Capítulo 23. Iren
A las dos y diez de la mañana sigo despierta y llevo cuarenta minutos mirando una raya de luz debajo de una puerta blanca.
Se ha apagado hace un rato y ha vuelto a encenderse, así que él tampoco duerme.
Podría quedarme en esta cama haciendo lo que mejor se me da: la lista de motivos.
La boda que no entiendo, el jefe, los cuarenta y uno, mi madre, el sentido común.
La hago dos veces. Las dos veces me sale el mismo resultado y ninguna de las dos me mueve un centímetro, y eso me enseña algo incómodo sobre las listas: solo sirven cuando ya has decidido obedecerlas.
Me levanto, voy al baño, bebo agua del grifo y me miro en el espejo con una camiseta vieja y el pelo hecho un desastre.
Vuelvo a la cama y me pongo a contar hasta cien, y llego a ciento cuarenta.
A las dos y veinticinco hago lo que llevo tres horas sabiendo que voy a hacer.
Cruzo la habitación descalza y abro la puerta blanca.
Él está sentado en el borde de su cama, con los codos en las rodillas, en pantalón de pijama y nada más. El portátil está cerrado sobre la mesilla y no hay ni un papel en esta habitación.
Levanta la cabeza cuando me oye.
Ninguno de los dos dice nada durante tres segundos enteros.
—Iren, ven aquí.
—No hable.
—Tengo que decirle una cosa.
—El sábado. Ha dicho que me lo contaría este fin de semana, cuando estuviera hecho el trabajo. Y eso termina mañana a las seis.
—Iren…
—No he cruzado esa puerta para hablar.
Se pone de pie muy despacio.
Y es un movimiento tan simple y tan directo que se me olvida el discurso que traía preparado desde el pasillo.
Cruza la habitación en tres pasos, me pone las dos manos en la cara y me besa antes de que me dé tiempo a cambiar de opinión.
No hay ninguna mesa entre los dos, ni intercomunicador, ni andamio, ni carpeta, ni cuarenta y una nóminas.
Hay una puerta abierta a mi espalda y un hombre que huele a jabón de hotel y a él.
—Dilo —murmura contra mi boca.
—¿El qué?
—Que quieres esto. Con palabras. Me hace falta oírlo.
—Quiero esto.
—Otra vez.
—Quiero esto, Cassian.
Y algo se le rompe por dentro cuando digo su nombre. Me levanta en brazos sin ningún esfuerzo y me deja caer en la cama, y ya no queda ni una sola frase educada en esta habitación.
Me quita la camiseta por la cabeza. Yo le busco el pantalón. Nos peleamos con la ropa como dos personas que llevan semanas de retraso.
—Espera. —Me sujeta la muñeca—. Mírame.
Levanto la cara hacia él.
—El sábado te voy a contar una cosa que no te va a gustar —dice, con la respiración destrozada—. Y quiero que sepas que esto de ahora no es para taparlo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Cassian. —Le pongo la mano en la nuca y le bajo la cara hasta la mía—. Soy adulta. Sé exactamente lo que estoy haciendo y por qué. Mañana ya me odiaré yo sola, sin ayuda.
—No voy a dejar que te odies.
—Entonces cállate y hazme olvidar que es jueves.
Y me hace olvidar hasta el idioma.
Me quita las gafas, que no llevo puestas, con dos dedos junto a la sien. Y se ríe contra mi cuello cuando se da cuenta.
—Costumbre, perdona.
—Deje de reírse encima de mí, señor Holt.
—Ese usted lo vas a pagar caro.
Baja por mi cuerpo besando con calma, como si tuviera toda la noche y todo el fin de semana, y cuando llega abajo me sujeta las caderas con las dos manos.
—Abre las piernas.
Las abro sin pensarlo.
—Mírame, Iren.
Le miro, y me sostiene los ojos mientras baja la cabeza, y esa primera pasada de lengua me arquea entera contra la cama.
—Dios mío.
—Otra vez mi nombre. Que se te ha olvidado en cuanto has entrado por esa puerta.
—Cassian.
—Otra vez.
—Cassian.
—Buena chica.
Y esas dos palabras me hacen algo que no pienso analizar en toda mi vida.
Me trabaja con la boca y con los dedos, sin ninguna prisa, leyéndome como lee un balance, y cuando me tapo la cara con el antebrazo me lo aparta de un tirón.
—Ni se te ocurra. Quiero verte.
—No puedo.
—Sí que puedes.
Y me corro mirándole a los ojos, con las dos manos agarradas a las sábanas. Con un sonido que no reconozco como mío y que sale de un sitio que no sabía que existía.
Sube por mi cuerpo y me besa, y me sabe la boca a mí y no me importa nada.
—¿Ahora quién manda? —le pregunto, sin aire.
—Ahora mando yo.
—Eso ya lo veremos.
Le empujo el hombro, le doy la vuelta y me siento encima. Él me deja hacerlo, y verle debajo con los ojos así es justo lo que llevo nueve días sin permitirme imaginar.
