Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 22. Cassian
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Capítulo 22. Cassian

— ¡Once horas de vuelo para verme! Eso o me quieres mucho o me vas a subir la tarifa.

Kahale me estrecha la mano con las dos suyas en la terraza alta del resort, entre antorchas, música en directo y una mesa para seis con el mar debajo.

—Las dos cosas.

Se ríe demasiado alto y se gira hacia ella.

—Y usted debe de ser la famosa señorita Vale.

—Iren, por favor.

—Iren. —Le da la mano y la retiene un segundo—. Mi directora de marketing dice que usted rescató la campaña de Lime en un fin de semana.

—La rescatamos entre cuatro personas.

—Ella lo cuenta de otra manera.

Nos sentamos y ella queda a mi izquierda, con ese vestido verde que lleva desde las seis y que me está estropeando el día desde entonces.

Durante la primera hora, la mujer de Kahale habla de sus nietos y el director financiero de las tasas turísticas.

Yo llevo la conversación en piloto automático mientras Iren desmonta al cliente sin que él se dé cuenta.

Lo hace con preguntas. Ni una sola afirmación en cuarenta minutos.

—¿Qué porcentaje de sus reservas de invierno viene de agencias?

—¿Y cuánto le cuesta cada una de esas reservas frente a las directas?

—¿Ha probado a mirar qué pasa con las cancelaciones de marzo si mueve el depósito al treinta por ciento?

Kahale se echa hacia atrás, se limpia la boca con la servilleta y me señala con ella.

—Holt, esta mujer acaba de encontrarme dos millones de dólares entre el primer plato y el segundo.

—Ya lo sé.

—¿Y qué haces tú, aparte de traerla en avión?

—Firmo lo que ella me dice que firme.

Iren se atraganta con el agua y disimula fatal.

Traen el pescado y le rozo el brazo al pasarle el aceite. No aparta el suyo, y ese roce me ocupa más ancho de banda que los dos millones de Kahale.

Y entonces la mujer de Kahale se inclina hacia nosotros con esa cara de las señoras de setenta años que ya se han ganado el derecho a preguntar lo que quieran.

—¿Y ustedes dos cuánto llevan juntos?

Se hace uno de esos silencios que duran una eternidad y que en realidad duran un instante.

La miro a ella, y ella mira a la mujer de Kahale.

—Dos semanas.

Y sonríe, tan tranquila, y añade:

—Trabajando juntos. Dos semanas.

La señora se ríe y le da una palmada en la mano.

—Ay, hija, perdona. Es que os miráis como se miran los que llevan tiempo.

Ninguno de los dos la corrige.

Yo no lo hago, que es distinto de que no se me ocurra.

Levanto la copa hacia Kahale y llevo la conversación al presupuesto del año que viene.

Durante el resto de la cena noto el sitio exacto de mi brazo donde ella tenía apoyado el suyo.

* * *

A las once, Kahale se levanta y anuncia que a su edad la cama es lo mejor de cualquier isla. Nos deja a los dos en la terraza con dos copas a medias.

El grupo toca algo lento. Quedan cuatro mesas ocupadas.

—Ha estado bien lo de los dos millones —dice, girando el vaso.

—A Kahale le ha dado un pequeño infarto.

—A Kahale le ha dado una alegría. Los infartos los da a los tres meses, cuando ve la factura.

—Eso es muy cínico.

—Eso es un cliente. —Bebe—. Ha estado bien lo de «firmo lo que ella me dice que firme». —Bebe—. ¿Sabe cuánto vale esa frase dicha delante de un cliente?

—Sí, lo sé.

—Ya. Por eso la ha dicho.

—La he dicho porque es verdad.

—Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, señor Holt. Eso me lo ha enseñado usted esta semana.

Se me escapa una risa corta, sin permiso, y ella se gira a mirarme como si acabara de ver un animal raro.

—¿Qué pasa?

—Nada. —Se recoge un mechón detrás de la oreja—. Que se ríe usted poco y luego resulta que no le sale mal del todo.

