Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 34. Cassian
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Capítulo 34. Cassian

— Mil ochocientos millones. Holt, yo tengo hoteles. No tengo un banco.

Kahale deja los palillos en el segundo plato, en un japonés de la calle cincuenta y cuatro que ha elegido él por los reservados y porque le gusta que le vean entrar.

—Tienes ciento diez millones de flujo anual y una calificación crediticia mejor que la mía.

—Y setenta y un años, que es la parte que no estás mirando.

—Al contrario. Es la parte que estoy mirando.

Se echa hacia atrás.

—Explícate mejor.

—Tu hija lleva la operación de Asia y tu hijo no dirige nada. —Le sostengo la mirada—. Si asumes la posición de mi padre, en cinco años tienes en tu balance un activo que renta el siete por ciento y que se transmite limpio. Y si quiero librarme antes, pago penalización.

Se limpia la boca con la servilleta y se toma su tiempo.

—¿Por qué lo haces?

—Porque quiero recuperar el control de mi consejo.

—Eso es lo que le dirías a un banco. —Sonríe—. Yo he cenado contigo hace tres semanas.

No le contesto a eso.

—La chica del acta de las doce mejoras. La que le encontró dos millones a mi director financiero antes del postre.

—Es mi directora de integración.

—Es la mujer por la que un hombre de treinta y ocho años se está planteando arruinarse. —Coge otra vez los palillos—. Que no es lo mismo, pero también sale en el balance.

—¿Eso es un no?

—Eso es un lunes. Mándame la estructura por escrito y que la miren mis abogados. Si sale, no te hago ningún favor: te cobro cuarenta puntos básicos por encima de lo que te cobra tu padre.

—Y una condición personal. —Deja los palillos alineados en el plato—. La estructura que me mandes la firma la señorita Vale. Mi mujer no me deja poner dinero en nada que no haya tocado esa chica.

—Hecho. Te la mando.

—Y una cosa más. —Se inclina—. Tu padre me jodió unas licencias en 2011 y me costaron once meses. Si esto sale, quiero estar en la sala cuando se lo digas.

* * *

—Necesito que me digas la verdad sobre una cosa.

Sloane entra en mi despacho el lunes a las once y media, otra vez sin llamar, deja el bolso en la silla y se queda de pie.

—Dime qué pasa.

—¿Estás intentando comprar el préstamo?

Levanto la vista del ordenador.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Me lo ha dicho mi padre. Se lo contó el tuyo el sábado, en el club, delante de otras cuatro personas. —Se sienta por fin—. Riéndose, Cassian. Como quien cuenta la travesura de un crío.

Cierro el portátil despacio.

—Sí. Lo estoy intentando.

Suelta el aire de golpe.

—Bien hecho.

—¿Bien, sin más?

—Muy bien. —Cruza las piernas—. Pensé que ibas a mentirme y llevaba dos días con dolor de estómago.

Nos quedamos mirándonos, y caigo en que en tres años nunca he mirado a esta mujer más de un instante seguido.

—Sloane, ¿tú quieres casarte conmigo?

—No. —Ni un parpadeo—. ¿Y tú?

—Tampoco yo.

—Perfecto. —Se ríe, y es una risa rara, de alivio y de cansancio—. Llevamos once meses en esto y es la primera vez que alguien hace esa pregunta en voz alta.

—Ya veo.

—Mi padre lo sabe, por cierto. Que no quiero. —Se mira las manos—. Se lo dije en marzo. Me contestó que él tampoco quería a mi madre al principio y que aquello duró treinta y un años.

—Encantador, tu padre.

—Es un romántico. —Alza los ojos—. Cassian, tengo una persona.

Me quedo completamente quieto.

—¿Una persona?

—Desde hace dos años. —Le cuesta tragar—. Y no es un hombre.

La cabina de cristal en la que trabajo se queda muy silenciosa.

—Sloane, escucha.

—No lo digas con voz de funeral, por favor. Bastante tengo.

—Iba a decir que lo siento.

—No lo sientas. Es lo mejor que tengo. —Se le tensa la mandíbula—. Lo que siento es no tener treinta y ocho años y un consejo de administración. Yo no tengo nada. Tengo un apellido y una asignación.

