Capítulo 7
Fuoco Nel Fuoco - Fuego en el fuego
Eros Ramazzotti
La ciudad de Brundisium se alzaba blanca y arrogante frente al mar Adriático, como una puerta abierta hacia Oriente.
En su puerto, los barcos entraban y salían con el ritmo implacable de un imperio en expansión.
Las calles eran de piedra y arena, con el aire impregnado de una mezcla de aromas: sal, aceite y sudor de cuerpos fatigados de tanto servir.
Columnas de mármol sostenían los pórticos de las domus más ricas, mientras los esclavos como yo éramos llevados por las calles como ganado.
Brundisium no me conocía, y sin embargo ya me había condenado. Me recibió con cadenas en los tobillos y las muñecas, con los ojos del pueblo clavados en mi espalda. Aquí no había libertad, solo mármol brillante, hambre silenciosa y leyes escritas con sangre.
El polvo y la arena se nos pegaban al cuerpo, se metía en los ojos, la garganta, la nariz. Al estar encadenados era imposible quitárnoslo, por momentos se escuchaba un concierto de estornudos y tos. Algunos lloraban, yo no. Ya no.
Me entregaron a una domus poderosa, rodeada de columnas talladas y patios perfumados de laurel.
Un esclavo me condujo sin palabras por el patio.
Caminé con la cabeza gacha, mi cabello recogido, el cuerpo cubierto por una túnica beige que olía a lino viejo y sudor.
Nadie debía ver mis ojos. El silencio era mi única defensa y el suelo, mi único punto fijo.
Una mañana limpiaba los mosaicos con un paño húmedo, recorriendo escenas de héroes y dioses con manos que ya no temblaban.
Fue entonces que apareció Lucio, el primogénito de la casa.
Caminaba con la seguridad de quien ha nacido para ser observado.
Vestía una túnica de seda color marfil que caía con elegancia sobre su cuerpo delgado, pero bien proporcionado, ceñida con una cadena de oro a la cintura.
Su cabello, castaño claro y lacio, estaba recogido hacia atrás con una cinta dorada, dejando mechones sueltos sobre sus mejillas suaves, aún ajenas al rigor del mundo.
Su piel, tersa y pálida, hablaba de alguien que nunca había conocido el trabajo físico ni la dureza del sol directo: un rostro intacto, de facciones limpias y simétricas.
Sus ojos, celestes, casi transparentes, observaban el mundo sin juicio.
Había en ellos una melancolía callada, como si ya supiera que la belleza es apenas una jaula.
Una tarde barría el patio interior cuando Lucio apareció con una cesta de higos recién cosechados.
—Hace calor. Deberías comer algo.
Negué con la cabeza.
—Los esclavos comen cuando se les permite.
Él dejó igualmente un higo sobre el borde de la fuente.
—Entonces fingiré que se cayó.
No respondí. Esperé a que se marchara para tomarlo.
Al día siguiente volvió a dejar otro. Y al siguiente también.
Nunca me preguntó nada. Nunca intentó tocarme. Solo encontraba pequeñas formas de recordarme que, para él, yo seguía siendo una persona.
Durante los primeros días mantuvo la distancia.
Semanas después comenzó a tratarme con una dulzura y un respeto que me desconcertaban.
Me decía que me quería, me pedía que fuera su esposa, aunque sus padres no lo permitían, yo solo era una simple esclava.
Su proposición me llamó la atención, ya que aún no lo había condenado con mi mirada; solo era amable e intentaba no hablarle mucho.
Parecía que mi indiferencia llamaba su atención.
No entendía cómo alguien como él se podía fijar en mí.
Teníamos encuentros a escondidas, pero siempre evitaba mirarlo o besarlo.
Pero la normalidad y la tranquilidad no iban conmigo.
Una tarde, me ordenaron asistirlo, ayudarlo a vestir su toga para una ceremonia.
Mis manos temblaban antes de entrar a su cubículo privado, iluminado por el sol que se filtraba entre los listones de madera.
Lucio me esperaba de pie, descalzo y completamente desnudo.
Tenía un cuerpo que no podía dejar de mirar.
Ya sentía el fuego en mi interior, un fuego que no quería que escapara por mis ojos.
Lo miraba del cuello para abajo: su torso firme, su piel perfecta y suave.
Mis dedos apenas rozaron su piel al ajustar la tela.
—Estuve pensando que podríamos fugarnos de la ciudad —dijo poniendo sus manos en mi cintura—. Comenzar una vida donde nadie me diga lo que puedo o debo hacer.
Subí lentamente la vista, mirando sus labios cuando me habló. El peso de sus palabras y su voz era demasiado, y su cercanía, peligrosa.
