Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 37. Iren
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Capítulo 37. Iren

— Te vas a poner mala.

Juno está sentada en mi encimera comiéndose la masa cruda directamente del bol, el domingo veintiuno a mediodía, mientras yo meto la tercera bandeja de galletas en el horno.

—Llevo veintiún años comiendo masa cruda.

—Y veintiún años poniéndote mala.

Tenemos la radio puesta y las dos fingimos que no sabemos qué día es hoy.

A la una y cuarto se limpia las manos en el pantalón y me mira.

—Es la hora, ¿no?

—Sí, es la hora.

—¿Quieres que apague la radio?

—No hace falta.

Se queda un rato callada, balanceando los pies contra el mueble.

—Iren, ¿tú le quieres?

Cierro la puerta del horno.

—Sí, aquí estoy.

—Vale. —Coge otra cucharada de masa—. Solo quería oírtelo decir una vez.

A la una y media suena el telefonillo.

Las dos nos giramos hacia la pared a la vez.

—¿Esperas a alguien?

—No, a nadie.

Descuelgo el telefonillo de la pared.

—¿Sí? ¿Quién es?

—Soy yo.

Se me cae el trapo de cocina al suelo.

Juno se baja de la encimera de un salto. Coge su abrigo, su bolso y el bol de masa cruda, y se va hacia la puerta con una velocidad que no le conocía.

—Me llevo el bol. Y me voy a casa de mi amiga Carmen, que vive lejísimos. Todo el día.

—Juno, el bol.

—Adiós, hermanita.

Y se va escaleras abajo con el bol debajo del brazo.

* * *

Cuando abro la puerta, lo primero que veo es que lleva vaqueros.

Vaqueros, jersey gris y el pelo revuelto, un domingo a la una y media de la tarde, el día en que se casaba a la una.

—Hola, Iren.

—¿No te has casado?

—No me he casado.

—¿Y eso?

—Me han dejado plantado. —Se pasa la mano por la nuca—. ¿Puedo pasar?

Me aparto de la puerta.

Entra en mi casa, que mide una décima parte de su salón, y no la mira ni una sola vez. Se queda de pie en medio del salón, sin sentarse, y me mira solo a mí.

—Huele a galletas.

—Estoy haciendo galletas.

—¿Por qué?

—Porque es lo único que se me ha ocurrido hacer hoy.

Asiente sin prisa, sin quitarme los ojos de encima.

Y entonces me lo cuenta todo, de pie, sin sentarse, en el mismo orden en que ha pasado.

El arco de flores blancas. Su padre. El correo programado de Sloane a las doce menos cuarto. Harold gritando en el camino de entrada.

La venta de la mitad de su patrimonio para pagar el préstamo en marzo.

Y su padre sentándose en un sofá como no lo había hecho en treinta y ocho años.

Cuando termina, me quedo callada.

—Di algo.

—Estoy calculando.

—¿El qué?

—Cuánto acabas de perder.

—Más o menos la mitad de todo lo que tengo. —Sube un hombro y lo deja caer—. Y el consejo, en cuanto baje del cuarenta por ciento.

Hago el cálculo de verdad, con la boca seca. La mitad. De todo.

—Cassian, eso es…

—No lo digas.

—Lo voy a decir. —Cruzo los brazos—. Si has hecho esto por mí, hoy sales por esa puerta y no vuelves.

—No lo he hecho por ti.

—Dime la verdad.

—Te la estoy diciendo. —Da un paso hacia mí y se para él solo—. Si lo hubiera hecho por ti, tendrías que pasarte el resto de tu vida devolviéndome una casa de Aspen. Y las dos personas de esta habitación sabemos cómo llevas tú lo de deber cosas.

Se me escapa media risa y me tapo la boca con la mano.

—Lo he hecho porque llevaba once años firmando lo que me ponían encima de la mesa. Tú no eres la razón, Iren. Eres la persona que estaba delante cuando me di cuenta.

Me quedo mirándolo, en mi salón, con el horno haciendo ruido detrás.

—Vale. Ahora la parte que no te va a gustar.

—Adelante. Dila.

—No te he perdonado.

—Lo sé —dice, quieto donde está.

