerza, pero no mostraba miedo.
—No temo a nada —dijo, acercándose paso a paso—. Ni siquiera a ti. Escuché las leyendas, sé quién eres.
Me temblaban los labios, pero no de frío. Quise advertirle, decirle que era peligroso estar cerca de mí. Pero también quise sentir, por un instante, por una noche, después de tantos años, algo de calor humano.
Estábamos rodeados de árboles altos y antiguos, como pilares de un templo olvidado.
El bosque nos acogía, sus copas tan densas que apenas dejaban pasar la luz de la luna.
Las ramas detenían la nieve, el frío y el viento, como si ese rincón del mundo hubiera sido preservado para nosotros.
El aire olía a tierra húmeda, musgo y resina, a la respiración contenida del invierno.
No había prisa, cada paso era una decisión, un puente hacia lo inevitable. Extendí la mano y encontré sus manos. Su piel estaba caliente, en contraste con el frío de la noche. Me dejé envolver por sus enormes brazos.
Él deslizó una mano por mi espalda con una lentitud que desarmaba cualquier defensa. No había ansiedad en sus gestos ni hambre. Solo la necesidad de comprobar que yo era real.
—Hace mucho que nadie me abraza así —confesé en un susurro.
El guerrero sonrió apenas.
—Entonces deja que lo haga un rato más.
Nos quedamos inmóviles. El tiempo dejó de importar. El frío ya no existía. Quería sentirlo. Quería recordar cómo era pertenecer al mundo de los vivos. Mis dedos recorrieron las cicatrices de su pecho. Él tembló apenas.
—Eres hermosa, Elina.
Negué con una tristeza que me pesaba siglos.
—No digas eso.
—¿Por qué?
Respiré hondo antes de responder.
—Porque si sigo aquí... voy a querer hacer el amor contigo.
Él no apartó la mirada.
—¿Y qué tendría de malo?
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
—Que después tendría que cargar con el peso de haberte entregado mi cuerpo... para terminar llevándome el tuyo.
El silencio cayó entre nosotros. Esperaba verlo retroceder, miedo, horror. Pero él solo tomó mi mano y la apoyó sobre su pecho. Sentí su corazón golpeando con fuerza bajo mi palma.
—Este cuerpo me pertenece a mí —dijo con una serenidad que dolía—. Y el alma también. Si decido entregártelos, será porque así lo elijo. No porque un dios lo haya escrito.
Negué con desesperación.
—No entiendes.
—Tal vez no.
Sonrió con esa calma imposible.
—Pero llevo toda la vida eligiendo cómo enfrentar la muerte. No voy a empezar a temerle ahora.
Mi respiración se quebró. Acaricié su rostro con la yema de los dedos.
—Ni tu cuerpo... ni tu alma serán para mí.
Nos quitamos la parte superior de nuestras ropas con movimientos lentos.
No era solo deseo, era algo más antiguo: un anhelo callado.
Piel con piel, unidos por el calor y el deseo.
Mi cabeza quedaba a la altura de su pecho, justo donde estaba su corazón.
Apoyé mi oreja y sentí cómo sus latidos eran cada vez más fuertes y rápidos.
Permanecimos abrazados durante un largo rato.
No hablábamos; el bosque lo hacía por nosotros: en el crujido leve de las hojas, en el suspiro del viento entre los árboles, en el calor que nacía entre los cuerpos y desplazaba el resto del mundo.
Entonces él susurró:
—Aquí las leyendas te nombran como «mujer veneno», pero quiero saber tu verdadero nombre.
—Elina —mi voz tembló un poco, como una rama a punto de quebrarse.
Entonces él asintió, solemne, como si el mundo se partiera en dos desde ese instante.
—Me llamo Tore. El guerrero del trueno.
Me incorporé lentamente y volví a cubrirme con la ropa. Sentía que cada tela que regresaba a mi piel era otra muralla levantándose entre nosotros.
Y lo inevitable sucedió cuando levanté la cabeza.
Lo miré con un deseo genuino, no pude evitarlo, mis ojos ardieron dorados.
Vi cómo su expresión cambiaba. La quietud en su rostro dio paso al deseo, y detrás, como una sombra, el miedo.
Por un segundo, la noche se detuvo, y el bosque guardó silencio.
—Me enfrenté a hombres en cientos de batallas —murmuró—. Sentí el filo del acero, el rugido de los lobos, la sangre en mi lengua. Pero esta lucha… esta ya la perdí. Se me perdió el alma en tus ojos.
Nunca me habían dicho lo que sentían al mirarlos.
Nunca había estado tan cerca, tan consciente del instante en que todo se quebraba.
Pero lo vi, como si algo antiguo despertara en él, una intuición primitiva.
Como si su alma supiera que su final había comenzado en el momento exacto en que me miró a los ojos.
Quise decirle algo, apartar la maldición de su piel, pero ya era tarde.
La muerte ya caminaba hacia él, con mis caricias, con mi nombre y mi deseo.
Se agachó y cerró los ojos. Como si aceptara el destino. Como si ya supiera que algunos combates no se ganan con un hacha.
Apoyé mi frente contra la suya. Respiré una última vez el aroma de su piel.
Y entonces... lo besé. Fue breve y dulce, pero bastó.
Su cuerpo cayó con suavidad, como un guerrero que se rinde ante un destino que ya conoce.
Me quedé junto a él, con los ojos cerrados.
No lloré, ya no gastaba lágrimas en almas que sabía dónde iban.
Pero algo dentro de mí se apagó un poco más, otra alma que ya no podría recuperar.
Al amanecer, cabalgaba sola entre abedules. El sol apenas se insinuaba en el horizonte, y la nieve lo cubría todo con un velo de muerte blanca. Mi abrigo de piel ondeaba tras de mí. En el aire, como un susurro, su voz volvió a susurrar.
—Cuatrocientas veintisiete almas. Qué guerrera eres, Elina.
Pero yo no me sentía una guerrera. Más bien me sentía un monstruo con forma de mujer, una asesina que mataba sin sentido. El viento comenzó a moverse con una fuerza antinatural.
—Sentí celos, Elina.
La voz me envolvió, helada y dulce, y yo tiré de las riendas del caballo, deteniéndome en seco.
—Verte en paz sobre el pecho de un mortal, absorbiendo su calor y deseo, me revolvió algo por dentro.
Se paró frente a mí y puso su mano helada sobre mi pecho, mientras me susurraba al oído:
—Déjame sentir tu piel en mi pecho, solo por un instante, tal como lo hiciste con ese humano. Negociaremos un par de almas por ello.
Me negué. No tenía por qué dar mi calor a un dios que solo me había dado condena. Las ramas de los abedules se agitaron con furia, y sus hojas, amarillas y frágiles, comenzaron a desprenderse.
—Así van cayendo. Uno a uno, como esas hojas, los hombres que matas.
Observé el suelo cubierto de blanco, y allí, como una plaga, aparecían las hojas caídas. Una, dos, no paraban de caer. Todas por mi culpa, todas por mi deseo.
—Yo me encargaré de contarlos. No hay prisa. Tengo toda la eternidad para esperarte.
Pero yo estaba cansada. Estaba exhausta de tantas muertes, de tantos adioses y de sentirme una herramienta en manos de alguien más.
Cabalgué más rápido, como si pudiera dejar atrás la maldición, y dejé ese lugar, como siempre lo hacía.