Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 35. Iren
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Capítulo 35. Iren

— Aquí dicen que ha durado dos horas y que nadie ha salido contento.

El mensaje de Rob me entra a las once y veinte de la mañana.

Llevo desde las nueve en la treinta y nueve delante de un informe que no he leído, con la puerta abierta para oír el ascensor.

El consejo extraordinario se convocó para las nueve en la sala grande de la cuarenta y una.

Yo no estoy dentro. Yo estoy contando pisos.

A las once y treinta y cinco pasa Sloane Merrick por delante de mi despacho, con abrigo y el móvil en la mano, y no mira hacia dentro.

A las doce menos diez me llega otro mensaje.

Cassian: ¿Puedes bajar al aparcamiento?

Cojo el abrigo y bajo.

Está de pie junto al coche, en un aparcamiento subterráneo con luz de tubo fluorescente, y en catorce horas se le ha quedado la cara de otro hombre.

—El consejo ha aprobado una auditoría externa de la operación. Dos de siete votos en contra de mí. Mi padre tiene tres, y con esto se lleva el cuarto.

—¿Y eso qué significa?

—Que la compra del préstamo no se puede firmar hasta que termine.

—¿Cuánto dura una auditoría de esas?

—Entre cuatro y ocho semanas. Y hay más. Esta mañana ha mandado a Theo a la oficina de Chicago.

—¿A Chicago? ¿Para qué?

—A revisar contratos de personal. —Levanta la vista—. Los que firmaste tú.

Me quedo muy quieta.

—Está buscando un error mío.

—Está buscando un error tuyo. Y no lo va a encontrar, pero va a mirarlo todo: tus horas, tus gastos, el viaje a Hawái y la partida de contingencia del cuatro coma dos.

—Que encuentre. —Me cruzo de brazos—. El jueves pasado repasé setenta y un documentos contigo hasta las once y media de la noche.

Sabes hasta lo de los setecientos dólares de octubre, que corregí yo sola en noviembre y que está documentado.

Si ese hombre quiere un error mío, va a tener que encontrarlo él solito.

—Pues hay una cosa más que debes saber. —Se mete las manos en los bolsillos—. Kahale ha puesto una condición: la estructura la firmas tú, o no hay operación. Mi salida de esta jaula pasa por tu firma. No te lo digo para presionarte. Te lo digo porque prometí que lo sabrías todo.

Me quedo mirándole bajo esa luz de tubo. Toda la rabia sigue exactamente donde estaba. Y aun así hay una parte de mí, muy concreta y muy poco digna, que acaba de entender algo enorme: la llave de su libertad va a llevar mi letra.

Me apoyo en el coche, porque de repente las piernas no.

—El diecinueve es pasado mañana.

—Sí. Lo sé.

—Y Kahale no firma después.

—Se va a Maui el sábado y no firma por videoconferencia. —Se frota los ojos—. Se lo he preguntado esta mañana dos veces.

Nos quedamos callados debajo de un tubo fluorescente que zumba.

—Vale. ¿Y ahora qué?

—Ahora nada.

—Cassian, dímelo.

—Ahora nada, Iren. —Y lo dice con una calma que da miedo—. Se acabó. He tenido quince días, un cuarenta por ciento y un padre que lleva cuatro décadas haciendo esto mejor que yo.

—Tiene que haber otra…

—No la hay. Llevo desde ayer a las siete de la tarde buscándola con dos abogados y un banco.

Se me llenan los ojos, me da rabia y me los seco con el dorso de la mano.

—No me hagas esto en un aparcamiento.

—Perdona, tienes razón.

—No, en serio. Si me vas a decir lo que me vas a decir, no me lo digas aquí abajo con esta luz de morgue.

Y él, que lleva semanas midiendo cada palabra que me dice, se ríe.

Es una risa corta, agotada, sin ninguna alegría dentro, y es lo más triste que le he oído nunca.

—El domingo veintiuno me caso.

—Ya lo sé.

—Y el lunes veintidós vuelvo a esta oficina, tú sigues siendo mi directora de integración y yo, el hombre que firma tu nómina. —Traga—. Y no te voy a volver a tocar en mi vida.

—Cassian…

—Déjame terminar, que llevo dos horas ensayándolo.

—Aprieta la mandíbula—. Si me dices que te quedas, te quedas y hacemos esto bien.

Trabajamos, cerramos Lime en marzo, tú te comes el mundo y yo me como lo que me toque.

Y si me dices que te vas, firmo hoy tu traslado a Chicago con el mejor informe que se ha escrito en esta empresa.

