Capítulo 27. Iren
— Iren, no lo leas.
Rob me intercepta a cuatro pasos del ascensor, el lunes a las ocho y veinte, con el móvil apretado contra el pecho como si eso sirviera de algo.
—Ya lo he leído.
—Han puesto tu nombre. En el segundo artículo, el de la web de economía. Con tu cargo.
—Ya lo sé.
—Y hay comentarios.
—Rob, para.
—Que no los leas.
—No pienso leerlos.
Mentira número uno del día, y son las ocho y veintiuno. Los leí a las seis y cuarto de la mañana, todos, con el abrigo puesto, hasta que dejé de reconocerme en la mujer del vestido verde.
Las oficinas tienen un ruido de fondo constante, y cuando ese ruido baja tres decibelios al abrirse el ascensor, es que estabas en la conversación.
Camino hasta mi despacho con la carpeta contra el pecho, y en veinte metros pasan tres cosas.
Marta, de contabilidad, me mira y luego mira la pantalla, muy rápido.
Dos chicos de diseño se callan.
Y una mujer de medios que lleva aquí ocho meses y con la que he hablado cuatro veces me sonríe con una amabilidad nueva, y eso es lo peor de todo.
Cierro la puerta de mi despacho y me quedo de pie en medio, respirando.
Han pasado tres semanas desde la fiesta, y en ese tiempo he dejado de ser la que salva la campaña de primavera para convertirme en la del vestido verde.
Enciendo el ordenador y me encuentro cuarenta y tres correos en la bandeja de entrada.
En lo alto, uno del departamento de comunicación del grupo, enviado a las siete y doce a toda la plantilla.
Asunto: Comunicado personal de Cassian Holt.
Lo abro y son cuatro líneas. Confirma su compromiso con la señorita Sloane Merrick, agradece las felicitaciones anticipadas y pide respeto a la privacidad de las personas ajenas a la empresa.
Personas ajenas a la empresa.
Yo llevo su nómina firmada en el cajón de esta mesa.
Cierro el correo, abro un documento en blanco y escribo tres líneas pidiendo mi traslado a la agencia de Chicago con fecha del uno de diciembre.
No lo mando todavía.
* * *
—Chicago. A las once. ¿Lo tienes?
Emory entra a las diez y cuarto sin llamar, con dos cafés y la corbata torcida.
Trae peor cara que la semana pasada, y la semana pasada ya traía mala cara.
—¿Has dormido?
—Duermo muy bien. Me lo dice mi mujer, que me oye.
—Lo tengo.
Se sienta, abre la carpeta que trae y la gira hacia mí.
—Aquí falta el desglose de medios del cuarto trimestre.
—Está en la página seis.
—En la seis está el resumen.
—El desglose está en el anexo, Emory. Como siempre.
Pasa hojas, encuentra el anexo y gruñe.
Trabajamos el documento durante veinte minutos y, en el minuto veintiuno, sin levantar la vista del papel, suelta:
—He redactado una solicitud de traslado a Chicago. ¿La has escrito tú también o me lo estoy inventando?
Dejo el bolígrafo encima del anexo.
—Está en borradores.
—Ya. —Marca una cifra con el dedo—. Este número no cuadra con el de la semana pasada.
—Porque la semana pasada no incluía la penalización de Lime.
—Vale. Bórralo.
—¿El número?
—El borrador.
Sigue leyendo sin levantar la cabeza. Con este hombre las conversaciones importantes siempre pasan de lado, mientras las dos personas fingen que revisan un anexo.
—Emory, dilo ya.
—En marzo se renueva Lime. —Pasa otra página—. Si la firmas tú, en abril nadie se acuerda de ninguna foto. Si te vas a Chicago, en abril la foto es lo único que queda.
—Eso lo dices como si fuera una cuenta.
—Es que es una cuenta. —Cierra la carpeta y por fin levanta la cabeza—. Yo he visto tres veces cómo acababa esto para la mujer. Y ninguna de las tres se fue a Chicago por gusto.
Coge su café y se levanta.
—A las once, sala dos. Trae el anexo, que yo lo voy a perder.
En la puerta se para con el pomo en la mano.
—Otra cosa. En seis semanas de negociación, ese hombre no me miró a mí ni una sola vez. Miraba los números. —Sube un hombro y lo deja caer—. El miércoles pasado, en la integración, no miró un solo número.
Y se va antes de que yo pueda contestar, que es justo lo que pretendía.
* * *
El resto del día es una película muda.
Trabajo diez horas seguidas, cierro dos temas y abro cuatro. A las dos, Priya me escribe seis veces y le contesto que estoy viva. A media tarde, Juno me manda un mensaje que dice solo ¿estás bien? y luego, dos minutos después, voy para allá si quieres , y le digo que no.
A las seis y cuarenta suena el teléfono de mi mesa.
En la pantallita aparece su apellido en mayúsculas.
Lo miro sonar cuatro veces y no lo cojo.
A las seis y cuarenta y tres me llega un mensaje al móvil.
Cassian: Necesito hablar contigo. Cinco minutos.
Iren: No.
Cassian: Estoy abajo.
Me levanto, me acerco a la ventana y miro a la calle desde una octava planta.
Ahí está el coche negro, en doble fila, con las luces de emergencia puestas y un hombre apoyado en la puerta trasera sin abrigo, en noviembre.
Me quedo mirándolo un minuto entero.
Después vuelvo a mi mesa, cojo el móvil y escribo.
Iren: Súbete al coche y vete a casa. Aquí arriba hay cincuenta personas que ya han visto una foto hoy.
Tarda dos minutos largos en contestar.
Cassian: Tienes razón.
Cassian: ¿Puedo llamarte esta noche?
Miro la pantalla mucho rato.
Iren: No.
Y apago el móvil, que es una cosa que no he hecho en cinco años.
* * *
El martes es peor, porque ya nadie mira. Para entonces la gente ha decidido cómo se cuenta la historia y ha vuelto a su trabajo, y yo me paso el día en reuniones donde todo el mundo es amabilísimo conmigo.
El jueves por la mañana me llama la asistente de dirección.
—Señorita Vale, es por la comida de directivos de mañana. Usted está sentada en la mesa principal, por su cargo.
—De acuerdo.
—Con el señor Holt y la señorita Merrick.
Me quedo con el teléfono en la oreja.
—¿Señorita Vale? ¿Sigue ahí?
—Sigo aquí. —Miro por la ventana la ciudad gris—. Confirmado.