Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 36. Cassian
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Capítulo 36. Cassian

— Puntual.

Mi padre levanta la taza de café dos centímetros cuando entro en el salón, el veintiuno de diciembre a las nueve y cuarto de la mañana.

Fuera hay dos camionetas de catering en el camino, un arco de flores blancas montado junto al arce y una mujer con auriculares dirigiendo a doce personas. El fotógrafo ya está midiendo la luz.

—Siempre.

—Hoy estás muy callado.

—Hoy me caso.

Sube las cejas un instante y vuelve a bajarlas.

—Los Merrick llegan a las once. La ceremonia es a la una. —Deja la taza—. Y el lunes, cuando esto esté hecho, retiro la auditoría del consejo. No hay ningún motivo para mantenerla.

—Naturalmente que sí.

—No pongas esa cara. En seis meses no te acordarás de esto.

Me acordaré el martes. Ayer a las ocho de la tarde me llegó un correo suyo con el plan de medios del primer trimestre. Catorce páginas, impecable, enviado desde una casa de Brooklyn un sábado por la noche. Lo leí entero dos veces.

No contestaba a nada de lo que le he escrito en tres semanas, pero me mandó el plan.

Y ahí, en el salón de la casa donde crecí, con doce personas montando sillas fuera, entiendo una cosa con claridad absoluta.

Mi padre lo cree de verdad.

Mi padre no es cruel. Es alguien que se amputó una parte hace cuarenta años, sobrevivió, y desde entonces cree sinceramente que la operación es una buena idea para todo el mundo.

—Papá, una pregunta.

—Dime, hijo.

—¿Alguna vez, en veintiséis años, mamá te dijo que estaba mal?

Se queda con la taza a medio camino.

—Eso no viene a cuento.

—Contéstame. Solo esto y no te vuelvo a preguntar nada nunca más.

Deja la taza en la mesa, muy lentamente.

—Sí. Me lo dijo varias veces.

—¿Y qué hiciste?

—Le compré una casa más grande. —Se ajusta el gemelo de la camisa—. Y a los tres años se murió igual.

Y se va al vestíbulo a recibir a alguien, y me deja de pie en medio del salón con eso encima.

* * *

—Traía esto.

Theo Barrett me espera en el camino de entrada, apoyado en un coche de alquiler, con un abrigo que no le he visto nunca y una carpeta debajo del brazo.

Ocho años trabajando conmigo y no sé si viene a la boda como invitado o como personal.

—¿Qué es?

—La auditoría de los contratos de Chicago. —Traga—. Los que firmó la señorita Vale.

—Enséñamela ahora.

Me la da y la abro de pie, en mitad del camino, pasando páginas con el frío en las manos.

Sesenta y una contrataciones revisadas. Setenta y tres firmas comprobadas. Doce comentarios en el margen, escritos a mano con su letra, sobre cuestiones de forma.

Y en la página cuarenta, una incidencia marcada en rojo.

Un cierre de gastos de octubre en la cuenta de Chicago, por importe de setecientos dólares.

Debajo, en la misma tinta: Corregido por la propia interesada el 14 de noviembre, con documentación adjunta.

Cierro la carpeta despacio.

—¿Se lo has enseñado a mi padre?

—Todavía no.

—¿Y qué le vas a decir?

Theo mira el arco de flores que dos hombres están metiendo en una caja de cartón.

—Que no hay nada. Y que esa mujer firma mejor que mi propio departamento legal.

—Ya lo sabía.

—Cassian, llevo tres semanas revisando papeles suyos hasta las once de la noche. Setenta y tres firmas y ni una coma torcida. Y la única incidencia la encontró ella antes que yo y la arregló sola.

Le devuelvo la carpeta.

—¿Sabes lo que va a hacer mi padre con este informe? Guardarlo. Y dentro de dos años, cuando necesite algo de mí, sacarlo de un cajón y ponerlo encima de una mesa.

No me contesta a eso.

—Te despedí por filtrarle un documento, no por trabajar mal. —Le sostengo la mirada—. Eres un profesional excelente, y ese es el problema: trabajas excelentemente para quien te paga y nunca has decidido para quién quieres hacerlo.

Se le mueve algo en la cara.

—La boda se ha cancelado hace veinte minutos —añado—. Puedes subir igual, pero solo va a haber catering.

Y me voy hacia el coche.

A los diez metros me llama.

—Cassian, espera.

Me giro en mitad del camino.

—Este informe no existe.

—Existe. Lo tienes ahí.

—Digo que voy a decirle que no encontré nada porque no lo llegué a terminar. —Levanta la barbilla, y es la primera vez en ocho años que le veo hacer eso—. Que es mentira, pero es mi mentira.

—Es la primera vez que decides tú.

—Ya. Ha tardado.

—Suerte, Theo.

—Suerte, Cassian.

Y sube hacia la casa a decirle a mi padre que no ha encontrado nada, y no vuelvo a verle nunca en un despacho.

* * *

Veinte minutos antes, en el porche de atrás, Sloane me ha puesto el móvil delante de la cara.

Un correo enviado a las siete y cuarenta y dos de la mañana. Destinatarios: Harold Merrick, Augustin Holt y once nombres más de las dos familias.

El asunto es de cuatro palabras.

No voy a casarme.

La miro como si la viera por primera vez. Puede que sea justo eso.

—Todavía no lo ha abierto nadie. Lo he programado para las doce menos cuarto. —Se le va la voz un segundo y la recupera—. Faltan veinticinco minutos.

—¿Por qué?

