Mil besos para morir Capítulo 6
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Capítulo 6

Drown - Ahogarse

Bring Me The Horizon

Me dejé llevar por la corriente sin timón ni mapa.

Estuve a la deriva durante días, pero ya no tenía hambre ni sed.

Iba sola en un bote de pesca abandonado, apenas una cáscara de madera que crujía con cada ola.

El agua golpeaba los costados del bote como si tratara de despertarme o castigarme.

Yo no remaba, no buscaba tierra; simplemente me lancé a la deriva.

Quería desaparecer y que el mar me arrastrara lejos, donde nadie me conociera.

El vestido blanco estaba sucio, desgarrado y quemado. Había sentido el dolor del fuego, pero no había rastro de quemadura. Me arrojaron piedras, pero no había rastros de sangre. No tenía heridas ni un rasguño. Mi cuerpo se había curado solo, mi piel se sentía extrañamente ilesa.

La capa de lana que me cubría la cabeza se había empapado, pero no me la quitaba. Era un escudo inútil, una forma de fingir que aún quedaba algo de mí que valía la pena esconder.

El sol griego parecía no tener ganas de trabajar ese día; se ocultaba bajo las nubes y no irradiaba calor, hacía frío, aunque fuera primavera.

Al anochecer, la niebla se levantó del mar como un suspiro de los dioses, y la vi: una isla. Desde la lejanía, la isla de Naxos era toda verde y blanca, como si el mar hubiese dejado allí una joya por descuido.

Horas después, cuando estaba más cerca, vi cómo las colinas se alzaban suaves, cubiertas de viñedos y olivares que brillaban con la humedad del amanecer.

Las casas blancas, encaladas, colgaban de las laderas como si el viento las hubiese ordenado una a una.

El puerto era modesto, casi secreto, tallado en roca y madera.

El aire olía a salitre, algas, y cítricos aplastados. Era un aroma a viejo mundo.

Mi bote arrastrado por la corriente entró al puerto y vi una silueta que dominaba el horizonte. Un hombre estaba allí, de pie en el muelle, una visión tan imponente que parecía que el mismo mar lo hubiera dejado allí para mí.

Era un hombre guapo, alto y sólido, con una presencia tan poderosa que daba la impresión de haber sido esculpido por manos divinas, quizá un hijo de Poseidón.

Su físico hablaba de una vida en la inmensidad del mar: la espalda ancha y las piernas sólidas como anclas aferradas a la arena revelaban un cuerpo cincelado por el arrullo constante del oleaje y la dureza indomable del trabajo en alta mar. Era, en esencia, un hombre del mar.

Cuando lo tuve más cerca, vi cómo colgaba su túnica azul sin mangas, raída por el uso; le llegaba hasta las rodillas y apenas cubría su torso amplio y marcado.

El lino húmedo se le pegaba, dejando entrever músculos trabajados por años de cargar redes y remar contra las tormentas.

Sobre su piel bronceada, se mezclaban tatuajes oscuros, que parecían hechos con tinta de calamar.

Se enroscaban por sus hombros y bajaban por sus brazos como tentáculos, que envolvían antiguas criaturas marinas.

En su pecho, colgada de un cordel de cuero marrón, descansaba una pequeña estrella de mar roja que subía y bajaba con cada respiración.

Su cabello largo y oscuro estaba recogido en una trenza baja, aunque varios mechones sueltos bailaban como algas en una corriente marina.

Una barba espesa enmarcaba su mandíbula poderosa, y el rostro, marcado por la intemperie, tenía una belleza brutal e indomable.

Sus ojos eran del mismo color que tenía el mar bajo mi bote. Mirarlos era como enfrentar una marea que venía desde muy lejos.

El bote encalló suavemente contra la orilla. Bajé tambaleando, con los pies mojados y el cuerpo entumecido. La arena era negra, volcánica, y el cielo rojizo parecía aún arder con los restos del incendio que me habían llevado hasta ese lugar.

Cuando me vio, no dijo nada, solo me observó sin miedo, pero con curiosidad. Sostuvo mi mirada, mientras yo intentaba no mirarlo a los ojos. Luego extendió la mano. Yo, sin dudarlo, la tomé. Algo en su aura me generaba confianza y seguridad.

Su casa estaba a unos pasos del puerto. Una construcción sencilla de piedra volcánica, con un techo bajo de tejas antiguas y una pequeña chimenea. Dentro, la luz temblorosa del fuego pintaba las paredes con sombras largas. El olor a pescado asado y a hierbas frescas llenaba el ambiente.

Me senté en un rincón. No hablé ni me quité el manto, tampoco le pregunté su nombre. Él cocinaba con movimientos pausados y seguros. El sonido del cuchillo cortando raíces, la cuchara de madera revolviendo la sopa; cada gesto suyo tenía algo ancestral.

—Mi nombre es Talos —dijo por fin, mientras servía dos platos humeantes—. Puedes quedarte esta noche. Aquí nadie hace muchas preguntas.

