Capítulo 38. Iren
— La cláusula sexta. La penalización por rescisión anticipada es del quince por ciento. Es alta.
Priya lee el contrato en la mesa de una notaría el siete de enero, sentada a mi izquierda, como si fuera a demandar a alguien.
—Es la de mercado —contesta Cassian desde el otro lado de la mesa, en su papel de arrendador.
—Es la de mercado en un edificio con ascensor nuevo. Doce.
—Catorce, entonces.
—Doce, o mi clienta se va a la Décima avenida, donde por ese dinero le dan aparcamiento.
Cassian me mira por encima de la mesa.
—¿Puedes controlar a tu abogada?
—No. Y no pienso intentarlo.
Firmamos al doce y medio.
Cuando salimos a la calle, Priya se sube al taxi con la carpeta debajo del brazo y me señala con un dedo.
—Cena el jueves. Y pagas tú, que ahora eres empresaria.
—Soy una empresaria con una deuda de sesenta mil dólares al año.
—Pues por eso, para que aprendas a facturar.
Se va, y nos quedamos los dos en la acera con el frío de enero.
—Por cierto —dice Cassian, siguiendo con los ojos el taxi de Priya calle abajo—. Kahale me llamó ayer.
—¿Y qué quería?
—Que se ha enterado de que vendí el apartamento para pagar el préstamo y que le ha parecido una idiotez.
—Coincido con él.
Se le escapa media sonrisa, de esas que ya no intenta esconderme.
—Y que sigue queriendo estar en la sala cuando se lo cuente a mi padre. —Se encoge de hombros—. Le he dicho que ya se lo conté yo solo y que llegó tarde. Va a estar ofendido hasta 2030.
—¿Y la cuenta?
—Renovada cuatro años. Sin negociación. Dijo que era lo mínimo después de que le arruinaras el postre.
—¿Y ahora qué? —pregunto, y me sale más bajo de lo que quería.
—Ahora tengo que dimitir.
—Ah, claro.
—Sí. —Me subo el cuello del abrigo—. Y como mi jefe es un tío insoportable que además es mi casero, va a ser una conversación un poco rara.
—¿Cuándo te vas? —Su voz no cambia, pero deja de mirar el edificio y me mira a mí.
—Marzo. En cuanto firme la renovación de Lime. —Le miro—. Esa firma la quiero yo, y luego me llevo a Rob y a Marta si quieren venir.
—Los cuarenta y un puestos están donde los dejaste, por cierto. Ni uno solo ha salido.
—Ya lo sé. Miro la nómina del grupo cada quince días como una obsesa.
—Pues mira el detalle. —Se apoya en la pared—. Desde octubre se han ido siete personas, todas por su cuenta. Dos a agencias más grandes, una a un cliente, una a Portland con su pareja, y tres a montar algo juntos que no me han querido explicar.
—Rob me lo contó —digo, y el frío se me olvida un poco.
—Al final no ha habido que despedir a nadie, Iren. La gente encontró antes la puerta que nosotros el listado.
—Me estás robando dos empleados.
—Te estoy robando dos empleados que la lista de Theo mandaba a la calle en enero, así que técnicamente te hago un favor.
Mira el edificio de enfrente sin decir nada.
—Iren, una cosa.
—¿Qué quieres?
—Contrátame de cliente.
Me giro tan rápido que casi me tuerzo el tobillo.
—¿Qué has dicho?
—Meridian necesita una agencia externa para el reposicionamiento del grupo. —Sube un hombro y lo deja caer—. Presupuesto de arranque, cuatrocientos mil.
—No. Ni hablar.
—Iren, piénsalo.
—He dicho que no. —Y se lo digo en serio, aunque me tiemble la voz—. Si mi primera cuenta es tuya, en tres meses todo el mundo va a decir que mi agencia existe porque me acuesto contigo.
—Lo van a decir igual.
—Entonces que lo digan sin tener razón.
Se queda callado un momento largo.
Y después asiente, una sola vez, muy lentamente.
—Vale, de acuerdo.
—¿Vale, sin pelear?
