Capítulo 25. Iren
— Voy a empezar por el final. Y luego te lo explico entero.
Llevamos una hora en el aire. El avión despegó de Maui a las doce y diez del mediodía y aterriza en Nueva York a las cuatro de la mañana del domingo. Diez horas de vuelo y seis de diferencia horaria. Lo he calculado dos veces en la pista, porque calcular me calma.
Peter ha servido el café, ha recogido las bandejas del despegue y se ha retirado detrás de la cortina.
Cassian cierra el portátil, lo deja en la mesa y se pasa la mano por la cara.
—Vale. Te escucho.
—Estoy comprometido.
La cabina hace ese ruido de fondo que hacen todas las cabinas del mundo.
—¿Comprometido de prometido? —pregunto, y mi propia voz me llega desde muy lejos.
—Sí. De prometido.
—¿Con la mujer del vestido color hueso que entró en tu despacho sin llamar?
—Sí. Con ella.
—Con Sloane.
—Sloane Merrick.
Asiento lentamente, como si me estuvieran explicando una partida presupuestaria.
—Sigue hablando.
—Iren…
—He dicho que sigas. —Me tiembla la mano izquierda y me la meto debajo del muslo—. Has dicho que ibas a explicármelo entero. Pues hazlo.
Y me lo explica todo.
Habla once minutos seguidos, que es más de lo que le he oído hablar en todo el tiempo que hace que lo conozco.
Un préstamo puente firmado hace once meses, con un padre que ya tenía el papel preparado.
Harold Merrick y el treinta y uno por ciento de una empresa.
Un compromiso que debía anunciarse el lunes pasado y que él aplazó una semana con una excusa de comunicación interna.
—¿Y si no firmas esa boda? —pregunto, aunque ya intuyo la respuesta.
—Mi padre ejecuta el préstamo. Y Meridian sobrevive vendiendo lo pequeño primero.
—¿Lo pequeño?
—FRAME, Iren. Lo pequeño sois vosotros.
Me quedo sin aire un segundo. O sea que no es solo su jaula. Es también la mía, la de Rob, la de Marta y sus dos niños. Este hombre lleva semanas caminando con las llaves de mi mundo en el bolsillo, y yo sin saber que existía la cerradura.
Y una sesión de fotos en el jardín de una casa de Connecticut, ayer por la mañana.
—¿Cómo que ayer?
—Mi padre la adelantó y la hizo sin mí. Sloane, las dos familias y un hueco donde tenía que estar yo. A mi padre no le hago falta ni para el anuncio de mi propio compromiso.
—O sea que ya está hecho.
—El anuncio se publica mañana lunes.
Miro por la ventanilla. Ahí fuera no hay nada, solo agua y luz.
—¿Y ella?
—¿Qué pasa con ella?
—¿La quieres?
—No. Y ella tampoco a mí. Es un acuerdo entre dos empresas con dos apellidos encima.
Lo dice sin parpadear, mirándome a los ojos. Al menos no me adorna la miseria.
—Eso no lo hace mejor, Cassian. Eso lo hace peor.
—Lo sé —dice, y le tiembla un músculo en la mandíbula que no le había visto nunca.
—No, no lo sabes. —Me giro hacia él—. Si la quisieras, yo sería la otra. Y así soy algo mucho más barato: soy la semana que te has dado antes de firmar.
—No es así.
—¿Ah, no? Porque desde aquí se ve exactamente así.
Se inclina hacia delante con los codos en las rodillas, tan cerca que huelo el café frío y esa madera oscura suya, y mi cuerpo, el muy traidor, se acuerda de todo en mitad de la guerra.
—El lunes, cuando te dije lo del comunicado, iba a contártelo. El jueves en la terraza, después de la cena, iba a contártelo. Anoche, cuando entraste por esa puerta, te dije que tenía que decirte una cosa.
—Y yo te dije que te callaras. —Se me quiebra la voz y la recompongo con rabia—. Muy cómodo, ¿verdad? Que la otra persona te tape la boca para no tener que abrirla tú.
No me contesta a eso.
—¿Sabes qué es lo peor? Que tú tenías la fecha exacta en el calendario. Yo no sabía nada, tú lo sabías todo, y aun así me llevaste a un edificio de tu madre y me besaste contra un andamio.
—Sí, la tenía.
—Y me trajiste aquí.
—Sí, te traje.
—¿Por qué?
Y este hombre, que siempre tiene una respuesta para todo, se queda sin ninguna.
—Porque quería más tiempo.
—¿Más tiempo para qué? ¿Para tener una historia bonita que recordar en tu boda?
—Para encontrar la manera de no casarme.
El insulto que traía preparado se me deshace en la boca.
—¿Qué has dicho?
—Llevo desde el martes con dos abogados mirando la estructura del préstamo.
—Habla deprisa, y es la primera vez que le oigo hacerlo—.
Si lo cancelo antes de tiempo, mi padre ejecuta la garantía sobre el paquete de acciones que puse.
Pierdo el control del consejo, y con él se van las cinco agencias y quinientos empleos, incluidos los cuarenta y uno que tú firmaste.
