Capítulo 21. Iren
— Esto no es un aeropuerto. Es el salón de alguien con dinero.
El jueves a las seis y media de la mañana descubro que existe una terminal del Kennedy en la que nadie hace cola.
No hay mostradores ni pantallas con retrasos. Hay un sofá, una mujer que me pide el pasaporte con una sonrisa y un café que aparece en mi mano sin que yo haya pedido nada.
—Es una terminal privada —dice Cassian.
—Ya, si lo veo. Lo que no veo es dónde está la gente descalza metiendo el cinturón en una bandeja.
—Esa parte se la han saltado usted y yo.
El «usted» entre nosotros va y viene como una marea. Desde el lunes lo tengo subido del todo, y él no ha intentado bajarlo ni una vez. No sé si agradecérselo o si eso también me duele.
Camina delante con una bolsa de viaje pequeña. Y caigo en que en todo este tiempo no le he visto llevar equipaje, ni chaqueta de más, ni nada que no le quepa en una mano.
Yo llevo una maleta de cabina, un neceser que no cierra bien y catorce páginas del plan de integración impresas por si falla todo lo digital.
El avión tiene ocho asientos de cuero y un tipo con uniforme que se llama Peter y que me trata como si yo fuera alguien.
Me siento junto a la ventanilla y me pongo el cinturón dos veces, porque la primera me tiemblan un poco las manos y me sale mal.
—¿Miedo a volar?
—Miedo a acostumbrarme a esto.
Se le escapa media sonrisa y abre el portátil.
* * *
Once horas dan para mucho.
Las tres primeras trabajamos. Repaso con él las catorce páginas, una por una. Este hombre lee más rápido de lo que yo hablo y hace preguntas que me obligan a defender cada cifra.
—Aquí ha metido una partida de contingencia del cuatro por ciento.
—Del cuatro coma dos.
—¿Por qué?
—Porque en marzo se renueva Lime y el año pasado el cliente de Chicago pidió una campaña extra en mayo sin presupuesto. Si no tengo colchón, se lo quito a alguien de mi equipo en horas.
—Nadie me había explicado nunca una partida de contingencia en horas de otra persona.
—Pues así es como se paga.
Escribe algo en el margen y no discute.
A la cuarta hora traen comida. Y descubro que a diez mil metros de altura este hombre come igual que cualquiera, con el codo apoyado en la mesa y sin ninguna ceremonia.
A la quinta hacemos una escala técnica de cuarenta minutos en Los Ángeles para repostar. Bajamos los dos a estirar las piernas en una pista vacía, con el ruido de otro avión al fondo y un calor de asfalto que sube por los zapatos.
—¿Esto lo hace siempre?
—Este aparato no cruza el Pacífico del tirón. El que lo cruza lo tiene alquilado un cliente hasta el martes.
—Qué vida más dura.
—Insoportable, ya ves.
Volvemos a subir al avión. A la séptima hora, Peter apaga la mitad de las luces.
Cassian se queda dormido con la cabeza apoyada en el respaldo y el portátil todavía abierto sobre las rodillas.
Yo no pego ojo.
Me quedo mirando por la ventanilla el océano negro y luego, durante bastante más rato del que pienso confesar nunca, le miro a él.
Dormido tiene otra cara, con la mandíbula suelta y la nariz torcida vista desde otro ángulo.
Y una cicatriz pequeña encima de la ceja que de día no está, porque de día la tapa la manera en que mira.
Le quito el portátil de las rodillas con dos dedos, lo cierro y lo dejo en la mesa.
Él se remueve, murmura algo y no se despierta.
—De nada —le digo, en voz muy baja.
Me pongo los cascos y no consigo dormir ni un minuto en las cuatro horas que quedan.
* * *
Kahale Resorts está en la costa norte de Maui, a cuarenta minutos del aeropuerto, y huele a sal, a hierba cortada y a esa flor blanca que aquí ponen en todas partes.