—Vale. —Levanta las manos—. Es tu empresa. Tú decides quién entra.
Y esa frase, dicha en una acera de Manhattan en enero, vale más que los cuatrocientos mil.
* * *
—Enhorabuena, jefa.
Emory aparece en la puerta de mi despacho el veintiocho de marzo, veinte minutos después de que yo presente mi dimisión, con dos cafés y sin llamar.
—Dimitida.
—¿Cuándo te vas?
—El diez de abril.
Se sienta, se recuesta y mira alrededor como si tasara la habitación.
—Este despacho lo va a heredar Marcus, que tiene la mesa como un vertedero.
—Emory, por favor.
—Digo lo que veo.
Bebe un trago largo de café. Fuera se oye la impresora del pasillo, que sigue estropeada desde el año pasado.
—Setenta y ocho.
—¿Setenta y ocho qué?
—La calle. He mirado tu edificio. —Deja el vaso—. La zona está bien, el metro queda a tres manzanas y hay dos agencias medianas a menos de un kilómetro, así que los clientes ya saben venir a ese barrio.
—¿Has hecho un estudio de mi ubicación?
—He hecho un estudio de mi antigua directora de cuentas. Es lo que hago con la gente que me importa: le miro los números.
Me quedo con el café a medio camino.
—Emory, ¿qué vas a hacer tú?
—Meridian me quiere en el consejo asesor. Dos días al mes, mucho dinero y ninguna responsabilidad.
—Eso es justo lo que odias.
—Exactamente. —Sonríe con media boca—. Por eso les he dicho que no.
Dejo el café en la mesa.
—¿Que les has dicho que no?
—Tengo sesenta y ocho años, Iren, no ochenta.
—Emory, en diciembre estuviste una semana sin aparecer.
Se queda callado, gira el vaso de café sobre la mesa y al final lo dice como dice él las cosas, mirando el cartón y no a mí.
—Linfoma. De los buenos, si es que eso existe. Me lo encontraron en noviembre en una revisión de la rodilla, que es lo más absurdo de toda la historia.
No digo nada, porque no me sale nada.
—El diez de marzo me dieron los resultados del segundo ciclo. —Levanta la vista—. Respuesta completa. Con revisiones cada tres meses durante cinco años y una lista de cosas que ya no puedo comer, que es lo que más me fastidia.
—¿Y me lo cuentas ahora?
—Te lo cuento ahora porque ahora ya es una anécdota. En enero era una noticia. —Se encoge de hombros—. Y tú tenías cuarenta y una nóminas encima y un hombre que se había vendido media vida. No me pareció el momento.
—Emory, Dios.
—No me mires así, que sigo aquí.
—Te voy a abrazar.
—Preferiría que no.
Le abrazo igual, encima de la mesa, torcida y fatal, y él me da dos palmadas en la espalda con la mano que tiene libre.
—Ya está. Suéltame.
—Ya está.
—Y por eso les he dicho que no al consejo asesor. —Se recoloca la corbata—. Me voy seis semanas a Portugal con mi mujer, que llevo veintidós años diciéndole que en septiembre. Vuelvo el quince de junio.
—Vale. Respiro.
—Y el dieciséis me presento en tu edificio a las nueve de la mañana.
Dejo el café en la mesa.
—Emory, media jornada.
—Media jornada. Cuentas nuevas y contratos, que es lo único que sé hacer. —Levanta un dedo antes de que abra la boca—. Con nómina, sueldo de mercado y sin acciones. Trabajo para ti, no contigo. Y si me das órdenes, las cumplo.
—No puedo pagarte lo que vales.
—No me vas a pagar lo que valgo. Me vas a pagar lo que puedas y yo voy a fingir que no lo sé. —Se levanta y se abrocha la chaqueta—. Llevo veintidós años dirigiendo. Me apetece muchísimo que dirija otra persona por una vez.
En la puerta se para con el pomo en la mano.
—Otra cosa. Ponle nombre a la agencia antes del jueves. Si no, acabarás llamándola como tú, que es lo que hice yo y llevo veintidós años arrepintiéndome.