Capítulo 29. Cassian
— Ha salido bien. Merrick está tranquilo.
Mi padre me llama el viernes por la tarde, después de la comida, para felicitarme.
Ese es el primer dato interesante del día, porque mi padre no felicita a nadie.
—Ha visto el comunicado, ha visto la comida y ha visto que la empresa sigue funcionando.
—¿Y la foto?
—La foto ya no importa. En quince días nadie se acuerda.
—Te he preguntado por la foto, no por su vida útil.
Hace una pausa muy corta al otro lado.
—Cassian, tienes treinta y ocho años. Las fotos salen.
Cuelgo, dejo el móvil boca abajo sobre la mesa y me quedo mirando el techo del despacho un rato largo.
Después llamo a mi jefe de seguridad.
* * *
El lunes por la mañana tengo el informe encima de la mesa, impreso, porque desde hace dos semanas todo lo mío se hace en papel.
Son once páginas y no necesito más de tres.
La fotografía se envió desde una cuenta de correo creada nueve días antes. El pago al medio económico por la exclusiva salió de una sociedad de servicios de comunicación que factura, entre otras cosas, a la Fundación Holt.
La mujer que hizo la foto se llama Rebecca Ilg y tiene treinta y dos años. Es fotógrafa freelance de Los Ángeles y estuvo alojada en el Kahale tres días con una acreditación de la convención médica.
Se registró el miércoles.
Nosotros llegamos el jueves.
Alguien la mandó allí antes de que yo pisara la isla.
Llamo a seguridad por la línea interna.
—¿Quién contrató a la fotógrafa?
—El contrato lo firmó una agencia intermedia. Pero la reserva del hotel la hizo un asistente desde una cuenta corporativa. —Pausa—. Theo Barrett, señor.
Me quedo con el teléfono en la oreja diez segundos enteros.
—¿Desde la fundación?
—Desde la fundación.
—Gracias. Es suficiente.
Cuelgo el teléfono y me quedo sentado, muy quieto, haciendo lo único que sé hacer en estos casos, que son cuentas.
Mi padre recogió a Theo el jueves siguiente al día en que yo lo eché, y lo colocó en su fundación. Aplacé el anuncio del compromiso un domingo por la tarde. Dos días después, Theo reservó una habitación en Maui para una fotógrafa.
Mi padre no reaccionó a esa fotografía.
La encargó antes de que existiera.
Le compró un billete a una mujer con una cámara y la mandó a diez mil kilómetros a esperar. A esperar a que yo hiciera exactamente lo que hice, porque me conoce lo suficiente para saber que lo iba a hacer.
Me levanto y voy a la ventana.
Abajo, la Sexta avenida hace lo de siempre. Doce manzanas hacia el norte hay una mujer con las gafas torcidas que no me coge el teléfono desde el domingo. Llevo cuatro noches durmiendo la mitad de lo normal por culpa de eso y de dos abogados.
No es la traición lo que me tiene de pie delante de este cristal, sino la eficiencia con la que está hecho.
* * *
—Cassian. Qué sorpresa.
A las once entro en el despacho de mi padre en la Fundación Holt sin que me anuncien, y él levanta la vista de un catálogo de subastas.
Dejo las once páginas encima de su mesa.
Se pone las gafas, coge el informe y lee la primera página entera, y después la segunda sin ninguna prisa. Luego deja el papel en la mesa y se quita las gafas con las dos manos.
—¿Y bien?
—Nada de «y bien». —Me quedo de pie—. Confírmamelo.
—No hace falta que te lo confirme. Lo tienes en once páginas.
—Quiero oírlo.
—¿Para qué? ¿Para sentirte peor?
—Para saber con quién estoy hablando.
Se echa hacia atrás en la silla.
—Aplazaste el anuncio una semana. Un hombre no aplaza una semana un acuerdo de dos mil millones por comunicación interna. Lo aplaza porque está intentando salirse.
—Podías haberme preguntado.
—Te pregunté durante quince años cosas parecidas y siempre me contestaste lo mismo, que es nada. —Junta las manos—. Así que esta vez me ahorré la pregunta. Puse a alguien en la isla y esperé a ver si me equivocaba.
—Y no te equivocaste.
—No me equivoqué.
Me apoyo en el respaldo de la silla que no he usado.
—¿Y qué pasa si me equivoco yo? ¿Qué pasa si esa mujer era la única cosa buena que iba a pasarme en la vida?
