Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 31. Iren
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Capítulo 31. Iren

— Hola, mamá.

—Hola, cariño.

Está en el sillón de siempre, junto a la ventana que da al trozo de bahía, con una manta sobre las rodillas y el pelo recién lavado.

Me siento a su lado, saco las mandarinas de la bolsa y empiezo a pelar una, porque las manos ocupadas nos ayudan a las dos.

—Hoy hace frío fuera. Nueve grados.

—Aquí siempre está bien.

Le doy un gajo. Se lo come despacio y mira por la ventana.

Y entonces hago algo que no he hecho nunca en dos años.

Le digo la verdad.

—Mamá, tengo un problema.

—Ay, hija.

—Un problema grande. —Peleo con la piel de la segunda mandarina—. Me acosté con un hombre en una fiesta sin saber cómo se llamaba y a los tres días resultó que era el dueño de mi empresa.

Mi madre me mira con un interés educado y absoluto.

—¿Y era guapo?

Se me escapa la risa por la nariz.

—Sí. Bastante. Tiene la nariz torcida y no se la quiere arreglar.

—Esos son los mejores.

—Ya. —Le doy otro gajo—. El problema es que se casa el veintiuno de diciembre con otra.

Y lo sabía desde el principio y no me lo dijo hasta que ya no se podía arreglar nada.

Y ahora hay una foto mía en internet y cuarenta personas de mi oficina piensan que yo soy la mujer del vestido verde y no la que salva las campañas.

—Qué mala gente.

—No son mala gente, mamá. Es que la gente cuenta las historias como le apetece.

—Pues es lo mismo.

Me quedo quieta un segundo, con la mandarina a medio pelar en la mano.

Y es lo mismo, exactamente. Tiene toda la razón una mujer que hace dos años que oficialmente no razona.

—Y hay otra cosa —digo más bajo—. Estoy cansada. Llevo cinco años arreglándole la vida a todo el mundo y hace dos semanas, durante cuatro días, alguien arregló algo mío. Y me gustó. Y eso me da un miedo horroroso.

Mi madre alarga la mano, me la pone encima de la mía y la deja ahí.

No dice nada durante un buen rato.

—Tú de pequeña me ordenabas los exámenes.

Levanto la cabeza tan rápido que me duele el cuello.

—Sí, mamá. Por notas.

—Por notas. Sin que yo te lo pidiera. —Sigue mirando la bahía—. Y luego te quedabas ahí de pie, esperando a que dijera algo.

—¿Y qué decías?

—Que estaba correcto.

Se me llenan los ojos y me los seco antes de que se gire.

—Sí, mamá. Eso decías.

—Pues eso. —Me da dos palmaditas en la mano, como quien cierra un asunto—. Estaba muy bien.

Y vuelve a mirar por la ventana, tranquila, como si acabara de decirme la cosa más pequeña del mundo.

Yo me quedo con el gajo de mandarina en la mano y sin poder tragar.

* * *

La visita dura una hora y media.

Al final se cansa, como siempre, y empieza a preguntarme si he comido y si mi madre sabe que estoy aquí.

Yo le contesto que sí a todo, porque a estas alturas decir que sí es la única forma de amabilidad que queda.

La dejo dormida en el sillón con la manta bien puesta y salgo al pasillo.

—¿Qué tal la ha visto?

En recepción está Lisa, la enfermera del turno de mañana, con dos carpetas y esa cara de sábado que se le pone a la gente que trabaja los sábados.

—Bien. Hoy ha estado bien.

—Ha dormido las dos últimas noches del tirón. —Marca algo en una hoja—. Ah, y ya que está aquí, le paso el recibo de diciembre, que se lo pedí a administración y me lo dejaron aquí el jueves.

Cojo el papel sin mirarlo, por costumbre, y me lo guardo en el bolsillo del abrigo.

—Gracias, Lisa.

—¿Viene el sábado que viene?

—Vengo todos los sábados.

—Ya. Se lo pregunto porque el jueves montamos una merienda con música y a su madre le gusta.

—¿Qué música?

—Boleros, principalmente.

—Entonces le encanta.

—Eso pensé yo. Que tenga buen fin de semana.

Salgo a la calle. Hace frío y hay un sol pálido que no calienta nada.

Camino hasta la parada del autobús, me siento en el banco y saco el móvil para mirar la hora.

Con el móvil sale el papel del bolsillo y se me cae al suelo.

Lo recojo del suelo y esta vez sí lo leo.

Diciembre. Habitación 114, individual, vistas parciales. Estado: PAGADO.

Y debajo, en letra pequeña, la línea del pagador.

Transferencia recibida. Sociedad: brIDGE ADMIN SERVICES LLC.

Me quedo sentada en el banco con el papel en las dos manos.

Pone diciembre, y yo he pagado noviembre. Lo pagué el martes pasado, desde mi cuenta, con el primer sueldo nuevo, y me acuerdo muy bien porque me sobraron ciento veinte dólares y me compré unos zapatos.

Diciembre no lo he pagado.

Y entonces, sentada en un banco de plástico en Sheepshead Bay, me acuerdo de una cosa que llevo tres semanas sin poder colocar en ningún sitio.

Emory, en mi despacho, con la cara de un hombre que lleva veintidós años sin saber mentirme.

No fui yo. Y ojalá se me hubiera ocurrido.

Se me nubla todo un segundo.

Dos mensualidades en octubre que Emory no pagó, y ahora la de diciembre.

Saco el móvil y busco el nombre de la sociedad con los dedos torpes.

brIDGE ADMIN SERVICES LLC. Constituida en Delaware hace catorce meses. Domicilio social: un edificio de la Sexta avenida.

Conozco perfectamente ese edificio, porque he estado dentro cinco veces en tres semanas. He subido en su ascensor con una tarjeta de visitante que se me despegaba de la blusa.

El autobús para delante de mí, abre las puertas, espera cuatro segundos y se va sin mí.

Bridge, que en inglés significa puente.

El crédito de su padre se llama exactamente así: préstamo puente.

Este hombre le puso a la sociedad que paga la habitación de mi madre el nombre de la cosa que lo tiene atado a una boda que no quiere.

Me tapo la boca con la mano.

Y entonces me acuerdo de la otra cosa, la que llevo tres semanas sin querer mirar de frente.

Un dormitorio a oscuras en Hawái, a las cuatro de la mañana. Yo contándole a un hombre lo que cuesta que mi madre siga en una habitación con vistas.

Y ese hombre, que pide cifras hasta cuando le pasas la sal, sin preguntarme ni una sola.

No me preguntó porque ya lo sabía.

Llevaba pagándolo desde octubre.

Me quedo sentada en el banco veinte minutos más, con el papel en la mano y sin coger ningún autobús, hasta que se me quedan las manos moradas de frío.

No es agradecimiento lo que siento. Ojalá fuera solo eso.

Es la certeza de que un hombre me solucionó, en silencio y sin pedirme nada a cambio, el único problema que llevo dos años sin poder resolver sola.

Y no me lo dijo ni cuando dejé de hablarle.