Capítulo 20. Iren
— Gracias por venir antes.
El lunes a las nueve menos ocho, Cassian entra en la sala grande, cierra la puerta y no se sienta.
Yo llevo tres minutos ahí con las dos manos encima de la mesa y ninguna gafa de por medio, tal como se lo prometí anoche a Priya.
—Ha dicho cinco minutos.
—Serán cuatro. —Se queda de pie al otro lado de la mesa, sin apoyarse en nada, y le veo hacer algo que no le he visto hacer nunca: buscar por dónde empezar.
—Voy a preguntar yo primero. ¿Qué pasa hoy?
—Hoy se anuncia la reestructuración del grupo. Cinco agencias, una sola estructura, y usted al frente de la integración. —Deja una carpeta sobre la mesa—. Es su nombramiento oficial. Sale en el comunicado interno a las diez.
Abro la carpeta y ahí está mi nombre, mi cargo y una cifra al final de la segunda página que me hace parar a mitad de línea.
—Esto es casi el doble de lo que cobro.
—Es el sueldo del puesto.
—Es el sueldo de Theo.
—Es el sueldo del puesto. Theo lo cobraba por estar sentado en él. Usted lo va a cobrar por hacerlo.
Cierro la carpeta y respiro una vez antes de hablar, porque me tiembla algo por dentro y no pienso enseñarlo.
Con ese sueldo, Bayview deja de ser un problema. Y la matrícula de Juno, también.
—Gracias. De verdad.
—No me las dé, que esto no es un regalo.
—Ya lo sé. —Levanto la barbilla—. Pero no me ha traído aquí cinco minutos antes para enseñarme una nómina.
Y ahí se le nota durante un par de segundos largos.
—No. No exactamente.
—Entonces dígalo.
Rodea la mesa y se apoya en el borde, a un metro de mí, exactamente igual que el primer día. Esta vez no me molesta la técnica, porque veo muy bien que no lo es.
—La semana que viene tengo un acto familiar en Connecticut. Hay cosas de mi vida que están decididas desde hace once meses y que no elegí yo. Cuando salgan a la luz, saldrán en la prensa económica y usted se enterará como se entera todo el mundo.
—¿Qué cosas?
—Cosas de dinero.
—Señor Holt.
—Cassian.
—No. —Me levanto—. Aquí dentro es señor Holt, y usted acaba de decirme media frase. Yo leo contratos para ganarme la vida. Las medias frases son lo que escribe la gente que quiere poder decir después que no mintió.
Daniel también hablaba con medias frases. Tardé tres años en leer la mitad que faltaba, y me juré que nunca más pagaría nada por adelantado.
Se le tensa la mandíbula.
—Le estoy contando más de lo que le he contado a nadie de esta empresa.
—Eso no es un mérito, es un dato sobre esta empresa.
Nos quedamos mirándonos por encima de la mesa. Fuera, la oficina empieza a llenarse y alguien enciende la impresora del pasillo.
—Le voy a hacer una pregunta. Una sola, y le pido que me conteste con una palabra.
—Adelante. Pregunte.
—¿Hay alguien más?
No me contesta enseguida.
Ese silencio dura lo que dura, y yo lo lleno entero con la escena de una mujer de vestido color hueso entrando en su despacho sin llamar y diciéndole cariño.
—Es complicado.
—Le he pedido una palabra.
—Y le he dado tres, porque «sí» y «no» serían las dos mentira.
Recojo mi carpeta de la mesa.
—Perfecto. Gracias por su tiempo.
—Iren, espere.
—A las nueve tenemos reunión. Y llego tarde a mi propio nombramiento.
* * *
La reunión dura hora y media y la doy yo entera.
Cincuenta y tres personas de cinco agencias, un plan de integración de catorce páginas y una directora que habla con una claridad que a ella misma le parece milagrosa.
Explico el calendario, qué cuentas se mueven y cuáles no, y digo con nombres y fechas que en el primer trimestre no sale nadie de FRAME sin mi firma.
Él está sentado al fondo, en la última fila, y no interviene ni una sola vez.
Cuando termino hay un silencio corto y luego la gente empieza a hablar toda a la vez, que en una reunión es el mejor sonido posible.
