Capítulo 32. Iren
— Estoy haciendo una lasaña. Y no me digas que no tienes hambre, porque traes cara de no haber comido.
Priya me abre la puerta con un delantal puesto, cosa que en trece años he visto tres veces.
—Priya, tenemos que hablar.
—Siéntate primero.
—Priya, escúchame.
Le pongo el papel en la mano.
Se limpia las manos en el delantal, coge el recibo, lo lee y se queda mirando la línea de abajo mucho más tiempo del que hace falta para leer once palabras.
Después levanta la cabeza.
—¿Diciembre también?
—Diciembre también.
—¿Y tú has pagado noviembre?
—El martes pasado. Con mi sueldo. Me sobraron ciento veinte dólares y me compré unos zapatos.
Se sienta en el brazo del sofá con el papel todavía en la mano.
—Y las dos de octubre.
—Tampoco fueron mías, ni de Emory, ni de Juno.
—Ya. —Vuelve a mirar el papel—. Bridge Admin Services.
—Delaware. Domicilio en la Sexta avenida, en su edificio. Constituida hace catorce meses.
—Catorce meses. —Levanta las cejas—. O sea que la sociedad ya existía. No la creó para ti.
Eso no lo había pensado, y me sienta como un vaso de agua fría.
—¿Y eso qué cambia?
—Cambia que este hombre paga cosas de gente en silencio desde antes de conocerte. —Deja el papel en la mesa—. Iren, siéntate de una vez.
Me siento por fin en el sofá.
En la cocina huele a lasaña y a orégano, y de repente tengo un hambre que me marea.
—Vamos a hacerlo bien. —Me sirve una copa—. El jueves te pedí una lista de hechos. ¿La has hecho?
—Sí, la tengo.
—Pues enséñamela.
Saco el móvil y abro la nota, y me da una vergüenza atroz, porque son ocho líneas escritas a las tres de la mañana.
—Léela tú.
Se pone las gafas de leer, que odia, y lee en voz alta.
—Uno: firmó la protección de los cuarenta y un puestos y aceptó el ocho por ciento.
Dos: no tocó al equipo de Chicago cuando su gente se lo pidió.
Tres: dijo delante de un cliente que había comprado cuatro agencias y a mí.
Y cuatro: echó a su mano derecha por poner mi nombre el primero en una lista. —Alza los ojos—. ¿Esto lo sabías?
—Me lo dijo en el avión.
—Sigo. Cinco: no me tocó ni una sola vez en la terraza el sábado de la fiesta. Seis: paró en la oficina, en el edificio y en Hawái, y en las tres me preguntó antes.
Levanta la vista del móvil.
—Este punto seis es importante.
—Ya lo sé.
—No, escúchame. —Se quita las gafas—. Daniel no te consultó nunca nada. Ni una sola vez en tres años. Y este hombre, que además es tu jefe, con toda la asimetría de poder que eso significa, te preguntó las tres veces.
—Eso no lo convierte en un santo.
—No he dicho santo. He dicho que no es Daniel. —Vuelve a ponerse las gafas—. Sigo. Siete: se calló durante semanas sabiendo la fecha exacta de su boda. Ocho: lleva pagando la habitación de mi madre desde octubre y no me lo ha dicho ni siquiera cuando dejé de hablarle.
Deja el teléfono en la mesa.
—Ocho hechos. Siete buenos y uno malo.
—Ese uno malo es enorme.
—Es enorme, sí. Y es el único.
Me quedo mirando la copa.
—Es que no lo entiendo. ¿Por qué no me lo dijo? Lo de la clínica. En el avión, cuando se lo estaba jugando todo, con eso me habría bastado. Me habría bajado de allí pensando que por lo menos era un buen hombre.
—Exacto. Ahí está.
—¿Exacto qué?
—Que te habría bastado. —Me mira por encima de las gafas—. Y por eso no te lo dijo.
Me quedo con la copa a medio camino.
—Si te lo llega a decir en ese momento, se convierte en una moneda de cambio. «Te he mentido durante semanas, pero mira lo bueno que soy con tu madre.» —Sube un hombro y lo deja caer—. Y ese hombre puede ser muchas cosas, pero desde luego no es tonto. Sabe de sobra que eso sería comprarte.
Me arden los ojos y no pienso llorar delante de una lasaña.
—Yo le habría devuelto el dinero.
—Ya lo sé.
—Se lo habría tirado a la cara.
—Eso también lo sabía él. Por eso lo hizo desde una sociedad de Delaware. —Se levanta y va a la cocina—. Era la única manera que tenía de ayudarte sin quitarte nada.
Y ahí es donde se me rompe algo pequeño en el pecho, en el sofá de mi mejor amiga, un sábado por la noche, con olor a orégano.
Porque llevo dos años defendiendo mi independencia como una plaza sitiada. Y resulta que un hombre encontró la única forma de darme algo que yo pudiera aceptar: no dármelo.
* * *
—Vale. Ahora la parte que no te va a gustar.
Cenamos a las nueve, y a los postres Priya deja la cuchara y se pone seria de otra manera.
—Otra vez, no —protesto.
—Otra vez. —Se limpia la boca—. Nada de esto cambia el punto siete.
—Ya lo sé.
—Ese hombre te dejó ir a Hawái sin saber lo que ibas a encontrarte al volver. Te quitó la posibilidad de elegir con toda la información. Y eso, por muy bonito que sea lo de la habitación con vistas, es exactamente lo que hacen los hombres que creen que saben mejor que tú lo que te conviene.
—Sí. Lo sé.
—Y si vuelves con él sin que eso se hable, volverá a pasar. De otra forma, pero pasará.
—Priya, no voy a volver con él. Se casa en tres semanas.
—Ya. —Me mira—. ¿Y si no se casara?
Me quedo callada demasiado tiempo.
—No lo sé.
—Vale. —Sonríe un poco—. Eso ya es una respuesta distinta a la del jueves.
* * *
Vuelvo a casa a las once y media en un taxi que no me puedo permitir y que hoy me da igual.
Subo los tres pisos, abro la puerta y dejo el bolso en la entrada.
Y me quedo parada.
Hay un sobre en el suelo del recibidor, debajo de la puerta.
No tiene sello ni remite, solo mi nombre escrito a mano, con esa letra de médico con posgrado.
Lo abro de pie, sin quitarme el abrigo.
Dentro no hay ninguna carta.
Hay dos hojas grapadas. La escritura de compraventa de un edificio de seis plantas en la calle setenta y ocho. Y detrás, un contrato de arrendamiento en blanco, sin firmar, con dos casillas rellenas a mano.
Inquilino: por determinar.
Renta: cuarenta y ocho dólares el metro cuadrado.
Y en la esquina, en un pósit amarillo, cuatro palabras.
El ascensor está arreglado.