Bajamos del coche a las tres de la tarde, hora local, y el calor me da en la cara como una manta.
La directora del resort nos recibe en la entrada y nos pone a los dos un collar de flores en el cuello. Cassian Holt, el hombre que baja la temperatura de cualquier sala, se queda de pie con ese adorno encima y una cara de resignación absoluta.
Me río sin poder evitarlo.
—Ni una palabra.
—No he abierto la boca.
—La tiene abierta.
—Es la humedad.
En recepción, la directora teclea un rato largo y luego pone esa cara que ponen las personas del sector servicios justo antes de un problema.
—Señor Holt, tenemos un inconveniente con las habitaciones.
—Dígame cuál.
—Su asistente reservó dos suites en el ala del jardín, pero anoche entró un grupo de una convención médica y el sistema nos reasignó su segunda reserva. —Traga saliva—. Tenemos la suite principal disponible. Son dos dormitorios independientes con una puerta que los comunica y salón compartido.
Se me ocurren catorce respuestas y no digo ninguna.
—¿Y en el pueblo?
—Hay un hotel a doce kilómetros, señor. Tres estrellas.
—Reserve una habitación ahí para mí.
—Cassian, no hace falta.
Se gira hacia mí muy lentamente. Es la primera vez que lo llamo por su nombre delante de otra persona, y los dos lo notamos y ninguno lo comenta.
—Es su cuenta más grande —le digo en voz baja—. Si el director general de Meridian se va a dormir a doce kilómetros el día que llega a inspeccionar el resort, mañana lo sabe el personal entero. Y pasado, el cliente. ¿Se lo explicamos?
Aprieta los dientes un segundo.
—No es eso.
—Pues son dos dormitorios separados por una puerta que se cierra.
—Se cierra.
—Con llave, si hace falta.
La directora nos mira a uno y a otro con la sonrisa fija de quien lleva veinte años sin oír nada.
—La suite principal está perfecta. Gracias.
* * *
La suite tiene un salón con las paredes abiertas al mar, dos dormitorios en los extremos y, en efecto, una puerta blanca de madera en medio.
Deshago la maleta en once minutos, me doy una ducha y me pongo lo único que traje que no es de trabajo: un vestido verde de algodón que compré hace tres veranos.
Cuando salgo al salón, él está en la terraza, apoyado en la barandilla, con una camisa blanca arremangada y el pelo todavía húmedo.
Se gira hacia mí.
Y se queda mirándome dos segundos más de los que un jefe mira a una empleada.
—¿Qué mira?
—Nada. —Aparta la vista hacia el mar—. La cena con Kahale es a las siete.
—Son las seis y diez.
—Ya lo sé.
Me acerco a la barandilla y me apoyo a un metro de él. El sol está bajando y el agua se ha puesto de un color que no existe en Nueva York.
—Nunca había visto el Pacífico.
—¿Nunca, en serio?
—Nunca he salido del noreste, señor Holt. Mis vacaciones son cuatro días en agosto en casa de mi tía en Filadelfia.
No dice nada durante un rato.
—Le voy a hacer una pregunta, y contésteme con la verdad.
—Adelante con ella.
—Si el lunes le hubiera contado toda la frase entera, ¿habría venido a Hawái?
No aparto los ojos de el agua.
—No lo sé.
—Es la primera vez que la oigo decir eso.
—Ya. —Me subo las gafas—. Ahora le toca a usted una pregunta mía.
—Adelante, pregunte.
—¿Piensa contármela en algún momento?
El sol se cae otro centímetro. Abajo, en la piscina, alguien se ríe y salpica.
—Sí. Este fin de semana.
—¿Cuándo exactamente?
—Cuando esté hecho el trabajo.
—Eso es muy cómodo.
—Lo sé perfectamente.
Y se va a por la chaqueta para la cena, y yo me quedo sola en la terraza con el Pacífico entero delante y una puerta blanca de madera esperándome dentro.