—Preservativo. —Señala la mesilla con la voz rota.
—¿Y eso qué hace ahí?
—Lo he puesto esta noche. Antes de acostarme.
—Ah, o sea que usted también.
—Yo también.
Se lo pongo yo, sin prisa, mirándole a la cara, y él aprieta la mandíbula y me clava los dedos en las caderas.
—Baja ya.
—Espera un segundo.
—Iren, baja.
—Me gusta oírtelo pedir.
—No estoy pidiendo.
—Suena a que sí.
Y bajo, y la frase se le muere en la boca, y a mí se me borra el mundo.
Nos movemos mal al principio, buscando el ritmo, con una risa cuando chocamos y después ya nada de risas.
Me sujeta la nuca con una mano y me obliga a mirarlo.
—Aquí. Conmigo. No te vayas a ningún sitio.
—Estoy aquí.
—Dilo otra vez.
—Estoy aquí, Cassian.
Y algo le cambia en la cara, algo que no tiene nada que ver con lo que estamos haciendo, y me besa como si el que necesitara que lo salvaran fuera él.
Después nos da la vuelta y me sujeta las dos manos por encima de la cabeza. Ahí ya no hablamos. No hay ninguna elegancia y es lo mejor que me ha pasado en dos años.
Me corro por segunda vez con la boca contra su hombro. Y él se va detrás, diciendo mi nombre entero, apellido incluido, que es la cosa más suya y más ridícula del mundo.
* * *
A las cuatro de la mañana estamos los dos en su cama, mirando el techo.
Fuera se oye el mar y el aire acondicionado hace ese ruido que hacen todos los aires acondicionados del mundo.
—Iren Vale.
—¿Qué haces?
—Nada. Estaba comprobando que sé decirlo.
Me río contra su hombro.
—Es raro.
—¿El qué?
—La primera vez no sabía ni cómo te llamabas. Y ahora sé cuánto cobras, cuántas agencias tienes y a qué hora contestas los correos.
—¿Y qué prefieres?
Me lo pienso más rato del que hace falta.
—Esto. Aunque sea mucho más peligroso.
Me pasa el brazo por debajo y me acerca, y me quedo con la oreja encima de su pecho, oyéndole el corazón ir demasiado rápido para un hombre que finge tanta calma.
—¿Puedo contarte una cosa? —digo, hacia la oscuridad.
—Cuenta. Te escucho.
—Mi madre está en una residencia en Sheepshead Bay. Tiene sesenta y tres años y demencia temprana. Hace dos años que no sabe cómo me llamo.
Él no dice nada. Sube la mano por mi espalda y la deja ahí.
—El viernes pasado me preguntó si andaba bien de dinero. Y le dije que sí, que estaba todo pagado y que iba todo muy bien. —Trago—. Al día siguiente ya no se acordaba de habérmelo preguntado, así que la mentira fue gratis. Es lo más barato que hago en la vida.
—¿Cómo es ella?
Nadie me pregunta eso. Todo el mundo quiere saber cómo está, no cómo es.
—Corregía exámenes de literatura. Treinta y un años. —Se me escapa la sonrisa en la oscuridad—. Nunca decía que algo estuviera buenísimo. Decía que estaba correcto. Si te soltaba un «esto está muy bien», te podías morir tranquila.
—¿Y tú a qué te dedicabas de pequeña?
—A ordenarle los exámenes por notas. Sin que me lo pidiera.
Se ríe bajito, y noto la risa contra la oreja.
—Los sitios buenos cuestan mucho —digo después de un rato—. Hay habitaciones compartidas de tres, con la tele encendida todo el día en el pasillo. Y luego está la suya, que da a un trozo de bahía. Yo lo único que hago, todos los meses, es que no la muevan de ahí.
—Y lo consigues.
—Hasta ahora sí.
Y entonces me quedo esperando la pregunta. La espero de verdad, porque este hombre pide números hasta cuando le pasas la sal: importe, periodicidad, contra qué presupuesto.
No me pregunta absolutamente nada.
—Vas a seguir consiguiéndolo. —Me aprieta el hombro—. Eres la mujer que le ha encontrado dos millones de dólares a Kahale entre el primer plato y el segundo.
—Eso es distinto.
—No lo es. —Me besa el pelo—. Tu madre está bien donde está. Duérmete.
—Iren, oye.
—No, calla.
—No he dicho nada.
—Ibas a decir algo con esa voz. Y son las cuatro de la madrugada y mañana tengo una inspección. —Cierro los ojos—. Lo que sea, dímelo el sábado.
Se queda callado más de lo que dura una pausa.
—El sábado.
Me duermo así, encima de su brazo, sin pensar en nada.
Tardaré semanas en darme cuenta de que un hombre que pregunta el precio de todo no me ha preguntado ni una sola cifra.
Y esa es la última noche en la que no sé nada.