Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 39. Iren
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Capítulo 39. Iren

E l primer día en el edificio de la calle setenta y ocho es el catorce de abril.

Rob llega a las ocho y media con una caja de dónuts y una silla de oficina que ha traído en el metro. Marta llega a las nueve con dos plantas y un calendario. A las diez tenemos internet, a las once y cuarto lo perdemos y a las doce lo recuperamos.

El sitio está medio vacío. La escalera de hierro brilla. Y en la pared del fondo, donde había unas letras despintadas que ya no se leían, hemos puesto las nuestras.

A las cinco y media suena el timbre y no espero a nadie.

Es Sloane Merrick, con una maleta de cabina en una mano y una planta enorme en la otra.

Y lleva un vestido rojo.

En todos estos meses no la he visto nunca con nada que no fuera color hueso, beige o gris perla.

—Vengo de camino al aeropuerto —dice, dejando la planta en el suelo del vestíbulo—. Milán. Tres semanas.

—¿Y esto?

—Un ficus. Me han dicho que es lo que se regala cuando alguien abre una oficina. —Mira alrededor, y se detiene en la escalera de hierro—. Vaya. Es mejor de lo que me habían contado.

—¿Quién te lo ha contado?

—Tu casero. Habla de este edificio en las reuniones de dirección como si fuera un activo inmobiliario. No engaña a nadie.

Se me escapa la risa.

—Sloane, oye.

—Dime, jefa.

—Gracias por lo del pasillo de los baños.

—No me des las gracias. —Se sube el asa de la maleta—. Yo aquel día no fui generosa. Estaba buscando una salida y tú eras la puerta que tenía más cerca.

—Aun así.

—Aun así. —Ladea la cabeza—. Vale. De nada.

Nos quedamos las dos un segundo en mitad de un vestíbulo vacío, con un ficus entre las dos, sin saber muy bien qué hacemos.

—¿Y qué tal Milán? —pregunto.

—Milán está muy bien. —Y ahí, por primera vez desde que la conozco, se le pone una cara de mujer de treinta y tres años y no de fotografía de compromiso—. Voy a estar tres semanas trabajando doce horas al día y durmiendo en un hotel horrible con la moqueta pegajosa.

—Eso suena espantoso.

—Es lo mejor que me ha pasado en la vida. —Se ajusta el bolso—. Y el fin de semana viene alguien a verme.

—¿Alguien, quién?

—Alguien. —Sonríe de lado—. En septiembre te lo presento, si sigues teniendo este sitio.

—En septiembre voy a tener este sitio.

—Ya lo sé. Por eso lo he dicho.

Y se va hacia el taxi con la maleta, con ese paso recto que le enseñaron a los seis años y que ahora, por algún motivo, parece suyo.

A las seis de la tarde se van todos y me quedo sola.

Me siento en el suelo, en medio de mi vestíbulo, con la espalda apoyada en una caja de cartón, y hago cuentas.

Nueve meses de reserva. Tres clientes firmados y dos en conversaciones. Sesenta mil dólares de alquiler al año que le pago a un hombre que me revisa las facturas con una atención insultante.

Y una habitación con vistas parciales a la bahía en Sheepshead Bay, que este mes he pagado yo, desde mi cuenta, con una transferencia hecha desde este suelo.

Suena el timbre de abajo.

Es él, con una bolsa de comida tailandesa y una botella de vino que no es cara, porque desde diciembre este hombre compra vino de veinte dólares y lo comenta cada vez.

Cenamos en el suelo, con la espalda contra la caja.

—Bonito local.

—El casero es un ladrón.

—El casero te bajó la penalización al doce y medio.

—El casero se dejó ganar por mi abogada, que es distinto.

Se ríe con la boca llena.

Y ahí, sentada en el suelo de mi agencia con un envase de plástico en las rodillas, lo miro de lado.

Ha vendido un apartamento, una casa en Aspen y la mitad de lo que tenía. Vive alquilado en Chelsea, en un piso con la mitad de metros que su antiguo salón. Perdió el consejo en febrero y lo está recuperando uno a uno, hablando, como la gente pobre.

Y hace cuatro meses que no toma una sola decisión sobre mi vida sin preguntarme.

—Cassian, oye.

—Dime, socia.

—¿Te acuerdas de lo que me dijiste en la terraza, la primera noche?

—Te dije muchas cosas. Estaba intentando ligar.

—Me dijiste que aquello no era una fiesta, sino una reunión con música.

—Ah. Sí.

—Pues esto tampoco es una fiesta. —Señalo el vestíbulo vacío con el tenedor—. Esto es una reunión con comida tailandesa.

Deja el envase en el suelo.

—Iren, mírame.

—¿Qué pasa?

—Te quiero.

Es la primera vez que lo dice, y lo dice así, sentado en un suelo de cemento, con una servilleta de papel en la mano.

Se me para todo un segundo.

—Ya lo sé.

—¿Ya lo sabes?

—Llevo desde octubre viéndote hacer cosas. —Me encojo de hombros—. Las palabras llegan siempre las últimas contigo.

—¿Y tú?

—Yo también te quiero. —Le doy un trozo de mi pollo—. Pero eso ya lo sabías desde el veintiuno de diciembre, porque te lo dijo mi hermana.

—Me lo dijo tu hermana.

—Lo sabía.

Y me besa en el suelo de mi propio edificio, con la escalera de hierro detrás y la ciudad haciendo ruido fuera.

Las galletas de aquel domingo estaban un poco quemadas. Y el ascensor funciona muy bien.

* * *