Entonces sucedió lo inevitable. Me levantó la cabeza para que lo mirara a los ojos, y no al suelo como hacía siempre desde que había llegado a la domus.
—No, no puedes mirarme así —susurré, sintiendo cómo el mal se activaba, como un incendio en mi pecho.
Lo miré, un solo segundo, un destello dorado. El fuego que estaba conteniendo de deseo, finalmente salió por mis ojos y él se perdió. La pasión se encendió en sus ojos, como una antorcha. Me alejé, como si me hubiera quemado. La toga cayó al suelo y hui sin mirar atrás.
Intenté perderme por las calles de la ciudad para escapar por el puerto, pero, al caer la noche, sus hombres me encontraron en la playa. Me arrastraron de vuelta a la domus, a su habitación. Allí estaba él, solo, dolido y herido en su orgullo.
—¿Por qué huyes? ¿Qué temes? —preguntó, acercándose como quien ruega por una absolución—. ¿Es tan difícil que alguien como yo te ame?
No respondí. Su mano acarició mi cuello y no me aparté.
—Lucio...
Él sonrió con esa ternura que tanto me dolía.
—No tienes que seguir huyendo de mí.
Retrocedí un paso.
—Si supieras quién soy... me odiarías.
Él negó lentamente.
—No existe nada que puedas decirme que cambie lo que siento.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Sí existe.
Levanté una mano para apartarlo. Él, en cambio, tomó mis dedos con una delicadeza insoportable.
—Solo quiero besarte una vez.
Negué desesperadamente.
—No... No puedo. No sabes lo que estás haciendo.
—Lo único que sé... es que llevo semanas esperando este momento.
Mi respiración comenzó a quebrarse. Quise apartarme, pero mis piernas no respondieron. Sentí aquel calor maldito subir desde el pecho hasta la garganta. El brillo dorado apareció en mis ojos.
Lucio frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
Una lágrima cayó por mi mejilla.
—Perdóname.
Él se inclinó, y el beso ocurrió. Un beso silencioso, trágico e inocente. Su cuerpo cedió con lentitud. No grité, solo lo miré y lloré con culpa. Al rato llegaron sus guardias, y al ver la escena de él muerto en mis brazos, me sacaron del lugar, arrastrándome como a un animal.
Al día siguiente, me ataron a una cruz con cuerdas gruesas y ásperas. La plaza estaba llena de ciudadanos, senadores, soldados. Nadie habló hasta que el pretor leyó la sentencia:
—Por asesinar al hijo de Roma, Lucio, ¡será castigada con latigazos hasta la muerte!
Me bajaron de la cruz solo para hundirme en el barro.
Caí boca abajo, saboreando el lodo y la humillación.
Entonces sentí el primer contacto del látigo contra mi espalda, abriéndome la piel; apreté los dientes para no regalarles un grito.
El segundo latigazo me desgarró la carne, pero no sangraba.
El tercero encontró una espalda que ya no reaccionaba, como si golpearan un cuerpo ya vacío.
Perdí la cuenta después del décimo. El pueblo comenzó a murmurar, algunos retrocedían, otros se acercaban incrédulos. Una mujer gritó:
—¡No muere! ¡No se rompe!
Un anciano temblaba mientras decía en voz baja:
—¡Ni los dioses la quieren muerta!
Fingí mi muerte; solo así dejaron de azotarme.
La multitud retrocedió aterrada al ver que mis heridas se sellaban solas y mi sangre se negaba a brotar; murmuraban que yo era un prodigium, alguien a quien los dioses le habían negado el descanso eterno.
Para mí, aquello era una condena: cada golpe que mi cuerpo borraba me volvía menos humana.
Para purificar su miedo, me empaparon en aceite y me prendieron fuego.
Convertida en una antorcha viviente, me arrojaban sin ceremonia a una fosa común, donde el fuego iluminó por un instante el horror de los cadáveres frescos.
Querían borrar la prueba de que existía.
Cuando el foso se volvió silencio, me levanté.
Emergí como un espectro, cubierta de barro, ceniza y de sangre que no era mía.
De un cuerpo cercano, aún tibio, robé un manto y un vestido.
La tela, alguna vez de un blanco puro, estaba ahora casi completamente empapada en un carmesí denso; teñida por la sangre de las víctimas de la justicia romana.
Caminé por las calles como una sombra que se deshace en la oscuridad. A mi espalda, la ciudad seguía respirando, y entre sus susurros escuché:
—Veinticinco almas, Elina y apenas estás comenzando.
Seguí caminando, sin darle importancia. Era su voz, una que me perseguía a donde fuera.