Capítulo 30. Iren
— Necesito que me expliques una cosa de tu mundo.
—Buenos días también.
Llamo a Priya el lunes a las once, después de pasarme toda la mañana tirando del hilo. Llevo el fin de semana sin dormir bien, y esto es lo único que sé hacer cuando algo no cuadra.
Lo hago como lo haría con un presupuesto inflado: por el dinero.
—Si un medio publica una foto y pone «imagen cedida», ¿eso qué significa exactamente?
Priya cambia de voz. Es la de facturar cuatrocientos la hora.
—Significa que alguien se la ha dado y no quiere que aparezca su nombre. Si la hubieran comprado, ahí figuraría la agencia. Si fuera de un lector, pondría «imagen de un lector».
—O sea que hay un intermediario.
—O un gabinete de comunicación. —Pausa—. Iren, ¿por qué me preguntas esto?
—Porque la mujer que hizo esa foto desayunaba a tres metros de mí en la terraza de un hotel de Maui lleno de médicos con acreditación.
—¿Y qué más?
—Y en todo este tiempo no me he preguntado ni una sola vez qué hacía allí una fotógrafa de treinta años sola en un congreso de cardiología.
Silencio al otro lado.
—Vale. Voy a hacer dos llamadas.
* * *
—El medio que publicó la exclusiva tiene tres accionistas.
Priya tarda cuatro horas y me llama a las tres y veinte sin saludar.
—Uno de ellos es un fondo pequeño de Delaware. Ese fondo, entre otras cosas, gestiona el patrimonio inmobiliario de la Fundación Holt.
No aparto los ojos de la pared de mi despacho.
—Repite eso.
—El periódico que te puso el vestido verde en portada está participado por gente que administra el dinero de la fundación del padre de tu jefe. —Suena papel al otro lado—. Y esto no es ilegal, ni siquiera es raro. Pero desde luego no es una casualidad.
—Priya, ya.
—Ya lo sé.
—Su padre.
—Su padre, o alguien que trabaja para él, que a efectos prácticos es lo mismo.
Me levanto y camino hasta la ventana con el móvil en la oreja.
Más de una semana llevo pensando que un turista cualquiera hizo una foto con un móvil.
—¿Y por qué? ¿Qué gana el padre con eso?
—¿Tú qué crees? Su hijo aplazó el anuncio siete días y se los pasó a diez mil kilómetros con su directora de integración. —Priya lo dice muy sin prisa—. La foto no fue un accidente que estropeó la boda, Iren. La foto fue lo que hizo imposible cancelarla.
Me apoyo en el cristal frío.
—Entonces yo no soy el escándalo.
—Tú eres el clavo. —Suspira—. Y ahora escúchame, porque te lo voy a decir una sola vez y luego no lo repito.
—Dime, va.
—Esto no convierte a Cassian Holt en un buen tío.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado en el segundo dos.
Y tiene razón, y me callo.
—Que su padre sea peor no lo arregla —continúa—. Su padre te hizo una foto. Él te lo calló durante semanas sabiendo la fecha exacta de una boda. Son dos delitos distintos y tú tienes derecho a estar cabreada por los dos.
—Ya lo sé.
—Pues repítemelo el jueves, cuando lleves tres copas.
* * *
El padre de Cassian entra en mi despacho el miércoles a las nueve y diez de la mañana, sin cita, sin llamar y sin quitarse el abrigo.
Lo reconozco por las fotos de la prensa y por algo peor: por los gestos. Antes de sentarse endereza dos milímetros la placa con mi nombre que hay sobre la mesa, como si el mundo entero estuviera siempre un poco torcido y le tocara a él corregirlo.
—Señorita Vale. Augustin Holt.
—Sé quién es usted.
—Mejor. Eso nos ahorra diez minutos.
Se sienta sin que yo le ofrezca la silla. Yo me quedo de pie detrás de mi mesa, porque la altura es lo único que pienso conservar de esta reunión.
—Usted dirá.
—Vengo a ofrecerle una salida digna. —Saca del abrigo un sobre y lo deja sobre la mesa, de sobra paralelo al borde—.
Dirección de la oficina de Chicago. Un salto de dos escalones, vivienda pagada el primer año y un fondo de la familia que cubre la residencia de Sheepshead Bay mientras su madre viva. Está todo por escrito.
Sabe el nombre de la residencia de mi madre.
Claro que lo sabe. Este hombre pagó a una fotógrafa antes de que existiera la foto.
Hago lo que hago siempre que algo se me cae encima: contar. Un vuelo desde Connecticut, una mañana de su agenda, un sobre preparado por abogados. Esta reunión le cuesta más de lo que gano yo en un año, y la está gastando en mí.
O sea que le doy miedo. La información me endereza la espalda mejor que cualquier ergonomía.
—¿Y a cambio?
—A cambio, nada. Trabaja usted, cobra usted, su madre está atendida. Simplemente lo hace a mil doscientos kilómetros de mi hijo.
—Simplemente.
—Señorita Vale, no soy su enemigo. Soy la única persona de este edificio que le está diciendo la verdad completa: esa historia no tiene final. Solo tiene precio. Yo se lo estoy pagando por adelantado.