La música cambia de ritmo y dos parejas de la mesa de al lado se levantan a bailar en el hueco que hay junto a las antorchas.

Me pongo de pie y le tiendo la mano abierta.

—Baile conmigo.

—Es una mala idea.

—Sí que lo es.

—Hay cuatro mesas de gente que trabaja para nuestro cliente más grande.

—Cuatro mesas, sí.

Se queda mirando mi mano cinco segundos enteros.

Y después deja la copa y la coge.

Bailamos mal: yo no sé, y ella intenta llevar. Le pongo la mano abierta en la espalda, justo donde el vestido tiene la tela más fina, y noto la línea de la columna debajo de los dedos.

Podría bajar la mano diez centímetros. Llevo toda la cena pensando exactamente en ese tramo y en lo que hay al final.

No pienso bajarla ahora. Hay cuatro mesas mirando, y quiero que la primera vez que la toque ahí no haya nadie contando testigos.

Ninguno de los dos dice una palabra.

Gira, y cada vuelta la trae medio centímetro más cerca sin que ninguno lo decida en voz alta.

Huele a especias y a algo cítrico, y llevo desde la primera noche con ese olor metido en la ropa.

—La gente mira —murmura contra mi hombro.

—Que mire.

—Mañana la directora del resort se lo cuenta a alguien.

—Mañana yo compro este resort y lo despido a todo el mundo.

Se ríe contra mi chaqueta, bajito, y ese sonido me hace más daño que cualquier cosa que haya pasado esta semana.

La música se acaba y no la suelto inmediatamente.

—Iren, mírame.

—No diga mi nombre así.

—¿Así cómo?

—Como si fuera a decirme algo importante.

Y ahí es donde tengo que hacerlo.

Aquí, en esta terraza, con la música parada y las antorchas y su mano todavía en la mía. Le suelto lo de mi padre, lo de Merrick, lo del sábado que viene en un jardín de Connecticut, y ella hace lo que tenga que hacer con esa información.

Abro la boca para decirlo.

—Es tarde —dice ella—. Mañana la inspección empieza a las ocho.

Y me suelta la mano.

Se va hacia el ascensor con la espalda recta y el paso firme, sin correr.

Y yo me quedo de pie en mitad de la terraza como un hombre al que acaban de sacar de un edificio antes de que se derrumbe.

No la he salvado yo, sino ella a sí misma.

Tengo la frase preparada desde el segundo plato.

Hay algo que debes saber. Siete palabras.

He cerrado operaciones de nueve cifras con menos.

Las sostengo en la boca mientras ella se ríe de algo que ha dicho la señora Kahale, y me las vuelvo a tragar con el vino, porque esta noche ella está ganando y no pienso ser el hombre que apague esta sala.

Mañana. Se lo digo mañana. Y ya llevo los suficientes «mañana» encima para saber exactamente lo que vale el mío.

* * *

Subo diez minutos después.

La suite está a oscuras y el salón huele a esa flor blanca que aquí ponen en todas partes. La puerta de su dormitorio está cerrada y por debajo se ve luz.

Me sirvo un vaso de agua que no llego a beberme.

Dejo la chaqueta en el respaldo, me quedo de pie delante del ventanal y hago lo único que sé hacer cuando algo se me está yendo de las manos, que son cuentas.

Tres días hasta Connecticut. Diez horas de vuelo de vuelta el domingo. Un padre con un fotógrafo contratado y un préstamo puente que firmé hace once meses porque en aquel momento me pareció un buen negocio.

Y al otro lado de esa puerta blanca, una mujer que esta noche le ha encontrado dos millones a mi cliente. Y que ha dicho «nueve días» sin que le temblara la voz.

La luz de debajo de la puerta se apaga.

Me quedo mirando esa línea oscura mucho más rato del que un hombre razonable dedicaría a mirar el suelo.

Luego me voy a mi habitación y cierro mi puerta, que es justo lo que dije que iba a hacer y lo primero que hago bien en toda la noche.