Se me para el aire.
—No.
—Sí.
—No, Cassian, no. —Me levanto, porque el cuerpo me pide distancia y en este avión no la hay—. No me hagas eso. No me pongas a mí en esa balanza.
—No te estoy poniendo. Te estoy contando el balance.
—Es lo mismo. —Me apoyo en el respaldo de un asiento—. Ahora, hagas lo que hagas, es culpa mía. Si te casas, es porque salvas a mi gente. Si no te casas, mi gente se queda en la calle y es porque yo estaba ahí.
—Iren, escúchame. —Y me coge la mano.
Ese es su error. O el mío, porque durante un segundo entero se la dejo. La mano me reconoce antes que la cabeza: el calor, el pulgar buscándome el pulso, todo ese vocabulario que aprendimos a oscuras. Y por ese segundo exacto lo odio más que por todo lo demás.
Le retiro los dedos de uno en uno, sin prisa, para que duela.
—No me digas mi nombre con esa voz. Esa voz me la creí.
Lo digo bajo. Me sale peor que un grito.
Vuelvo a sentarme.
Nos quedamos callados mucho rato.
Cuando vuelvo a hablar me sale una voz que no reconozco: tranquila, plana, la que uso en las reuniones difíciles.
—¿Cuándo es la boda?
—El veintiuno de diciembre.
—¿Y el anuncio?
—Mañana lunes, a primera hora.
Nos quedamos mirándonos. Él no aparta la vista ni la suaviza, y eso, maldita sea, se lo reconozco: no me esquiva ni ahora.
—Perfecto. —Cojo el bolso del asiento de al lado y saco el móvil, aunque no tengo cobertura ni nada que mirar—. Entonces el lunes por la mañana pido el traslado a otra agencia del grupo. Cualquiera menos la tuya.
—No, ya no.
—No es una consulta, Cassian. Es un aviso.
—Iren, si te vas de la integración…
—Si me quedo, en tres meses soy «la empleada» de un titular. —Me pongo de pie—. Y yo he tardado cinco años en dejar de ser «la chica de cuentas». No pienso volver a empezar desde ahí por ningún hombre.
Me voy al fondo de la cabina, al asiento de la última fila, y me siento sola de espaldas a él.
No viene detrás de mí, que es lo único inteligente que hace en todo el vuelo.
* * *
Quedan siete horas de vuelo.
Las paso mirando por la ventanilla y haciendo lo único que sé hacer, que son cuentas.
Cuarenta y un puestos de trabajo. Quinientos en todo el grupo. Dos mil dólares al mes de clínica. Una matrícula en enero. Un sueldo nuevo que empieza a pagarse el treinta.
Y un hombre que se casa dentro de seis días con una mujer a la que no quiere, para no perder un consejo de administración del que depende toda esa gente.
En algún momento, sobre California, me quedo dormida sin querer.
Cuando me despierto hay una manta encima de mí que no me he puesto yo.
La miro un rato largo.
Después la doblo y la dejo en el asiento de al lado. Me quedo el resto del vuelo con frío, porque tengo veintiocho años y una dignidad muy pequeña que administrar.
* * *
Aterrizamos a las cuatro y siete de la mañana.
Nueva York está a nueve grados, negra y vacía, con esa luz naranja de las farolas que hace que todo el mundo parezca enfermo.
Peter baja mi maleta y le doy las gracias.
En la pista hay dos coches esperando, y son dos y no uno.
Eso lo ha organizado él en algún momento del vuelo, y le agradezco esa única cosa.
—Iren, espera.
Me giro con la maleta en la mano.
Está de pie junto al morro del avión, sin chaqueta, con el pelo revuelto y una cara que no le he visto nunca.
Da un paso. Levanta la mano hacia mi cara, la mitad del camino de siempre, y la detiene en el aire cuando ve que no me muevo. La deja caer. Ese medio gesto me va a doler más tarde, cuando tenga tiempo.
—Dime qué quieres.
—Voy a arreglarlo.
—No es un balance, Cassian.
—Voy a arreglarlo igual.
Nos sostenemos la mirada por encima de la pista. Nueve grados, motores apagándose, y entre los dos ese hilo que ni siquiera esta noche ha sabido romperse. Lo corto yo.
Me subo al coche y no miro atrás mientras salimos de la pista.
A las cinco y cuarto abro la puerta de mi casa, dejo la maleta en la entrada sin deshacerla y me siento en el sofá con el abrigo puesto.
A las cinco y veinte me suena el móvil.
Es Priya, y Priya no llama a las cinco y veinte de la mañana de un domingo.
—¿Estás sentada?
—Sí. ¿Por qué?
—No mires internet.
Ya lo estoy mirando.
Una fotografía en la terraza de un resort de Maui, con un hombre sujetando la cara de una mujer con las dos manos, y un vestido verde que reconozco de sobra.
Y encima, en letras grandes:
El heredero de Meridian, pillado con una empleada a seis días de anunciar su compromiso con la hija de Harold Merrick.