—Eso no es una elección. Eso es un menú.

—Es lo único que tengo.

Miro el suelo del aparcamiento, que tiene una mancha de aceite con forma de nada, y respiro tres veces.

Tengo dos salidas y me las sé de memoria.

Irme: limpia, digna, con la rabia intacta de equipaje.

Quedarme: sucia, complicada, con Lime en marzo y cuarenta y una nóminas colgando de que yo aguante en la misma planta que este hombre.

Irme me protege a mí. Quedarme los protege a ellos.

Llevo toda la vida eligiendo la segunda columna sin mirarla.

Esta vez la elijo mirándola a los ojos y poniéndole condiciones.

—Me quedo.

—Iren, no.

—Me quedo, pero no por ti. —Levanto la cabeza—. Me quedo porque en marzo se renueva Lime y esa firma la quiero yo. Y porque si me voy ahora, en abril soy la del vestido verde. Emory tenía razón.

Asiente despacio, como quien acepta una cláusula.

—Vale. Acepto. —Y no aparta los ojos, para que vea que no es una fórmula.

—Y hay una condición.

—Dime cuál.

—Desde el lunes veintidós, tú y yo hablamos de trabajo.

Solo de trabajo. Nada de mensajes a las siete y diez de la tarde.

Nada de coches en doble fila. Nada de ascensores.

—Me tiembla la voz una vez y la sujeto—.

Porque yo no soy capaz, Cassian. No soy capaz de estar cerca de ti a medias.

Ya lo he intentado dos semanas y he perdido cinco kilos y la cabeza.

—De acuerdo —dice, sin mover ni un músculo de más.

—Dilo entero.

—Desde el lunes veintidós, solo trabajo. —Lo dice mirándome a la cara, sin parpadear—. Tienes mi palabra.

—Tu palabra ya me falló una vez.

—Sí. Me falló.

—No lo digo para hacerte daño. Lo digo para que sepas cuánto vale ahora.

Encaja la frase sin defenderse, como quien firma una penalización que sabe justa.

—Lo sé perfectamente.

Y ahí, en ese aparcamiento, hacemos la cosa más rara que hemos hecho desde que nos conocemos.

Nos damos la mano.

Se la doy yo primero, con el brazo estirado y todo, como en una reunión. Él me la coge y me la sujeta dos segundos más de lo que dura un apretón profesional, y ninguno de los dos dice nada.

Después subo al ascensor y él se queda abajo.

* * *

—¿Estás bien? —Priya ni saluda.

Priya me llama el diecinueve a las cinco de la tarde, que era el día del plazo.

—Estoy limpiando.

—Voy para allá.

—No vengas.

—Iren, déjame ir.

—Si vienes me hundo, y a mediodía tengo que ir a ver a mi madre. —Me siento en el suelo de la cocina con el móvil pegado a la oreja—. Déjame estar mal hoy sola. Mañana ya voy yo a tu casa y te dejo que me cuides.

—Vale. —Se queda callada un momento—. ¿Puedo decirte una cosa?

—Dila, va.

—Ese hombre ha intentado comprar mil ochocientos millones de dólares en quince días para no casarse. —Suena a que está andando—. Que no lo haya conseguido no lo convierte en un cobarde. Lo convierte en un tío que perdió.

—Ya lo sé —susurro.

—Y perder no es lo mismo que rendirse.

—Priya, es domingo pasado mañana.

—Ya. —Suspira—. Pues eso.

Colgamos las dos a la vez.

Emory no ha venido a la oficina en toda la semana. La versión oficial es una revisión rutinaria. La versión de su secretaria, que lleva con él diecinueve años, es que el jueves salió del hospital a las nueve de la noche y que su mujer la llamó llorando.

Le he escrito dos veces y me ha contestado lo mismo las dos: «trámites». Emory contesta a los mensajes con una palabra desde que existen los mensajes, así que no significa nada. O significa todo.

Llevo desde el viernes a las siete de la mañana limpiando esta casa. He cambiado las sábanas y he tirado tres botes de la nevera que caducaron en octubre. También he fregado detrás de la lavadora, que es algo que no había hecho nunca en cinco años.

Me quedo sentada en el suelo de la cocina hasta que se hace de noche.

Y luego hago lo único que se me ocurre.

Saco del bolso los dos papeles doblados que llevo tres semanas paseando por Manhattan.

La escritura de un edificio de seis plantas y un contrato de alquiler en blanco.

Los pongo encima de la mesa, alisados con la mano.

Y me quedo mirando la casilla del inquilino, vacía, mucho rato.