Capítulo 28. Iren
— Nos conocimos hace un par de semanas, en tu despacho.
Sloane Merrick me da la mano por encima de la esquina de la mesa principal, con el apretón perfecto y los dedos fríos.
—Sí, nos conocemos.
—Aunque entonces no me presentaste. —Lo dice mirándolo a él—. Ese día tenías bastante prisa.
El restaurante tiene manteles blancos, cuarenta y dos directivos y una mesa redonda para ocho en el centro de la sala, que es exactamente el sitio donde no quiero estar.
He llegado a la una menos cinco con un traje azul marino que me compré para una entrevista hace tres años. Me queda como una armadura tres tallas emocionales más grande.
Estoy sentada a dos sillas de él, que es lo que marca el protocolo para una directora de integración. Y a una silla de ella, que es lo que marca la mala suerte.
Traen el primer plato.
Durante veinte minutos la conversación va sobre el cuarto trimestre, sobre una posible adquisición en Toronto y sobre lo mal que se come en los aviones.
Yo hago mi trabajo: hablo cuando me preguntan, con frases cortas y datos exactos. Y no miro a mi izquierda ni una sola vez.
El director financiero del grupo me pregunta por Kahale.
—Cerramos el acta el viernes pasado, con doce puntos de mejora. La renovación entra en marzo.
—He oído que les encontraron dos millones.
—Los encontró el cliente. Nosotros le enseñamos dónde mirar.
Alguien se ríe al fondo. Cassian bebe agua y no dice nada.
Y entonces Sloane se gira hacia mí con una sonrisa educada.
—¿Estuviste en Hawái?
La mesa no se calla, pero baja medio tono, que es peor.
—Sí. Kahale quería revisar la integración con la persona que la diseñó.
—Claro. —Corta un trozo de pescado que no se va a comer—. Debe de ser precioso en esta época.
—No me dio mucho tiempo a mirar.
—Ya. —Alza los ojos—. A mí tampoco me lo dan nunca.
Y ahí, durante un segundo exacto, la mujer perfecta deja ver algo que no lo es.
Le dura muy poco. Vuelve a colocarse la sonrisa y le pregunta al director financiero por sus hijos.
* * *
A los postres, Cassian se levanta y da un discurso de cuatro minutos sobre el año que viene, y lo da bien, con dos cifras y ninguna palabra de más.
Cuando termina, el hombre que tengo enfrente, un tal Bradley que dirige la agencia de Boston y que lleva toda la comida con la copa demasiado llena, levanta la suya.
—¡Y por la boda! ¡Que ya era hora, Holt!
La mesa entera brinda con él.
Yo levanto mi copa de agua con las dos personas de mi izquierda y la de mi derecha, sonrío, bebo y la dejo en su sitio sin que me tiemble nada.
Y en ese momento noto una cosa muy concreta: Cassian me está mirando.
No mira a la mesa, ni a Bradley, ni a la mujer con la que se casa el veintiuno de diciembre.
Me mira a mí mientras cuarenta y dos personas brindan por su boda.
Bajo los ojos al mantel y le odio con todas mis fuerzas por ponerme en esta posición. Y me odio todavía más a mí por lo que me hace el pecho al notarlo.
—Voy un momento al baño —le digo a la mujer de mi derecha.
* * *
—Tienes cinco minutos. Ellos tardan diez con los cafés.
Sloane Merrick está apoyada en la pared del pasillo de los baños, con el móvil en la mano y sin ninguna intención de entrar.
El pasillo tiene luz amarilla y una moqueta que se traga el ruido de todo.
—No creo que tengamos nada que hablar.
—Yo tampoco lo creía. —Se aparta de la pared—. Y aun así aquí estoy, plantada en un pasillo.
Nos quedamos las dos de pie, a metro y medio.
—Voy a ser rápida. No estoy enfadada contigo y no he venido a pedirte que te apartes.
—Entonces no sé qué hace aquí.
—Vengo a decirte que la foto de Maui no la filtró un turista.
Se me para todo.
—¿Qué ha dicho?
—Una fotografía hecha con un móvil a doce metros y sin flash. Y aparece a las cinco de la mañana en un medio económico con el nombre de la empresa, tu cargo y una nota de contexto sobre la financiación de Meridian. —Ladea la cabeza—. Los turistas no saben lo que es un préstamo puente, Iren.
—¿Y quién fue?
—Eso ya no es asunto mío. —Se ajusta el bolso en el brazo—. Solo te digo que fue alguien que quería que la boda se anunciara esta semana sin discusión. Y ha funcionado.
Me apoyo en la pared, porque de repente este pasillo es más largo que hace un minuto.
—¿Por qué me cuentas esto?
Se queda callada un momento, y por segunda vez hoy se le cae media máscara.
—Porque el lunes por la mañana, cuando salió esa foto, mi padre me llamó a las siete y me dijo que era una suerte. —Traga—. Y yo llevo cinco días pensando que hay algo profundamente asqueroso en que a mí me pareciera lo mismo.
—No te entiendo.
—Sí me entiendes. —Sonríe sin ninguna alegría—. Yo tampoco quiero esta boda. Nunca la he querido. Y llevo dos años esperando que alguien me diera una razón para no firmarla.
—El día que entraste en su despacho sin llamar. Con dos cafés.
—Me acuerdo perfectamente. —Ni parpadea.
—El «cariño» delante de mí. ¿También fue casualidad?
—Fue a propósito. —Ni una sombra de disculpa en la cara—. Llevaba semanas oyendo tu nombre en esa oficina y quería ver qué pasaba si encendía una cerilla.
—Pues pasó.
—Ya lo vi. —Se encoge de hombros—. Nunca he dicho que fuera buena persona. He dicho que no quería esta boda.
Debería odiarla. Lo intento durante un segundo entero y no me sale: las dos estamos encerradas en la misma jaula. Ella solo lleva más años dentro.
—¿Y yo soy esa razón?
—Tú eres un problema para mi padre. —Sube un hombro y lo deja caer—. Que es lo más parecido a una razón que he tenido en mucho tiempo.
Se oyen los cafés llegando a la mesa desde aquí.
—Una última cosa —dice, ya de camino—. Y esta te la digo porque me da la gana. Llevo tres años sentada al lado de Cassian Holt en cenas, actos y consejos, y nunca me ha mirado como te miraba a ti durante el brindis.
—Eso no cambia nada.
—Yo no he dicho que cambie nada. —Se para en la puerta del salón y se gira—. He dicho que a mí nunca me ha mirado así. A mí eso me da igual, pero pensé que a ti no.
Y vuelve a la mesa con esa postura suya que le enseñaron a los seis años.
Yo me quedo en el pasillo con la luz amarilla y la moqueta que se traga el ruido, y sé, con una claridad que no tenía hace diez minutos, dos cosas.
La primera es que alguien filtró esa foto para cerrar una boda.
Y la segunda es que ese alguien tiene que ser de dentro.