Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 33. Iren
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Capítulo 33. Iren

— He venido a devolverte esto. Y a preguntarte tres cosas.

El domingo por la mañana cojo el metro hasta la calle setenta y ocho con los dos papeles en el bolso y sin ningún plan.

La valla de obra sigue puesta, pero el candado está abierto.

Me quedo delante de esa valla más tiempo del que pienso reconocer.

Entrar es fácil. Lo difícil es que entrar significa algo, y él va a leerlo, porque este hombre lee hasta los silencios con margen de beneficio.

Toco los dos papeles dentro del bolso. He venido a devolver y a preguntar, me digo.

Nada más. La mentira me dura justo lo que tardo en empujar la puerta.

Dentro huele distinto que hace tres semanas. Han limpiado el yeso del suelo y han quitado las ventanas viejas apiladas contra la pared. La escalera de hierro está descubierta, sin las tres capas de pintura, con el metal a la vista y una luz que le entra desde arriba.

Él está en el centro del vestíbulo, en vaqueros, hablando por teléfono de espaldas a la puerta, y cuelga en cuanto me ve.

No coge los papeles que le tiendo.

—Pregunta lo que quieras.

—Primera. ¿Desde cuándo pagas la habitación de mi madre?

No se mueve ni un músculo.

—Desde octubre.

—¿Cuántas mensualidades?

—Cuatro. Octubre, noviembre, diciembre y enero.

—Yo pagué noviembre.

—Ya lo sé. Lo devolvieron a administración y lo dejaron a cuenta de febrero. —Se pasa la mano por la nuca—. Iba a decírtelo en enero.

—¿Por qué en enero?

—Porque para entonces ya estarías cobrando el sueldo nuevo, no lo necesitarías, y podrías cabrearte conmigo tranquilamente sin que te costara dinero.

Me quedo con los papeles en la mano y el brazo estirado, como una idiota.

—Segunda. —Me tiembla la voz un poco—. ¿Por qué no me lo dijiste en el avión?

Tarda un rato largo en contestar.

—Porque en ese avión te estaba contando que me caso con otra mujer. Y no pensaba usar la habitación de tu madre como atenuante.

—Priya dijo exactamente eso.

—Priya es abogada.

—Priya es la persona más lista que conozco. —Bajo el brazo—. Tercera. ¿Qué es esto?

Levanto la escritura y el contrato en blanco.

—Es un edificio.

—No me hagas eso.

—Es un edificio con seiscientos metros, una escalera de hierro y el ascensor arreglado. —Da un paso—. Y un contrato de alquiler sin firmar, a cuarenta y ocho dólares el metro, que es el precio que me diste tú hace tres semanas.

—Cassian, para.

—El inquilino está sin determinar y va a seguir así hasta que alguien lo determine. —Se para a dos metros—. No es un regalo. Es un alquiler de mercado, con dos meses de depósito y penalización por rescisión anticipada. Si lo firmas, me pagas. Todos los meses. Y si no llegas, te ejecuto la fianza.

—¿Me estás ofreciendo alquilarme un edificio para que monte mi agencia?

—Te estoy ofreciendo un local en condiciones de mercado. —Le tiembla algo en la mandíbula—. Que es la única cosa que se me ha ocurrido que puedas aceptar sin sentir que me debes nada.

Miro la escalera de hierro y la luz que baja desde el hueco de arriba.

Y me pongo a llorar, ahí de pie, en un vestíbulo vacío, con dos papeles en la mano.

Él no se acerca.

No me toca, no me abraza y no me dice que no llore. Se queda a dos metros con las manos en los bolsillos y espera, y esa distancia me hace más daño que si me abrazara.

—No estoy llorando por el edificio.

—Ya lo sé.

—Estoy llorando porque llevo dos semanas convencida de que fui idiota.

—No lo fuiste.

—Fui a Hawái con un hombre que se casaba en cinco semanas.

—Fuiste a Hawái con un hombre que no fue capaz de decírtelo. —Se le rompe un poco la voz y la recompone enseguida—. La idiotez es toda mía. Está documentada.