—Porque llevo dos años esperando a tener algo mío y la semana pasada me diste un contrato con mi nombre.

—Se ríe, y le sale temblando—. Y porque anoche mi madre me preguntó si estaba nerviosa, yo le dije que sí y ella me contestó «es normal, cariño».

Y me di cuenta de que a esta gente le da igual lo que yo sienta mientras la foto salga bien.

—Tu padre te va a cortar la asignación esta tarde.

—A las dos y media, calculo.

—¿Y qué más? —pregunto, porque con Sloane siempre hay un «qué más».

—Y tengo una dirección de expansión en Europa que empieza en enero, con contrato y con nómina.

—Levanta la barbilla, y de repente se parece muchísimo a su padre, pero en la versión buena—.

Voy a ser una mujer de treinta y tres años que vive de su sueldo.

Sé que suena a poco, pero yo llevo toda la vida sin uno.

—¿Sabes lo que va a decir la prensa mañana?

—Que la hija de Harold Merrick dejó plantado al heredero de Meridian. —Se encoge de hombros—. Es la primera cosa que va a decir de mí un periódico en toda mi vida que sea verdad.

El correo llega a las doce menos cuarto, puntual como ella.

El expediente de Kahale que lo acompaña lleva tres firmas: la de él, la mía y, en la página de la estructura, una tercera de letra recta y sin adornos. Iren Vale. Sin la tercera no existirían las otras dos.

Lo sé porque desde el porche oigo el móvil de Harold sonar en el salón, medio minuto más tarde el de mi padre, y enseguida el silencio.

Después empiezan las voces.

Entro yo primero y Sloane entra detrás de mí, sin esconderse ni medio centímetro.

—¿Esto qué es? —Harold está de pie en medio del salón con el móvil en la mano y la cara roja.

—Es lo que pone —contesta ella.

—Sloane…

—No voy a casarme, papá. Está en el asunto del correo para que no tengas que abrirlo entero.

Mi padre no dice nada. Se ha quedado junto a la ventana con el teléfono en la mano, mirándome solo a mí.

—Tú sabías esto.

—Lo he sabido hace veinticinco minutos.

—Le has dado un trabajo.

—Sí. En expansión europea. Empieza el siete de enero.

Harold se gira hacia mí como si acabara de descubrir dónde está el fuego.

—Tú le has pagado a mi hija para que me haga esto.

—Le he ofrecido un sueldo por un trabajo que sabe hacer. —Le sostengo la mirada—. Que es exactamente lo que usted no le ha dado nunca.

Suelta tres frases que no merecen ser recordadas, coge su abrigo y se va. Le oímos gritar por el camino mientras la mujer de los auriculares le abre la puerta del coche.

Sloane sale detrás de él y en la puerta se para a mirarme por encima del hombro.

—Nos vemos el siete de enero, jefe.

* * *

—El préstamo vence en marzo. Sin la boda, no hay refinanciación.

Mi padre lo dice sin girarse, con doce personas desmontando sillas al otro lado del cristal.

—Lo sé.

—Y el lunes el consejo mantiene la auditoría. Vas a perder el control de tus cinco agencias en seis meses.

—No. —Me meto las manos en los bolsillos—. Voy a vender.

Se gira desde la ventana.

—¿Qué has dicho?

—Mi apartamento, la casa de Aspen, el paquete de la naviera y el veintiséis por ciento de Meridian que no está pignorado. —Hago la cuenta en voz alta, porque llevo tres días haciéndola—. Con eso pago el préstamo entero en marzo. Sin comprador, sin Kahale y sin tu firma.

Me mira sin pestañear.

—Te quedas sin la mitad de tu patrimonio.

—Me quedo con la empresa y sin tu garantía.

—Y sin consejo, porque bajas del cuarenta por ciento.

—Y sin consejo. —Me encojo de hombros—. Voy a tener que convencerlos hablando, como la gente pobre.

Llevo tres semanas diciéndoles a dos abogados que vender era la salida fácil y que la dejábamos para cuando no quedara otra.

Ya no queda otra.

Y entonces mi padre hace algo que no le he visto hacer en treinta y ocho años.

Se sienta en el sofá, en un salón preparado para una boda, con el traje puesto, y se queda mirando el suelo con las manos en las rodillas.

—Tu madre habría estado encantada contigo hoy.

—No hagas eso.

—No lo digo como un cumplido. —Alza los ojos, y por primera vez en mi vida le veo la cara de un hombre de setenta y dos años—. Lo digo porque ella también me habría dicho que vendiera la casa de Aspen.

—Todo lo que te quité, te lo quité para que nadie pudiera quitártelo después. —Se mira las manos vacías—. Cuarenta años pensando que eso era protegerte. No se me había ocurrido que también fuera una manera de perderte.

No sé qué contestarle a eso. No existe respuesta, y por una vez los dos lo sabemos.

Me quedo de pie en medio del salón.

—Papá, ven conmigo.

—Vete. —Vuelve a mirar el suelo—. Yo me quedo a pagar el catering.

Salgo de la casa a las doce y veinte del veintiuno de diciembre.

En el camino, dos hombres desmontan el arco de flores blancas y las van metiendo en una caja de cartón, sin ninguna ceremonia, como quien recoge una obra.

Me subo al coche y arranco.

Y hasta que no llevo veinte minutos en la autopista no caigo en que voy conduciendo hacia Brooklyn.

Hacia un tercer piso sin ascensor, una cocina de cuatro metros y una mujer que la última vez que me tuvo delante me dio la mano como en una reunión.

Y piso el acelerador un poco más de lo legal.