Capítulo 5
Kiss of Death - Beso de la muerte
Dokken
Los días transcurrieron con normalidad, a excepción de esos extraños sueños que me asaltaban por la noche. Cuando bajé a la polis de Thasos, los rostros conocidos me rodearon con calidez, preguntando sobre mi ausencia. Les respondí lo justo y necesario mientras sonreía.
Entre la multitud vi a un hombre que llamó mi atención.
Estaba en un puesto de frutas, bajo la suave luz de la mañana.
Su figura destacaba: no era muy alto, pero tenía el cuerpo de un hombre fornido, acostumbrado a levantar grandes cargas.
Sus brazos y piernas, fuertes, hablaban de años bajo el sol y el esfuerzo de sembrar y recoger.
Las mangas de su túnica estaban arremangadas, dejando al descubierto las venas que le marcaban los antebrazos.
La túnica, gastada y polvorienta, se ceñía a su cintura con un cinto de cuero.
Sus manos, grandes, curtidas y llenas de pequeñas cicatrices, colocaban las manzanas sobre la mesa con una delicadeza casi inesperada, como si el fruto pudiera romperse con un suspiro.
Tenía el cabello castaño, ligeramente ondulado, que le caía sin orden sobre la frente, tan desprolijo como si nunca hubiera tenido tiempo de peinarse.
La sombra de una barba oscura le cubría la mandíbula bien delineada, acompañada de unos labios carnosos que me sonrieron de forma tranquila y honesta.
Me detuve, inmóvil. Era como si su sonrisa me hubiese congelado. Había algo en su forma de moverse, en la manera en que sus pies estaban bien plantados en la tierra, que me hizo olvidar por un instante a qué había bajado a la polis.
Cuando vi sus ojos color miel, sentí que el deseo despertaba dentro de mí. Un extraño calor comenzó a recorrerme por todo el cuerpo. Quise apartar la mirada. No pude. Por unos segundos, lo miré fijo, directo a los ojos y vi todo dorado.
—Soy Calix —dijo con voz baja—. Llévate lo que quieras, es un regalo.
No me dejó responder. Empezó a llenar una bolsa de frutas con generosidad desmedida: ciruelas, manzanas, fresas.
Como si alimentarme fuera urgente. No me cobró ni preguntó nada, solo me ofreció lo que tenía.
Tomé la bolsa y la sujeté contra el pecho como si contuviera algo más que frutas.
Y me fui, con los latidos acelerados, sin saber qué responder o cómo reaccionar.
Regresé unos días después y, en una esquina, me encontré con Calix.
Comenzamos a caminar por callejuelas empedradas.
El bullicio de la polis parecía desvanecerse cuando estaba a su lado.
Compró un trozo de pan con miel en un puesto cercano y lo partió por la mitad para compartirlo conmigo.
Sus manos, que parecían hechas solo para el trabajo duro, me entregaron mi parte con una suavidad que me conmovió.
Nos sentamos en un muro bajo de piedra, lejos del ruido de los mercaderes.
Me contó que había llegado hacía poco tiempo, que venía de una isla vecina, con la promesa de mejores tierras para trabajar. Hablaba con su risa fácil, esa risa que me arrancaba otra. Me contaba historias sencillas de huertos, de inviernos, de pájaros que cantaban solo para él.
Lo escuchaba embelesada. No había malicia en él, ni la arrogancia de los hombres que solían frecuentar la polis.
En un momento, su mano rozó la mía por accidente.
Retiró los dedos rápido, pidiendo disculpas con una sonrisa tímida, pero yo acorté la distancia y dejé mi mano sobre la suya.
Su piel era áspera, pero desprendía un calor que me hacía sentir segura, humana, normal.
Me habló de su sueño de tener una pequeña casa con un patio lleno de olivos y, por primera vez en mucho tiempo, imaginé un futuro que no estuviera teñido de soledad.
Nos detuvimos junto al puente; el río corría debajo, oscuro, pero en calma. El viento jugaba con mi cabello como antes lo hacía el bosque.
—Me generas mucha paz, me haces sentir que todo está bien —susurró él, mirándome directamente a los ojos.
Cerré los ojos un instante. Dudé. Pensé en Hades. Pensé en aquel beso impuesto. Pensé en los sueños. Pero la ternura de Calix pesó más que el miedo.
Él comenzó a acercarse despacio. Sentí su respiración mezclarse con la mía y comprendí que iba a besarme.
Había vivido treinta y cinco primaveras cuando el tiempo decidió no volver a tocarme.
Nunca antes había besado a un hombre. Había imaginado ese momento cientos de veces, creyendo que algún día llegaría sin miedo, con la inocencia de quien todavía desconoce el dolor.
No sabía que ese primer beso también sería el último instante de mi antigua vida.
Yo no hablé, solo lo miré. Él se inclinó y yo lo besé. Fue un beso suave, cálido y tierno. Sus ojos buscaron los míos mientras su mano resbaló lentamente de mi brazo. Calix se tambaleó, sus ojos se cerraron lentamente y las manos que antes ofrecían fruta ahora colgaban flácidas.
—Elina —alcanzó a decir.
Luego, cayó al suelo de costado.
—¡No! ¡Por favor! —grité, arrodillándome junto a él.
Lo sostuve entre mis brazos. Su piel estaba fría, su pecho ya no se movía.
Mi primer beso había terminado con un cadáver entre mis brazos. Mi mente parecía no procesarlo, no podía creer que un simple beso pudiera matar. Antes de que pudiera seguir planteándome hipótesis sobre lo sucedido, un grito desgarró el silencio.
—¡Fue ella! ¡Lo mató!
Los rostros, que antes me sonreían, ahora me devoraban con la mirada. Las voces se alzaron, las piedras comenzaron a volar y la rabia se encendió. Salí corriendo con miedo hacia mi casa.
Esa misma noche, una antorcha fue arrojada hacia la ventana de mi hogar.
Las llamas se alzaron como un monstruo hambriento, devorando mis recuerdos, mi pasado, mi hogar.
Incluso llegaron a quemar parte de mi vestido y mi piel, me dolía y mucho, pero no pensaba en el dolor, solo en poder recoger mis pertenencias y huir.
Algunos pedazos de cerámica se me incrustaron en la mano cuando intentaba recolectar los adornos que me había regalado mi madre.
Supe que no podía quedarme más allí y salí sin mirar atrás.
Corrí y me interné en la espesura del bosque. Las ramas de los árboles me arañaban los brazos, el barro me quería tragar, las raíces eran obstáculos que tenía que sortear. El bosque ya no era mi lugar, ya no me sentía libre, me sentía expulsada.
Me detuve solo cuando mis rodillas cedieron y comprendí mi desgracia. El primer muerto era el principio de la condena.
La maldición de Hades era real, no una metáfora ni una amenaza. Un hechizo sellado con un beso. Ahora era una mujer marcada, una sentencia viviente.