Rob me busca con la mirada desde la tercera fila y levanta el pulgar por debajo de la mesa.
Recojo mis papeles y noto los ojos de Cassian en la nuca todo el rato, y no me giro ni una vez.
* * *
—Enhorabuena, jefa.
Emory aparece a la una y media en la puerta de mi despacho nuevo, que es el que era de Theo y que todavía huele a la colonia de otro hombre.
Se le arruga toda la cara cuando sonríe.
—Emory. —Cierro la puerta—. ¿Pagaste tú la clínica de mi madre?
Se le queda la sonrisa a medio camino.
—¿Qué pasa?
—Dos mensualidades. Cuatro mil dólares. Entraron el jueves desde una sociedad de servicios administrativos. —Le miro a la cara—. Y tú acabas de cobrar dieciocho millones.
Se sienta en la silla de las visitas sin que se lo diga y se pasa la mano por la cabeza.
—No fui yo.
—Emory, por favor.
—Iren, mírame. —Y me mira, y este hombre lleva veintidós años sin saber mentirme—. No fui yo. Y ojalá se me hubiera ocurrido.
Me apoyo en el borde de la mesa, porque de repente el suelo está a otra altura.
—Entonces no lo entiendo.
—Yo tampoco. ¿Se lo has preguntado a tu hermana?
—Mi hermana tiene veintiún años y un abrigo del año pasado.
—Pues alguien lo ha hecho.
Nos quedamos los dos callados. Fuera, la planta hace el ruido de siempre.
—Emory, ¿por qué vendiste?
Y ahí, por fin, se le cae la cara de jefe.
—Porque en marzo tuvimos que refinanciar y el banco nos pidió una garantía personal. La firmé con mi casa. —Suelta el aire—. En septiembre ya no salían las cuentas. No llegábamos a noviembre.
—Nunca me dijiste nada.
—Te lo iba a decir en enero, cuando ya no hubiera nada que hacer. Meridian ofreció mantener las nóminas seis meses y fue la única oferta que las mantenía. Las otras dos querían la cartera de clientes y nada más.
—¿Había otras dos?
—Había otras dos.
Me siento en mi silla nueva, la de Theo, y entiendo del todo la semana pasada, catorce días después de que empezara.
—Podías habérmelo contado.
—¿Y qué habrías hecho tú?
—Arreglarlo yo misma.
—Exacto. —Se levanta y me aprieta el hombro al pasar—. Llevas cinco años arreglando cosas que no eran tuyas. Alguna vez había que dejarte fuera de una.
Se va y cierra la puerta.
Me quedo sola en un despacho que huele a la colonia de otro hombre.
Un nombramiento en la mesa. Cuatro mil dólares que nadie reconoce. Y una respuesta de tres palabras dándome vueltas en la cabeza desde las nueve menos cinco de la mañana.
Que era complicado, ha dicho.
A las siete de la tarde, cuando ya se ha ido casi todo el mundo, me llega un correo.
De: C. Holt. Asunto: Hawái.
Kahale Resorts es la cuenta más grande del grupo y quiere revisar la integración sobre el terreno con quien la ha diseñado. Salimos el jueves y volvemos el domingo. Once horas de vuelo. Si prefiere que vaya otra persona del equipo, dígamelo antes de mediodía.
Leo el correo cuatro veces.
Y después miro por la ventana la ciudad encendida, con la mano encima del ratón.
Pienso en una mujer de vestido color hueso, en cuatro mil dólares fantasma y en un hombre que no sabe mentirme del todo y tampoco es capaz de decirme la verdad.
Contesto en una línea.
La alarma de Daniel se me enciende puntual: un hombre que habla a medias, un viaje, una puerta que no sé adónde lleva.
La escucho entera, como se escucha la alarma de un coche ajeno.
Y luego pienso en Kahale, en los cuarenta y uno, en que este plan es mío y me lo he ganado yo.
Si dejo de ir a los sitios por él, entonces sí que estará decidiendo por mí.
Escribo la respuesta y le doy a enviar antes de traducírmela al miedo.
Iren: Voy yo. Es mi plan y lo defiendo yo.