Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 26. Cassian
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Capítulo 26. Cassian

— Estás en tu casa a las siete de la mañana de un domingo con la ropa de ayer.

Mariano abre la puerta de su loft del Meatpacking descalzo, en pantalón de chándal y con cara de haberse acostado hace tres horas.

—Me han dicho que haces buen café.

—Hago buen café para la gente que duerme. —Se aparta de la puerta—. Pasa, anda.

Me sienta en la mesa larga de la cocina y aparta tres rollos de planos y una maqueta de cartón a medio montar.

Me pone delante un café que le sale mejor que en cualquier sitio de esta ciudad, cosa que atribuye a su apellido y comenta siempre.

—A ver.

—Ha salido una foto.

—La he visto. Me la ha mandado mi hermana a las seis y cuarto con tres signos de admiración.

—Aterricé a las cuatro. Le he mandado dos mensajes y no me contesta ninguno.

—Normal, Cassian.

—Ya lo sé que es normal.

Mariano se sienta enfrente con su propia taza y no dice nada durante un minuto entero, que en él es un récord.

—¿Sabes lo que más me jode? —digo al final—. Que llevo desde el jueves con dos abogados buscando la manera de romper el préstamo y ni uno solo de esos días se me ocurrió que mi padre pudiera estar mirándome.

—Cassian, tu padre lleva mirándote desde que tienes ocho años.

—Ya lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

—Seguir. Tengo quince días.

—No te he preguntado eso.

Doy un trago de ese café, en una cocina de treinta metros con las ventanas abiertas a la Novena.

Y me oigo decir una cosa que no había dicho en voz alta en diecisiete años.

—¿Te acuerdas de que nunca te conté cómo me rompí la nariz?

Mariano deja la taza.

—Me acuerdo perfectamente.

—A los veintiuno tuve una novia. Se llamaba Elena y trabajaba en una cafetería de la Novena.

—Giro la taza sobre la mesa—. Mi padre le ofreció cuarenta mil dólares por dejarme.

Ella dijo que no. Subió a ochenta y volvió a decir que no.

A la tercera le puso encima de la mesa ciento veinte y un vuelo a Chicago, y Elena cogió el billete.

—Joder, Cassian.

Se pasa la mano por la cara. Es la primera vez en veinte años que le veo buscar las palabras.

—Fui a casa de mi padre a preguntarle por qué. Me contestó que la prueba era barata y que había salido bien. Que quien aguanta tres ofertas y cae en la cuarta habría caído igual en el año dos o en el año diez, y entonces le habría costado mucho más caro.

—¿Y la nariz?

—Le tiré un cenicero. Falló y le dio a la pared. —Me encojo de hombros—. Él me devolvió el golpe con la mano abierta y yo me caí contra el canto de la mesa del comedor. Y no fui al hospital hasta el día siguiente, así que soldó torcida.

Mariano se pasa la mano por la cara.

—Y lleva quince años ofreciéndote pagarte el cirujano.

—Cada vez que salgo en una foto.

—Es la cosa más retorcida que he oído en mi vida.

—Es su manera de pedir perdón. Nunca ha encontrado otra.

—¿Y sabes qué es lo peor? Que Elena no fue la única prueba. A los veinticinco monté mi primera empresa con un socio. Richard. El hijo adoptivo de Emory Fields.

Mariano deja la taza a medio camino.

—¿Del Emory de FRAME?

—Del mismo. Richard nos hundió en ocho meses: desvió dos clientes, vació la caja y desapareció. Tardé años en enterarme de que mi padre le había pagado por hacerlo.

—Joder, Cassian.

—Según mi padre, dos pruebas en cuatro años. Y las dos salieron baratas.

—¿Y Emory lo sabe?

—Emory echó a Richard de su casa cuando lo descubrió. No se hablan desde entonces. Es una de las razones por las que le compré la agencia a él y no al fondo que ofrecía más.

Fuera empieza a trabajar el camión de la basura, con todo el estruendo del mundo, y yo no aparto los ojos de el fondo de la taza.

—La semana del cenicero decidí dos cosas —añado—. Que la nariz se quedaba como estaba, para acordarme. Y que no iba a querer nada que él pudiera comprar.

—Y lo has cumplido.

—Quince años. —Levanto la vista—. Hasta el mes pasado.

Mariano se queda muy quieto.

—Cassian, escucha.

—No lo digas.

—Lo voy a decir igual, porque llevo ocho años diciéndote las cosas que no quieres oír y no pienso empezar a callarme hoy. —Se inclina sobre la mesa—. Le has dado a tu padre exactamente lo que le diste a los veintiuno: una mujer a la que puede ponerle precio.

—A ella no la compra nadie.

—Ya lo sé. A Elena tampoco la compró él. La convenció el miedo. —Coge la taza—. Y tú acabas de meter a esa mujer en una portada sin preguntarle.

Me quedo callado, porque no hay nada que contestar a eso.

—¿Qué hago?

—Lo que tenías que haber hecho el lunes pasado. Contarle todo, entero, y aguantar lo que venga.

—Se lo conté en el avión.

—Se lo contaste cuando ya no podía elegir. —Se levanta a por la cafetera—. Eso no es contar, es informar.

* * *

Salgo del Meatpacking a las nueve y media y conduzco hasta Brooklyn sin haberlo decidido.

Aparco a media manzana de su portal, en doble fila, y me quedo dentro del coche con el motor apagado.

Tercer piso, dos ventanas a la calle, las dos con la persiana bajada hasta abajo.

Son las diez y cuarto de la mañana de un domingo y esa mujer, que se levanta a las seis y media todos los días de su vida, tiene las persianas bajadas.

No pienso subir ahí arriba.

Subir sería otra vez lo mismo: decidir yo por ella. Aparecer en su portal el día en que su nombre está en internet al lado del mío y obligarla a una conversación que no ha pedido.

Me quedo cuarenta minutos mirando dos persianas bajadas, que es probablemente el peor uso que le he dado a una mañana en toda mi vida adulta.

Después arranco y me voy a la oficina, un domingo, a llamar a gente que no tiene ninguna intención de cogerme el teléfono.

A las once y cuarenta le escribo desde el coche.

Cassian: No voy a subir. Sé que estás ahí y sé que has visto la foto.

Cassian: Cuando quieras hablar, hablamos. Y si no quieres, no.

Tarda tres horas en contestar.

Iren: Gracias por no subir.

Y ese «gracias» me deja peor que si me hubiera insultado, porque significa que lo había pensado. Que estaba ahí dentro, detrás de esas persianas, calculando la probabilidad de que yo apareciera.

Contesto una sola línea.

Cassian: Sigo teniendo quince días.

Los tres puntitos aparecen y desaparecen dos veces.

No llega nada más.