—No, escúchame bien. —Bajo los brazos—. Lo del préstamo, lo de tu padre, lo de la clínica, todo eso está muy bien y me deja sin argumentos. Pero eso no es lo que me hizo daño.

—El silencio.

—El silencio. —Se me pone la voz rara y sigo igual—.

Me subiste a un avión, me llevaste a una isla, dormiste conmigo y me trajiste de vuelta, y en todo ese tiempo tú tenías una fecha en el calendario y yo no.

Eso no es una mentira, Cassian, es algo peor: es haber decidido tú solo lo que yo podía saber.

No se defiende ni una vez.

—Sí. Lo hice.

—Y yo he estado tres años con un hombre que decidía por mi bien. No pienso volver a estar con otro.

—Ya lo sé. —No se mueve del sitio, y hace bien.

—Pues dime por qué no me lo contaste. Y no me digas que ibas a hacerlo. Dime por qué no lo hiciste.

Y ahí, este hombre que negocia con bancos, tarda cuatro segundos enteros en contestar.

—Porque tuve miedo.

Es la primera vez que se lo oigo.

—Sabía que si te lo contaba el lunes, te bajabas del avión antes de subir.

Y llevaba quince años sin querer nada. Quince.

Y de repente había una cosa que sí quería, y la única manera que se me ocurrió de quedármela cuatro días más fue no contártela.

—Aprieta la mandíbula—. Fue lo más cobarde que he hecho en mi vida adulta, y lo hice sobrio y sabiendo lo que hacía.

Nos quedamos los dos en silencio.

—Gracias, Cassian.

—¿Por qué?

—Por no decirme que lo hiciste por protegerme. Si me llegas a decir eso, te echo de casa.

—No lo hice para protegerte. Lo hice porque me convenía.

—Ya. —Me tiembla algo por dentro—. Eso sí me lo creo.

Y entonces suena el temporizador del horno.

Los dos damos un salto.

Voy a la cocina, saco la bandeja, la dejo encima de los fogones, me quemo un dedo y digo un taco que mi madre no me habría permitido decir jamás.

Cuando me giro, él está en la puerta de la cocina.

—Iren, espera.

—Todavía no. —Levanto la palma sin girarme.

—No iba a hacer nada. —Levanta las manos—. Iba a pedirte una cosa.

—Pídemela entonces.

—Que me des tiempo. —Se apoya en el marco—. No te estoy pidiendo que me perdones hoy. Te estoy pidiendo que me dejes venir a esta casa a que me des de comer galletas quemadas hasta que se te pase.

—No están quemadas.

—Están un poco quemadas —dice él, asomándose a la bandeja.

—Están perfectas —contesto.

—Están un poco quemadas, Iren.

Pero coge una y se la come entera, mirándome, y de pronto las galletas más feas de Brooklyn son lo más íntimo que ha pasado en esta casa.

Y me río, con el dedo debajo del grifo de agua fría, en mi cocina de Brooklyn, el veintiuno de diciembre.

—Una condición.

—Dime cuál.

—A partir de ahora todo se habla. Todo. Las fechas, los papeles, las sociedades de Delaware que pagan cosas mías. Si vuelves a decidir tú solo lo que yo puedo saber, se acabó, y esa vez sí que va en serio.

—De acuerdo.

—Dilo entero.

—Todo se habla. —Lo dice mirándome a la cara, sin parpadear—. Tienes mi palabra.

—Tu palabra ya me falló una vez.

—Sí. —Y da un paso dentro de mi cocina—. Por eso ahora vale más.

Cierro el grifo del agua fría.

Y en ese metro y medio de cocina, con una bandeja de galletas un poco quemadas entre los dos, dejo de cruzar los brazos.

—Me voy a ir —dice—. Te he dicho que te daría tiempo y llevo cuarenta minutos aquí.

—Sí, me lo has dicho.

—Vale entonces.

Y sigue sin moverse del sitio.

—Cassian, la puerta.

—Ya me voy.

—No te he dicho que te vayas.

Se queda muy quieto en la puerta de mi cocina, esperando.

Doy los tres pasos yo.

Le agarro el jersey a la altura del pecho, igual que en un edificio en obras hace unas semanas, y le beso yo primero, porque hoy me toca a mí decidir algo.

Tarda un instante en reaccionar, y después me levanta del suelo.