Y ahí entiendo, con once meses de retraso, lo que es esta boda para ella.

—¿Qué necesitas?

—¿Cómo dices?

—Si el préstamo cambia de manos y esto se cancela, tu padre te corta la asignación en veinticuatro horas. —Cojo un papel—. ¿Qué necesitas para que eso te dé igual?

Me mira como si le hubiera hablado en otro idioma.

—No te estoy pidiendo dinero.

—Lo sé. Te lo estoy ofreciendo yo, que es distinto, y no es un regalo.

—Escribo dos líneas y le doy la vuelta al papel—.

Un puesto real. Dirección de expansión en Europa.

Tienes tres idiomas y llevas cuatro años haciéndole a tu padre el trabajo de relaciones institucionales sin que aparezca tu nombre en ningún sitio.

Sloane lee el papel.

Y esta mujer, que lleva tres años sentada a mi lado sin mover una ceja, se lleva la mano a la boca.

—¿Con contrato?

—Con contrato, con nómina y con un jefe que soy yo, que soy insoportable pero pago a fin de mes.

—Cassian, gracias.

—No te emociones, que igual el lunes que viene no tengo empresa.

Se ríe, se le corre un poco el rímel y se lo arregla con el meñique con una precisión de años de práctica.

—¿Y si sale mal?

—Si sale mal, nos casamos el veintiuno, me pongo un esmoquin y tú te pones lo que quieras. —Me encojo de hombros—. Y en enero te doy el puesto igual.

Se queda callada un momento.

—Eres bastante mejor persona de lo que aparentas.

—No lo vayas contando.

Coge su bolso y se para en la puerta.

—Una cosa. —Se cuelga el bolso al hombro—. La chica.

—Iren. Se llama Iren.

—Iren. —Asiente sin prisa—. En la comida de directivos hablé con ella en el pasillo de los baños. Le conté lo de la foto.

—Ya lo sé. —Me sale más seco de lo que pretendo.

—¿Te ha dicho lo que le contesté al final?

—No me lo ha dicho.

—Le dije que en tres años no me habías mirado nunca como la miraste a ella durante el brindis. —Abre la puerta—. Ella contestó que eso no cambiaba nada.

—Tiene razón —admito.

—Sí. —Sonríe de lado—. Pero se puso roja hasta las orejas.

Y se va, y me deja solo en un despacho de cristal a diecisiete días de mi boda.

* * *

—Tenemos el visto bueno para seguir adelante. Con dos condiciones.

El miércoles siguiente, a las siete y diez de la tarde, me llama el abogado mayor de Kahale y yo me pongo de pie sin darme cuenta.

—Dígame las condiciones.

—La primera es el precio, que ya está en el documento.

—Aceptado el precio.

—La segunda es que la operación se firme antes del día diecinueve. El señor Kahale se va a Maui el veinte y no piensa firmar por videoconferencia bajo ningún concepto.

—Y la tercera la ha añadido el señor Kahale en persona: la estructura de integración lleva la firma de la señorita Vale, o no hay operación.

Miro el calendario de la pared.

Hoy es cuatro de diciembre.

—Quince días.

—Quince días. Y una cosa personal, si me permite: nunca he visto a este cliente moverse tan rápido en veintidós años.

Cuelgo y me quedo delante del ventanal, con la ciudad encendida abajo y el pulso a ciento diez, que es una cifra que no le he autorizado a nadie.

Cojo el móvil y abro la conversación con ella, que lleva parada desde el domingo del edificio.

Escribo una sola línea.

Cassian: Kahale ha dicho que sí.

Los tres puntitos aparecen inmediatamente, como si estuviera con el teléfono en la mano.

Desaparecen y vuelven a aparecer dos veces.

Iren: ¿Qué necesitas?

No me escribe «enhorabuena», ni «me alegro».

Qué necesitas.

Me siento en el borde de la mesa y contesto.

Cassian: Quince días y que nadie se entere hasta que esté firmado.

Iren: Entonces deja de mandarme mensajes a las siete y diez de la tarde desde el móvil de empresa.

Iren: Y come algo.

No aparto los ojos de la pantalla mucho más rato del necesario, en un despacho vacío, a quince días de todo.