Mil besos para morir Capítulo 4
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Capítulo 4

Sweet Dreams (Are Made Of This) - Dulces sueños (Están hechos de esto)

Eurythmics

Desperté con el cuerpo helado, tirada sobre la orilla del río, como un naufragio olvidado. El barro me cubría hasta los hombros. Las hojas húmedas se aferraban a mí como si quisieran retenerme en ese lugar.

Por un instante, creí estar soñando. Pero el silencio era demasiado absoluto: ni el canto de los grillos, ni el más leve susurro del viento.

Y el olor a césped quemado, a metal oxidado y agua estancada me resultaba tan extraño.

Nada en ese bosque olía así. El vestido blanco era ahora un trapo sucio, adherido a mi piel por el sudor frío y el agua inmunda.

La luz del amanecer se colaba tímidamente entre las copas de los árboles, el cielo era de un gris perlado y una niebla espesa flotaba como un velo blanco que se negaba a levantarse.

El río, a unos metros de mí, corría manso, limpio.

Parecía que todo había sido una pesadilla, que simplemente me había quedado dormida.

Todo me dolía: las piernas, los brazos, incluso los párpados.

Me llevé los dedos temblorosos a los labios.

Los toqué con suavidad, buscando una marca, una herida, una cicatriz, pero no había nada.

Solo un sabor amargo y metálico. Solo el aroma persistente del aceite de rosas sobre mi piel, dulce y suave.

—¿Fue un sueño? —murmuré.

Me senté con lentitud, respiré hondo y me levanté como pude, con la poca fuerza que me quedaba.

El sendero que conducía a mi casa estaba cubierto de hojas quebradizas.

Mis pasos resonaban sobre ellas como si caminara sobre cristales.

Era el mismo bosque que había recorrido toda mi vida y, sin embargo, era incapaz de reconocerlo.

Ya no me parecía un refugio, sino un lugar ajeno.

Las ramas se mecían con un lenguaje que me resultaba desconocido, y el viento ya no jugaba con mi cabello: lo empujaba hacia adelante, como si quisiera alejarme.

Subí la colina sin prisa, cada paso me pesaba como si arrastrara una cadena invisible.

Algo había cambiado, algo que ni el mundo ni yo sabíamos cómo nombrar... pero que ya no podía deshacerse.

Cuando llegué a mi casa, una construcción sencilla de piedra y madera con techo de tejas rojas y una pequeña chimenea, sentí por un instante que nada había cambiado. El interior olía a ceniza de madera, lana húmeda y lavanda.

Me desnudé sin pensar, el vestido cayó como si me quitara la piel de otra vida.

Me arrodillé frente al cuenco de agua clara que usaba como espejo.

Tardé varios segundos en atreverme a levantar la vista.

Una parte de mí esperaba encontrar a otra mujer, un monstruo, una desconocida.

Luego, lentamente, mi reflejo emergió. Mis ojos seguían siendo verdes.

Exhalé aliviada, pensando que tal vez Hades había mentido.

Por la noche tuve un sueño: besaba una pera madura.

Sonreía. Pero apenas la apartaba de mis labios, la piel comenzaba a oscurecerse.

La fruta se arrugaba frente a mis ojos y terminaba cayendo al suelo convertida en una masa negra.

Entonces tomaba otra. Y otra. Y todas morían igual.

Me levanté sobresaltada, relamiéndome los labios, y sentí un sabor dulce, como si las frutas realmente hubiesen pasado por mi boca.

Dormí durante horas, pero el descanso nunca llegó.

Mi cuerpo permanecía inmóvil mientras mi mente seguía caminando por un lugar del que no conseguía escapar.

El sueño continuó: ahora estaba rodeada de árboles con frutas podridas sobre el suelo.

Al fondo, Hades me esperaba con los brazos abiertos.

Por varias noches soñé con eso, y con la imagen de Hades besándome.

A veces sentía que él se metía en mi casa y me observaba mientras dormía.

Algunas mañanas encontraba una rosa roja apoyada sobre la ventana... aunque nunca me animé a tocarla.