Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Epílogo
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Epílogo

— Si esto sale mal, la culpa es tuya.

Priya me lo dice en la puerta de una iglesia de Nueva Jersey, un sábado de julio, mientras se sujeta el vestido con las dos manos para bajar del coche.

—Es la boda de tu prima, Priya.

—Por eso mismo. Yo vengo obligada por la sangre. Tú vienes voluntaria, y eso te convierte en la responsable de sacarme de aquí antes del baile de los tíos.

—Trato hecho.

—Gambas congeladas, Iren. Te lo advertí hace años y nadie me escuchó.

La boda es exactamente lo que prometió: gambas congeladas, un tío suyo que baila y una orquesta de cinco personas que toca las mismas cuatro canciones desde las nueve.

Cassian aguanta de pie toda la ceremonia con una paciencia sobrenatural y le da conversación al padre de la novia sobre márgenes de la construcción. En algún momento entre el segundo plato y el postre acaba bailando con la abuela de alguien.

Mariano llega tarde, como siempre, con la corbata en el bolsillo y sin acompañante, y tres mujeres de la mesa cuatro giran la cabeza a la vez.

—Vengo de una obra en Long Island City que se ha parado esta mañana —dice, sentándose a mi lado y robándome una gamba—. Y me habéis dejado la única silla que da a los altavoces.

—Te he guardado sitio en la mesa siete.

—La mesa siete son los primos de Nueva Jersey. Me han preguntado si el arquitecto gana dinero.

—¿Y qué has contestado?

—Que depende del mes. —Se come la gamba—. Y una señora me ha preguntado de dónde soy, le he dicho que de Milán y me ha contestado que ella también tiene familia en Italia. En Argentina.

Priya pasa por detrás con una bandeja de copas que no es suya y se para en seco.

—¿Y tú quién eres?

—Mariano, encantado.

Le estrecha la mano a Priya un instante más de lo protocolario. Priya lo registra con una ceja y no la baja en todo el intercambio.

—El del estudio de arquitectura.

—El mismo.

—Ya. —Le repasa la camisa arrugada, los zapatos de obra y la corbata que asoma del bolsillo—. Me habían dicho que eras insoportablemente guapo y venía preparada.

—¿Y qué tal voy? —pregunta él, sin ninguna vergüenza.

—Voy a necesitar otra copa.

—Ajá. —Le mira la corbata que asoma del bolsillo—. En esta boda hay código de vestimenta.

—En esta boda hay gambas congeladas.

Priya se queda callada dos segundos enteros, que en ella es una eternidad.

—Eso lo he dicho yo en octubre.

—Pues tenías razón.

Y se va con la bandeja hacia la mesa de los primos sin decir nada más, cosa que tampoco le he visto hacer nunca.

A las diez y media llamo a Bayview desde el jardín, porque los sábados llamo a las diez y media.

—Está despierta y está de un humor excelente —dice Lisa—. Se lo paso.

En junio le cambiaron la medicación y algo ha encajado. No recuerda más que antes, pero se ríe muchísimo más, y las enfermeras dicen que se ha vuelto la reina de la sala común.

—¿Sí? —Mi madre siempre contesta el teléfono como si fuera una llamada de trabajo.

—Hola, mamá. Soy Iren.

—Hola, cariño. Estoy en una fiesta.

—Yo también.

—¿Ah, sí? —Se le oye la sonrisa desde Sheepshead Bay—. ¿Y hay música?

—Hay una orquesta de cinco personas que toca las mismas cuatro canciones desde las nueve.

—Eso también es una fiesta.

—Eso también es una fiesta, mamá.

—Que te lo pases bien, hija.

Y corta la llamada sin decir adiós, como hace siempre, y yo me quedo con el móvil en la mano en mitad del jardín.

Me ha llamado hija.

No sabe cuál de las dos, y a mí me da igual.

Se oye la orquesta desde aquí y hace ese calor de julio que en Nueva Jersey no se va ni de noche.

Y me vibra el móvil en el bolso.

Es Juno, con una foto: ella con bata blanca en un laboratorio que no reconozco y un cartel detrás con el nombre de una universidad de Boston.