Me seco la cara con la manga del abrigo.

—Cuéntame lo de tu padre.

—¿Qué sabes ya?

—Que el medio que publicó la foto está participado por un fondo que gestiona el patrimonio de su fundación. Lo encontró Priya en cuatro horas.

Asiente lentamente, como quien confirma una cifra.

—La fotógrafa se llama Rebecca Ilg y llegó al resort el miércoles. Nosotros llegamos el jueves. La habitación la reservó Theo desde una cuenta de la fundación.

Se me seca la boca.

—O sea que ya estaba allí antes de que llegáramos.

—Mi padre no reaccionó a la foto. La encargó antes de que existiera, porque sabía que yo iba a darle una.

—Dios mío.

—Y tenía razón. —Se encoge de hombros—. Esa es la parte que no puedo discutirle.

Nos quedamos los dos callados en el vestíbulo. Fuera se oye la excavadora de la calle de al lado, que trabaja hasta los domingos.

—¿Y ahora qué?

—Ahora tengo dieciocho días.

—¿Para qué?

—Para comprar el préstamo de mi padre.

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Qué has dicho?

—Mil ochocientos millones. —Lo dice con el mismo tono con el que pediría un café—. Si otro comprador asume su posición, mi padre pierde la garantía sobre mis acciones. Y sin ella, la boda es una cena que puedo cancelar.

—Cassian, eso es…

—Difícil, no imposible. Llevo diez días en ello. —Saca el móvil, mira algo y lo vuelve a guardar—. Tengo dos noes, un quizá y una comida el martes con Kahale, que odia a mi padre desde 2011 por un asunto de unas licencias.

—¿Y si no lo consigues?

—Si no lo consigo, el veintiuno de diciembre me caso con Sloane Merrick y las cinco agencias siguen funcionando.

Lo dice sin ninguna teatralidad, mirándome a la cara.

—¿Y si lo consigues y sale mal?

—Entonces me quedo sin patrimonio personal y con una deuda de mil ochocientos millones a cinco años. —Media sonrisa—. Y con un edificio en la calle setenta y ocho, que ese ya está pagado.

Me quedo mirándolo un rato largo.

—No te lo estoy pidiendo.

—Ya lo sé.

—Lo digo en serio. No quiero que hagas esto por mí. Si sale mal, la culpa acabaría siendo mía otra vez, y ya tuve esa conversación conmigo misma en un avión durante siete horas.

—No lo hago por ti.

—¿Ah, no?

—No. —Da otro paso, y ahora está a un metro—. Lo hago porque tengo treinta y ocho años y llevo once firmando lo que me pone mi padre delante. Tú no eres la razón, Iren. Eres la parte que me enseñó que había una.

Se me para el aire en algún sitio entre el pecho y la garganta.

—Eso ha sido casi bonito.

—No te acostumbres.

Y ahí nos quedamos, a un metro, en un vestíbulo vacío con una escalera de hierro y una luz que baja desde arriba.

Él no cruza ese metro.

Y yo, que llevo dos semanas jurándome que no volvería a cruzar ninguna distancia hacia este hombre, tampoco lo cruzo.

—No he vuelto.

—Ya lo sé.

—No te he perdonado el silencio.

—Tampoco te lo he pedido.

—Y no pienso firmar ese contrato hasta que sepa qué pasa el veintiuno.

—Me parece prudente. —Coge los papeles que sigo teniendo en la mano, los dobla y me los mete otra vez en el bolso él mismo—. Guárdalos igual.

Camino hacia la puerta y me paro en el marco, con la mano apoyada en la madera.

—Cassian, lo último.

—Dime, Iren.

—El ascensor. ¿Lo has arreglado tú o has llamado a una empresa?

—Lo ha arreglado una empresa. —Sube un hombro y lo deja caer—. Pero elegí yo el modelo, porque el que había era una porquería y tú vas a subir seiscientos metros de escaleras todos los días si no.

Salgo a la calle con el frío en la cara y me río sola, en mitad de la acera, como una perturbada.

Dieciocho días, ha dicho.