Mil besos para morir Capítulo 8
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Capítulo 8

Immigrant Song - Canción del inmigrante

Led Zeppelin

En otoño llegué a Reykholt, al oeste de Islandia.

Me instalé en un asentamiento vikingo: tejía, cocinaba, escuchaba historias alrededor del fuego y aprendí a luchar con un hacha.

Me enseñaron su idioma y sus costumbres.

Era un refugio extraño donde el tiempo, para mí, se disolvía entre aguas termales y rezos de ancianas.

En ese rincón helado, mi existencia, por un breve lapso, se sintió ancestral y natural.

Las casas de turba y madera se acurrucaban en el valle, resguardadas del viento helado, que parecía el único guardián de su paz.

Las mujeres hilaban la lana, reían con los niños, y sus cantos se elevaban con el viento.

Los hombres salían a cazar, buscar leña o explorar.

Pensé que el mundo y Hades se habían olvidado de mí.

Una de esas mañanas, me senté en el suelo de tierra apisonada junto al fuego central de la casa más grande. Adaldis, una de las ancianas de la aldea, me estaba trenzando el cabello. Sus manos, ásperas como la corteza de los árboles, pero extrañamente cálidas, desenredaban mi cabello con paciencia.

—Tienes cabello de seda, extranjera. No es como la lana áspera de las mujeres de aquí —murmuró Adaldis, tirando suavemente de un mechón—. Has caminado mucho. Has visto tierras donde el sol no muere en invierno y donde el mar es cálido. Dime... ¿cómo es el mundo allá afuera?

Me quedé mirando las brasas anaranjadas, sintiendo el peso de mis años de condena.

—Es grande y hay mucho que ver, Adaldis —le respondí, con la voz ensombrecida por los recuerdos—.

Pero la gente... la gente es cruel. Aquí el frío te ataca de frente, no te miente.

El hambre es un enemigo honesto. Pero allá afuera, los hombres se matan por pedazos de metal brillante, por dioses que no los escuchan y por reyes que ni siquiera los conocen.

Te aseguro que el hielo de Islandia es mucho más cálido que el corazón del mundo exterior.

La anciana guardó silencio, ató la punta de mi trenza con un cordón de cuero y me dio unas palmadas suaves en el hombro, como quien consuela a una niña que ha visto demasiados monstruos.

Después de terminar la trenza, la anciana apoyó una mano sobre mi mejilla.

—Ojalá encuentres un lugar donde puedas dejar de caminar.

Sonreí con tristeza.

—Yo también.

Ella rió.

—Entonces quédate aquí. Siempre hace falta una hija más en esta casa.

No respondí. Porque sabía que el destino jamás me permitía permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio.

Una tarde, cuando regresaba de un baño termal ubicado a varias horas caminando de la aldea, con el cabello aún caliente y húmedo, comprobé que mis propias palabras habían sido un presagio. Se me heló la sangre, no por el frío, sino por la imagen que presencié.

La nieve no pudo tapar la sangre y el viento no pudo callar a los cuervos.

El aire, que solía oler a hierba y leña, ahora estaba impregnado del aroma a carne quemada, ceniza y hierro.

Las construcciones comenzaron a arder con una lentitud cruel, como si quisieran recordar cada canción, cada mesa compartida.

No los trajo el hambre ni la necesidad, los trajo el deseo de arrasar y poseer. Esa crueldad del mundo exterior que yo creía haber dejado atrás, nos había alcanzado.

Vinieron con espadas y gritos, con pieles manchadas de barro y sangre, con ojos que solo veían botín.

Mataron a los hombres con una crudeza sin límites.

A los niños también, pero de manera más rápida.

Y a las mujeres, las redujeron al barro.

Las violaron sobre los mismos muros que las habían visto nacer, para luego matarlas sin piedad.

El cuerpo sin vida de Adaldis estaba tendido cerca de las cenizas de su telar.

Vi la imagen desde lo alto de una colina, donde las llamas pintaban un infierno en el atardecer, y yo, desde lejos, era testigo de la masacre. Quise correr, gritar, pero ya era tarde. No quedaba nada por hacer.

Cuando quise socorrer a una mujer que aún respiraba, uno de ellos me vio.

El líder del grupo me apretó el cuello con una sola mano para frenarme.

Su aliento a cerveza agria me alcanzó, y entonces no grité.

Apagué la desesperación, sepulté el dolor, y lo miré con un deseo que no era real, sino uno que aprendí a fingir con los años.

Y como tantos otros, cayó en la trampa de mi maldición sin saberlo.

Sonreí apenas, rozando mis dedos sobre la mano que me asfixiaba.

Le susurré palabras bonitas en su idioma, me pegué a su cuerpo y le hice creer que yo era su trofeo, su esclava voluntaria y sumisa.

Entonces él me bajó, soltó una carcajada ronca reclamando su premio, y me llevó con ellos al barco, a ese monstruo de madera que se abría paso entre las aguas heladas, llevándome otra vez hacia la oscuridad.