Chocamos contra el marco de la puerta. Se me clava el tirador de un cajón en la cadera y me da exactamente igual. Le quito el jersey por la cabeza y él me busca los botones de la camisa con una torpeza que no le he visto en nada más en su vida.

—El horno —jadea contra mi boca.

—Está apagado.

—¿Seguro del todo?

—Cassian, si sigues hablando del horno te juro que…

Y me calla besándome otra vez.

Me lleva a la habitación de tres pasos, chocando con la pared del pasillo, y yo llevo semanas soñando con esto y jurándome que no lo soñaba.

Cuando caemos en la cama se apoya en un codo y me sujeta la cara con la otra mano.

—Espera un momento.

—Otra vez esperar no.

—Dos segundos. —Está sin aire—. Hoy no hay ninguna fecha en mi calendario que tú no sepas.

Se me cierra la garganta.

—Ya lo sé.

—Quiero que lo digas tú.

—No hay ninguna fecha.

—Otra vez.

—No hay ninguna fecha, Cassian. —Le tiro del pelo para que baje—. Y como sigas hablando me voy a hacer más galletas.

Y ya no hablamos de calendarios.

Es media tarde y por la ventana entra una luz gris de diciembre, sin ciudad encendida, sin noche donde escondernos. La primera vez fue a oscuras y sin nombres. Esta vez lo veo todo. Y dejo que me lo vea todo.

Me quita las gafas y las deja en la mesilla, dobladas, con ese cuidado absurdo suyo. Todo lo demás me lo quita de cualquier manera.

Se para con los dedos en el borde de mi camiseta.

—¿Puedo?

Es la primera vez en su vida que este hombre me pide permiso para algo.

—Puedes. —La voz se me rompe en la segunda sílaba—. Ahora puedes.

Vamos lentos, tan lentos que duele. Le tiemblan las manos y no lo esconde: las deja temblar encima de mí como una confesión.

Yo le recorro la nariz torcida con un dedo, la única cosa suya que nadie pudo comprarle, y después le beso el pulso de la muñeca, donde una vez él me besó a mí sin saber por qué lo hacía. Ahora los dos lo sabemos.

—Mírame —dice, cuando entra.

Levanto los ojos hacia los suyos.

Y esta vez no hay nada detrás: ni un lunes, ni un jardín en Connecticut, ni semanas guardadas en un cajón. Solo un hombre de treinta y ocho años que acaba de vender media vida y que está en mi cama de Brooklyn, en un colchón que hace ruido.

—Iren, mírame.

—Estoy aquí.

—Dilo otra vez.

—Estoy aquí.

Empezamos despacio y terminamos de cualquier forma menos así, y en algún momento se me escapa un ruido contra su hombro que no pienso repetir nunca fuera de esta habitación.

Cuando me corro, me sujeta la nuca y no me deja esconder la cara, como siempre.

Y él se va detrás, con la boca contra mi pelo, diciendo mi nombre entero.

* * *

Después nos quedamos tumbados, con las piernas enredadas y el edredón por el suelo.

Huele a galletas en toda la casa.

—Tengo que decirte una cosa.

Se me tensa todo el cuerpo por reflejo.

—¿Otra fecha?

—Tranquila. —Me busca la mano—. Es de las nuevas, de las que se hablan.

—Habla entonces.

—El siete de enero empieza a trabajar Sloane Merrick en Meridian. Dirección de expansión europea. Se lo ofrecí la semana pasada, antes de saber lo que iba a hacer ella.

Me quedo un momento en silencio.

—¿Y me lo cuentas ahora porque acabamos de acostarnos o porque lo hemos hablado antes?

—Te lo cuento ahora porque es lo que acabo de prometerte en tu cocina hace media hora.

Me apoyo en el codo y le miro.

—¿Sabes que eso es lo más romántico que me has dicho en toda tu vida?

—No te acostumbres.

—Ya me lo dijiste una vez.

—Y sigue en vigor.

Me río contra su hombro, y luego me levanto en camiseta y voy descalza a la cocina a por la bandeja.

Nos las comemos en la cama, un poco quemadas, a las cuatro de la tarde del veintiuno de diciembre.

—Están quemadas.

—Están perfectas.

—Están quemadas, Iren.

—Cállate y come.