Capítulo 9
Valhalla Calling - El llamado de Valhalla
Miracle of Sound
Navegábamos con rumbo a Noruega. Estaba rodeada por veinticinco hombres, siempre bebiendo, gritando, acariciando sus armas como si fueran extensiones de su hombría.
Todos habían caído bajo el brillo dorado de mis ojos.
Ninguno sospechaba que el deseo que veía en mí era solo el reflejo de su propia perdición.
Mi corazón estaba lleno de asco y rabia. Los tenía en la palma de mi mano.
Una noche, me acerqué al primero, al que más odiaba por su forma de ser.
Tenía la piel cubierta de tatuajes con escenas de guerra y el corazón cubierto de orgullo.
Su rostro era un mapa de cicatrices y sus ojos, celestes con un fondo gris, no reflejaban nada más que la sed de muerte.
Le ofrecí vino, una sonrisa, y un beso. Su cuerpo se desplomó sin sonido sobre las pieles de osos polares.
Los otros no lo notaron, pensaron que dormía ebrio.
La siguiente noche, el segundo. Me había espiado mientras dormía, me acariciaba sin permiso. Le ofrecí caricias falsas y un beso cargado de muerte. Su pecho dejó de moverse antes del amanecer.
La quinta noche ya nadie dormía tranquilo. La octava comenzaron a rezar a Odín. La décima dejaron de beber. La decimocuarta escondían sus hachas debajo de las pieles, como si el hierro pudiera defenderlos de un enemigo invisible.
Así, uno por uno. Un juego de miradas, de sombras y de besos mortales en la cubierta, bajo las estrellas. A veces fingía estar hambrienta, otras, temblaba para parecer asustada. Ellos siempre se acercaban, tan predecibles.
Uno con olor a cerveza y dientes podridos intentó violarme. Le dije al oído que los hombres como él no iban al Valhalla, que iría al inframundo, luego lo besé sin rodeos. Otro con los ojos llenos de rabia y con las manos manchadas de sangre de foca cayó a mis pies luego de besarlo.
Los días pasaban, el mar nos tragaba y yo me convertía en una peste dentro del barco. Los cadáveres, uno a uno, eran arrojados por la borda. "Fiebre", decían los últimos, «un castigo de los dioses», y no estaban tan equivocados.
Al principio el barco era una fiesta. Después quedaron las discusiones. Luego los rezos. Más tarde solo el sonido del mar. Y finalmente... el silencio. Solo el crujido de la madera.
Veinticinco hombres habían embarcado. Uno solo seguía respirando.
El último en morir no pidió nada, solo me preguntó por qué seguía viva. Le respondí con un beso en la boca, sin gastar saliva, sin darle respuestas a alguien que no tuvo piedad con la gente de la aldea que me acogió.
Cuando por fin me quedé sola, el barco flotaba sin rumbo. La madera crujía bajo mi cuerpo, las velas eran trapos rotos y el mar me arrullaba con violencia.
Y entonces... tierra. Un perfil de montañas con las puntas cubiertas de nieve, casas de piedra y madera, humo espeso saliendo de las chimeneas y ese silencio denso que tienen los lugares donde la muerte ya pasó varias veces.
Mi cuerpo temblaba, pero no por frío. Era el peso de todo lo que había dejado atrás en ese barco maldito, de los rostros de los hombres que jamás volverían a pisar tierra y de sus miradas perdidas en la cubierta antes del último suspiro.
Caminé por la calle principal de un pueblo que no sabía cómo se llamaba.
No quise hablar con nadie ni preguntar nada.
La mayoría de sus habitantes eran pescadores con las manos llenas de cicatrices o mujeres con las manos llenas de tierra por trabajar en los huertos.
En el aire se mezclaba el olor a pescado podrido con el dulzor de las frutas del mercado.
Nadie me detuvo, nadie me preguntó de dónde venía ni adónde iba.
El pueblo pasó de mí, como lo hacen los lugares que han visto suficiente horror como para hacer preguntas.
Dormí dos días en un establo abandonado, envuelta en heno viejo y el olor persistente de unos caballos que hacía tiempo ya no estaban.
El tercer día, bajé hasta el muelle y ahí estaba Hades, apoyado contra una columna de madera.
Vestía un abrigo largo, oscuro, parecía tejido con el humo de una guerra.
No habló enseguida, solo me miró con esos ojos azules, profundos, que han visto cómo el mundo arde y renace, una y otra vez.
Entonces, lo sentí, esa extraña ternura envuelta en peligro.
—Bien hecho. Usaste tu don para algo más que solo placer o deseo. Diste muerte a quienes la merecían.
Caminó hacia mí con lentitud. Sus pasos no hacían ruido, como si no tocara del todo el suelo.
—No fue venganza disfrazada de deseo. Fue justicia, usando tus labios. Gracias a ellos, ahora vas... trescientas veintidós almas.
Me observó, como si ya supiera lo que vendría después.
—Y, aun así, no estás libre ni tranquila.
Tenía razón. Las caras de los vikingos muertos seguían apareciendo cuando cerraba los ojos. Me acerqué a él, solo un poco.
—¿Y ahora?
No respondió con palabras. Solo alzó el mentón, como quien mira más allá del horizonte y, sin un solo gesto de despedida, se desvaneció.
Me quedé ahí, de pie, frente al mar. El viento de Noruega soplaba distinto, más crudo.
Habían pasado siglos desde Grecia. Dejé atrás decenas de ciudades, aprendí nuevas lenguas… lo único que seguía conmigo era la maldición.