Le odio con una limpieza que casi asusta. Sin calor, sin ganas de gritar: como se odia un contrato abusivo, cláusula por cláusula.
—¿Puedo hacerle una pregunta antes de contestar?
—Adelante.
—¿Por qué le hace esto a su hijo?
Y ahí, durante medio segundo, el abrigo deja de ser una armadura.
—Porque es lo mejor para él. —Lo dice sin ironía, sin subir el tono. Se lo cree—. Es lo único que he hecho en cuarenta años, aunque él no lo firme: lo mejor para él.
—Casarlo con una mujer a la que no quiere.
—Blindarlo. —Junta las manos sobre la rodilla—. Yo quise a una mujer más que al apellido, ¿sabe? Sentía muchísimo, como dicen ahora. La vi apagarse en una casa cada vez más grande y todo ese sentimiento no sirvió absolutamente para nada. No la salvó. El orden, al menos, paga las clínicas.
Y de repente entiendo algo que preferiría no entender: este hombre no es un villano de película. Es un padre con el manual equivocado que lleva cuarenta años aplicándolo con una disciplina perfecta. Y eso da bastante más miedo.
—Guarde el sobre.
—¿Cuánto, entonces?
—No me está entendiendo. —Rodeo la mesa y se lo acerco yo misma, paralelo al borde, exactamente como lo dejó—. Usted paga clínicas ajenas. Yo pago la mía. Esa es toda la diferencia entre nosotros, y no se arregla con ceros.
Se levanta. Se abrocha el primer botón del abrigo con una calma de quirófano.
—La gente que siente, pierde, señorita Vale.
—Puede ser. —Le abro la puerta yo, porque esta salida la administro yo—. Pero la gente que no siente ya ha perdido. Solo que todavía no se ha enterado.
Se queda un segundo en el umbral. Me mira como se mira un balance que no cuadra con la proyección.
—Mi hijo aplazó una boda por usted. En veinte años no ha aplazado ni una reunión.
Y se va por el pasillo con el sobre en el bolsillo, dejándome esa frase clavada donde él sabía perfectamente que iba a clavarse.
Me siento. Me miro las manos: quietas. Me tiemblan por dentro, que es peor.
No le cuento a nadie que ha venido. Ni a Priya, ni a él. Todavía no sé si eso es fuerza o es otra cosa que no quiero mirar de cerca.
* * *
El jueves, en efecto, llevo tres copas.
Estamos en su casa, en el suelo, con dos platos de comida tailandesa a medio terminar y una película que ninguna de las dos está viendo.
—Lo que más me jode es que lo hice todo bien.
—Hiciste casi todo bien.
—Priya, céntrate.
—Perdona. —Se sienta mejor—. Sigue.
—Cinco años llegando antes, quedándome después y salvando campañas de gente que no me lo pidió. Y una sola foto ha convertido todo eso en un vestido verde.
—Sí. Cinco años. —Lo dice sin ironía, y eso en Priya es un abrazo.
—Y lo peor es que él sigue siendo el director general y yo me he quedado en «la empleada». Él va a salir en una portada en diciembre con esmoquin. Y yo voy a tener que explicarle a un cliente nuevo en marzo por qué mi nombre aparece en Google al lado de la palabra escándalo.
—También sí.
—¿Y eso es todo lo que vas a decir?
—No. —Coge su copa—. Voy a decirte otra cosa que no te va a gustar.
—Adelante, dila.
—Llevas dos semanas hablando de tu carrera, de tu equipo, de la foto y del padre de ese hombre. —Me mira—. No has dicho ni una sola vez que le echas de menos.
—Porque no le echo de menos.
—Iren, cariño.
—No le echo de menos. —Lo repito más alto, como si el volumen fuera un argumento.
—Vale. —Da un trago—. Entonces explícame por qué apagaste el móvil el domingo por la noche.
—Porque no quería hablar con nadie.
—Con nadie no. Con él.
Me quedo callada mirando el techo de su salón, que tiene una mancha de humedad con forma de nada.
—Es que no es solo eso —digo al final—. Estuve tres años con Daniel contándome que me quería mientras me llevaba las horas apuntadas. Y aprendí una cosa: da igual lo que la gente sienta. Lo que cuenta es lo que hace.
—Eso es verdad.
—Y lo que hizo Cassian fue callarse.
—Eso también es verdad. —Deja la copa—. Y ahora te voy a hacer una pregunta y quiero que la contestes mañana, no ahora.
—Vale. Hazla.
—¿Qué es lo que ha hecho ese hombre en estas dos semanas? Los hechos. Sin lo que sientes tú, sin lo que dice él y sin el padre. —Se encoge de hombros—. Tú haces esto para ganarte la vida. Hazlo con esto una vez.
* * *
El sábado por la mañana cojo el metro y luego el autobús hasta Sheepshead Bay, con una bolsa de mandarinas y sin ninguna intención de contarle nada a nadie.
Voy porque hace dos semanas que no aparezco por allí.
Voy porque esa habitación es lo único de mi vida que no ha cambiado en catorce días.
Y voy, sobre todo, porque dentro hay una mujer que no ha leído ningún periódico.