Y por primera vez desde que tengo memoria, mi padre tarda en contestar.
Se levanta, va a la ventana y se queda un rato de espaldas.
—Tu madre trabajó doce años en una fábrica de camisas de la calle setenta y ocho. ¿Sabes lo que hizo por mí?
—Sé lo que hizo por ti.
—Lo dejó todo. Se vino conmigo con una maleta y nada más, cuando yo no tenía dónde caerme muerto. Y le costó la vida. —Se gira—. La gente que siente, pierde, Cassian. Yo la vi perder despacio durante veintiséis años.
—Eso no es una explicación, es una excusa que te has contado tanto tiempo que ya te suena a verdad.
—Puede ser. —Lo concede sin girarse, hablándole al cristal.
—Papá, mírame.
—El veintiuno de diciembre te casas. —Y vuelve a ser el de siempre en tres segundos—. Y si intentas romper el préstamo antes, ejecuto la garantía sobre tus acciones el mismo día. No es un castigo, es la cláusula que tú firmaste.
—Lo sé —contesto, y me sale sin miedo, que es la novedad.
—Entonces ya no tenemos nada más que hablar.
Cojo el informe de la mesa y me paro en la puerta.
—Una cosa. Theo va a durar en tu fundación justo lo que dure el próximo hombre que te ofrezca algo mejor. Lo sabes tú y lo sabe él.
—Naturalmente. —Vuelve a coger el catálogo de subastas—. Por eso vale tan poco.
* * *
—Quiero salir del préstamo sin perder el paquete de acciones.
De vuelta en Meridian me encierro con dos abogados y les pongo la misma pregunta que llevo diez días haciéndoles.
—Ya se lo dijimos la semana pasada, señor Holt. Con la estructura actual es imposible.
—Entonces cambiemos la estructura.
—No se puede cambiar unilateralmente.
—¿Y si en lugar de cancelar el préstamo lo compra otro?
Los dos se miran.
—¿Que lo compre un tercero?
—Que un tercero asuma la posición de mi padre y me deje las acciones donde están. —Empujo el cuaderno hacia ellos—. Necesito saber cuánto costaría y quién en esta ciudad puede firmar mil ochocientos millones antes del veintiuno de diciembre sin pedir permiso a nadie.
El mayor de los dos se queda pensando.
—Hay cuatro o cinco nombres. Ninguno le va a hacer un favor.
—No pienso pedir favores.
—¿Y qué piensa ofrecerles?
Miro el cuaderno, donde llevo tres días haciendo una lista.
—Todo lo que tengo que no sea Meridian.
—Perdone que insista. —El mayor se quita las gafas—. Con ese patrimonio, vendiéndolo entero, usted paga el préstamo directamente en marzo. Sin comprador, sin negociación y sin depender de nadie.
—Sí, lo entiendo.
—¿Y por qué no lo hace?
—Porque para llegar a la cifra tengo que vender también mi paquete de Meridian. —Golpeo el cuaderno con el índice—. Y en cuanto bajo del cuarenta por ciento pierdo el consejo, y con él el control de las cinco agencias y de los quinientos empleos que hay dentro.
—Entiendo la magnitud —dice el mayor, limpiando las gafas sin mirarme.
—Vender es la salida fácil. Me quita a mi padre de encima y me quita la empresa con él. —Cierro el cuaderno—. Esa la dejamos para cuando no quede otra.
Se va la luz de la sala un segundo, porque en este edificio hacen obras los lunes, y cuando vuelve los dos abogados me están mirando de otra manera.
—Señor Holt, ¿puedo hablarle con franqueza?
—Adelante, hable.
—Si hace esto y sale mal, se queda usted sin patrimonio personal y con una empresa que tendrá que devolver mil ochocientos millones en cinco años.
—Correcto. Sin patrimonio.
—¿Y si sale bien?
—Si sale bien, el veintiuno de diciembre no me caso.
Recojo el cuaderno y me levanto.
Miro a los dos abogados y hago el balance más corto de mi carrera.
En una columna: el consejo, el apellido, veinte años de trabajo y la casa de Aspen.
En la otra: una mujer que dobla las mantas que no ha pedido y me devuelve los regalos con intereses.
Cualquier analista diría que la columna izquierda gana por goleada.
Por eso los analistas trabajan para mí y no al revés.
—Empiecen por Kahale. Come a las doce y media y odia a mi padre desde 2011.