Juno: PRIMER DÍA DE LAS PRÁCTICAS DE VERANO. Pagadas. PAGADAS, Iren.

Juno: y antes de que preguntes: no, no las ha movido nadie. Me cogieron por el expediente.

Iren: lo sé. Lo comprobé en marzo.

Juno: ERES INSOPORTABLE.

Iren: Y tú tienes un nueve y medio en bioquímica. Nos merecemos.

Guardo el móvil y me río sola en un jardín de Nueva Jersey.

Un minuto después vuelve a vibrar.

En la pantalla pone Dave .

—Iren, se me cae todo encima. El vídeo del lunes no carga y el…

Se corta él solo a mitad de la frase. Al otro lado se oye un suspiro largo.

—Ay. Perdona. Es sábado, y además ya no te toca a ti. Tengo que llamar a Rob. Siempre me olvido, pero me estoy corrigiendo.

—Vas muy bien, Dave.

—Es la costumbre, Iren. Cuesta más quitarse las buenas que las malas.

—Rob te lo arregla el lunes a las nueve. Y si de verdad arde algo, entonces sí me llamas.

—Trato hecho. Buenas noches, Iren.

—Buenas noches, Dave.

Cuelga él primero, que es la manera nueva de terminar una conversación con Dave.

Pequeñas victorias.

Y dejo el móvil boca abajo en la mesa del jardín, al lado de la copa.

A las once menos cuarto, Cassian sale al jardín con el móvil en la mano y me lo enseña sin decir nada.

Es un mensaje de su padre, mandado hoy a las nueve de la mañana. Cuatro líneas y ninguna disculpa.

El consejo aprueba tu propuesta de reestructuración por seis votos a uno. He votado a favor. No lo interpretes como nada.

—Está aprendiendo el idioma tarde y con acento —dice Cassian, guardando el móvil—. Pero lo está aprendiendo.

—Seis a uno —digo.

—El uno es Harold Merrick, que va a votar en contra de todo lo que yo firme hasta que se muera.

—¿Y tu padre a favor?

—Mi padre a favor. —Guarda el móvil—. Y el mes que viene me devuelve el consejo, si el resto acompaña.

—¿Y eso qué significa entre vosotros?

—Que no piensa pedir perdón en su vida y que esta es la manera que ha encontrado. —Sube un hombro y lo deja caer—. Es la misma que usó con lo de la nariz. Lo suyo son las transferencias.

Antes de que Cassian se acerque del todo aparece Priya, descalza otra vez, con los tacones colgando de dos dedos y el móvil en la otra mano.

—¿Con quién hablas tanto? —le pregunto.

—Con nadie.

—Llevas toda la noche escribiéndote con nadie.

—Con nadie que te importe.

—Priya, suéltalo.

—Es reciente. —Se apoya en la mesa a mi lado y mira el móvil una vez más antes de guardarlo—. Y no pienso contarte nada hasta septiembre, porque en cuanto te lo cuente vas a hacer una hoja de cálculo.

—No voy a hacer ninguna hoja de cálculo.

—Vas a hacer dos.

Se queda mirando el jardín un momento, y en trece años no la había visto con esa cara.

—Estás rara —le digo.

—Estoy contenta. Es distinto y me está costando.

Y se va otra vez hacia dentro con los tacones colgando, y por primera vez en toda la noche no lleva ninguna bandeja que no sea suya.

Cassian se acerca por el otro lado del jardín.

—¿Quién era?

—Nadie que no sepa esperar.

La orquesta ataca la cuarta canción por sexta vez.

Cassian me tiende la mano con la palma hacia arriba, igual que se la tendí yo a él la primera noche, cuando lo confundí con un camarero y él decidió no corregirme.

—¿Bailas conmigo? —pregunta.

—Tú nunca pides permiso.

—Ahora lo pido siempre. —Me cierra los dedos alrededor de los suyos—. Esa es la diferencia.

Y bailamos entre las gambas congeladas y los tíos que bailan, con su mano abierta en mi espalda y su boca en mi pelo, y pienso que hay hombres a los que conoces de noche y descubres de día.

Este es el mío. Yo soy la suya.

Y esta vez sí que sé cómo se llama.