Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 24. Iren
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Capítulo 24. Iren

— Está usted horrible con esa corbata.

Son las siete y media de la mañana del viernes y acaba de aparecer un café en mi mesilla sin que yo lo haya pedido. Lo trae un hombre vestido de traje que me informa de que la inspección empieza en cuarenta minutos.

—Es una corbata carísima.

—Pues está horrible y es carísima. Son dos datos compatibles.

—¿Volvemos al usted?

—Solo cuando llevas esa corbata.

Me tira una almohada a la cara y sale de la habitación. Y yo me quedo tres segundos mirando el techo, con una sonrisa de imbécil a las siete y media de la mañana.

Este va a ser el mejor día de mi vida adulta. Lo pienso así, con todas las letras, para poder acordarme después.

La inspección dura ocho horas.

Recorremos el resort entero con la directora y con el jefe de mantenimiento. Las trescientas doce habitaciones, las cocinas, la lavandería, el spa, los dos restaurantes. Y la sala de convenciones que Kahale quiere reformar en marzo.

Yo tomo notas y él hace las preguntas incómodas. A la tercera hora nos hemos convertido en una máquina de dos piezas que ninguno de los dos ha diseñado.

—El coste por habitación de la lavandería está inflado un veinte por ciento —le digo en voz baja, mientras el jefe de mantenimiento abre una puerta.

—¿Contra qué comparas?

—Contra el hotel de Chicago del mismo cliente. Lo miré anoche.

—¿A qué hora lo miraste anoche?

—A la una y media.

Me mira de lado con esa cara suya de medio milímetro.

—Yo estaba despierto a la una y media.

—Ya lo sé. Se te veía la luz por debajo de la puerta.

Y seguimos andando por un pasillo de servicio detrás de un hombre con un manojo de llaves, como si no acabáramos de decirnos eso.

A las dos comemos de pie, con platos de plástico, en la terraza del personal.

A las cuatro discutimos delante de la directora del resort y ganamos los dos, que es la mejor manera de discutir.

A las seis y diez cerramos el acta con doce puntos de mejora y una cifra de ahorro anual que la obliga a sacar la calculadora del móvil.

Cuando salimos, el sol está bajando.

—Se acabó el trabajo.

Él mira el reloj.

—Se acabó el trabajo.

—Entonces mañana toca la conversación.

—Mañana toca la conversación.

Y hay algo en cómo lo dice que debería ponerme en guardia y no me pone. Llevo desde las siete y media con esta cosa absurda dentro del pecho que no me deja tener miedo de nada.

* * *

—Regla número uno: come donde comen los que trabajan.

Aparca delante de un sitio de la carretera, a diez minutos del resort, que ha elegido porque tiene el aparcamiento lleno de furgonetas.

—¿Y la regla número dos?

—No hay. Solo tengo una.

Es un local con manteles de papel, ventiladores en el techo y una mujer de sesenta años que nos sienta sin preguntarnos si tenemos reserva.

Comemos pescado con arroz y bebemos cerveza de botella. Cassian Holt se quita la chaqueta, la cuelga del respaldo y se sube las mangas, y de repente parece un hombre de treinta y ocho años y no una fusión empresarial.

—Cuéntame algo que no sepa.

—¿De la empresa?

—De ti.

Se lo piensa mientras da un trago.

—Aprendí a nadar a los veintiséis años.

—¿Qué me dices?

—En una piscina de un hotel de Miami, con un profesor que cobraba por horas y que firmó un acuerdo de confidencialidad.

Me río tan fuerte que la mujer de la barra se gira.

—¿Le hiciste firmar un acuerdo de confidencialidad al profesor de natación?

—Tenía veintiséis años y acababa de comprar mi primera empresa. Que se supiera que no sabía nadar me parecía peor que la quiebra.

—Eso es lo más triste y lo más gracioso que me han contado nunca.

—Ahora tú.

Yo también me lo pienso.

—A los dieciséis trabajé un verano en una heladería y me despidieron por regalar helados a los niños que venían con la ropa mal.

—¿Con la ropa mal?

—Con la ropa de otro. De un hermano mayor o de un vecino. Se les nota. —Doy un trago—. Mi madre me dijo que había hecho lo correcto y mi jefe me dijo que era una ladrona, y creo que las dos cosas eran verdad.

Se queda mirándome un rato.

—¿Qué miras?

—Nada. —Coge la botella—. Que ya entiendo lo de las cuarenta y una personas.

De vuelta, en el coche, con la ventanilla bajada y el aire caliente entrando, me pone la mano en la rodilla y la deja ahí todo el camino.

No decimos nada en veinte minutos.

Es la conversación más larga que he tenido nunca.

* * *

El sábado desayunamos en la terraza del resort a las nueve, antes de salir hacia el aeropuerto.

Hay familias con niños, un grupo de la convención médica con acreditaciones colgando del cuello y camareros llevando bandejas entre las mesas.

Él ha bajado en vaqueros y yo llevo el vestido verde otra vez, porque lo demás está sucio y además me da la gana.

—Tenemos que hablar.

—Lo sé.

—Aquí no.

—¿Dónde entonces?

—En el avión. Diez horas. —Se pasa la mano por la cara—. Y necesito que me escuches entera antes de decir nada.

Y ahí, por fin, se me enciende algo.

—Cassian, me estás asustando.

—Ya lo sé.

Alarga la mano por encima de la mesa y me coge la mía delante de todo el mundo: las familias con niños, el grupo de la convención médica y dos camareros.

—Pase lo que pase en ese avión, quiero que sepas que esta semana ha sido la primera vez en quince años que no he querido estar en otro sitio.

Se me cierra la garganta.

—Eso ha sonado a despedida.

—No lo es.

Y se levanta, rodea la mesa y me besa delante de la terraza entera.

No es un beso disimulado. Me sujeta la cara con las dos manos y yo me agarro a su camisa. Dura lo suficiente para que dos mesas se giren y para que alguien haga uno de esos ruidos de aprobación con la boca.

Cuando nos separamos estoy roja hasta las orejas y me da igual.

—Eso ha sido muy poco profesional, señor Holt.

—Denúncieme a recursos humanos.

—Lo estoy pensando.

Cojo mi taza de café para hacer algo con las manos, y por encima del borde veo la mesa de al lado.

Hay una mujer de unos treinta años con un móvil en la mano, en horizontal.

Y lo baja muy despacio, con esa cara de quien acaba de guardar algo.

No le doy importancia.

Ese es el error que voy a repasar en las diez horas de vuelo, en los tres meses que vienen detrás y probablemente el resto de mi vida.

No le doy ninguna importancia.