Lo miré. Mi voz estaba atrapada en la garganta, pero asentí. Él no insistió, se sentó frente a mí y comimos en silencio. El único sonido era el crepitar del fuego y el suave romper de las olas en la costa.

Después de la cena, me ofreció una manta gruesa y señaló el rincón junto al fuego. Al notar mi temblor, se recostó con lentitud a mi lado, dejando espacio entre los dos. No me tocó, solo compartimos el calor, el murmullo del fuego y el silencio que, por un momento, pareció abrigo suficiente.

Minutos después, sentí su brazo envolverme con suavidad. Era un gesto simple, protector, de un cuerpo ofreciendo refugio sin pedir nada a cambio. Me sentí a salvo. Cerré los ojos y el calor de su abrazo venció mi vigilancia. Me dormí sin pensar en nada.

Más tarde, sentí cómo el aire se volvía espeso, el fuego parpadeó en la oscuridad, y mi cuerpo se tensó. Un susurro, demasiado cerca.

—Gracias por tu primera ofrenda.

Era él, Hades. Se presentó como un sueño mezclado con presencia, traía con él olor a cenizas y mar.

Vi su silueta al pie de la cama, envuelta en sombras que parecían respirar.

Se inclinó hacia mí y me rozó la frente con un beso ardiente, como un sello al rojo vivo.

Desperté sobresaltada. Me llevé la mano a la frente, ardía, no como fiebre, como una quemadura. El beso había sido real.

A mi lado, Talos dormía. Su brazo aún me rodeaba con naturalidad, su pecho subía y bajaba con calma.

Lo observé y en mis ojos se encendió algo que no debía: deseo, acompañado de ternura.

Mis ojos, malditos, brillaron dorados. En ese instante, él despertó, sus pupilas buscaron las mías y las encontraron.

Su cuerpo se tensó. Vi el destello en su mirada, aparté la vista, pero era tarde.

—No —susurré—. No, no, no.

Me odié por mirarlo así, por no haber cerrado los ojos a tiempo. Talos sonrió, levemente confundido.

—Nunca vi unos ojos como los tuyos... Parecen contener todo el mar —murmuró, con voz lenta, vulnerable.

—No deberías haberla visto —dije, apenas.

—¿No debería qué? —preguntó, aún medio dormido. Tan puro, tan humano.

Quise apartarme, quise ser digna de él de verdad, pero lo miré y mis ojos, traicioneros, lo eligieron por mí.

Él, con una dulzura inconsciente, colocó una mano sobre mi mejilla y entonces sucedió.

Sin razón y sin control, mis labios buscaron los suyos.

Fue pasión mezclada con necesidad, una despedida que aún no sabía que estaba diciendo.

Lo besé y al instante su aliento se cortó.

Sus párpados comenzaron a cerrarse con lentitud. Su cuerpo se relajó, demasiado.

Talos cayó hacia atrás sobre la cama. Su rostro tenía una serenidad que me hizo caer de rodillas, con el pecho destrozado. Lo tomé en brazos, buscando despertarlo solo con amor.

—¡No, Talos! ¡Por favor! ¡Mírame, por favor!

Pero ya no estaba, su alma se había ido. Y todo, por una mirada, por un beso, por mí.

Corrí por la isla como si pudiera huir de mi condena.

Descalza, sucia, rota. Me dolían los pies al pisar las piedras de la costa, sentía las puntas filosas en mis talones, pero no sangraban.

El viento me golpeaba el rostro con fuerza.

El mar rugía como una bestia marina hambrienta.

El clima había cambiado, se estaba preparando una tormenta.

Me detuve en el borde del acantilado. El mundo parecía desmoronarse en espirales de sal, piedra y desesperación. Miré unos segundos y sin pensarlo, salté.

—¡No quiero esta maldición! —grité al cielo mientras caía—. ¡Quiero morir, por favor!

El agua fue como un cuchillo helado. El impacto me arrancó el aire, el frío me desgarró la piel. Me hundí como una piedra y quise quedarme allí, debajo de todo. Pero no era libre, ni siquiera para morir.

Mis pulmones, vacíos.

Mis manos, abiertas.

Mis lágrimas, inútiles.

Mis labios besando el mar.

—Ya van dos, Elina...

La voz se deslizó por el agua como una anguila.

—Vas bien. Una mirada, un beso y otra alma para mí. Gracias, sirena maldita.

Una carcajada, larga. De esas que nacen en lo más oscuro.

—Sigue así. Ya estás aprendiendo.

Solo quedó el sonido del mar. La condena latiendo bajo mi piel, como un tatuaje invisible que nunca dejará de arder. Mi cuerpo flotaba, pero su voz me hundía. Cerré los ojos y dejé que mi cuerpo flotara libremente, como una hoja sobre el mar que se deja arrastrar por la marea, sin rumbo fijo.