Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 19. Iren
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Capítulo 19. Iren

— Vengo a comer contigo y a usar tu lavadora.

Juno aparece el domingo a las dos de la tarde con una mochila, una caja de dónuts y esa cara de urgencia falsa que pone cuando quiere algo.

—¿En ese orden?

—En el orden que tú prefieras. La de la residencia lleva tres semanas rota y ya he llegado a esa fase en la que le doy la vuelta a la ropa.

—Qué imagen tan bonita de mi hermana la científica.

—La ciencia también es reutilizar recursos.

Tiene veintiún años, mi mismo pelo imposible y ninguna de mis manías. Deja la mochila en mitad del pasillo y la caja de dónuts encima de mis papeles. Se sirve un vaso de agua sin preguntar dónde están, porque en esta casa lo sabe desde siempre.

Pongo la lavadora con su ropa y hago pasta, que es lo único que hay.

Comemos en el sofá, con los platos en las rodillas y un documental de fondo que ninguna de las dos está viendo.

—He visto a mamá el jueves. Me llamó Lisa, la enfermera. Estaba en un día bueno.

—Yo estuve el viernes. Me preguntó si estaba bien de dinero.

Juno se ríe con la nariz.

—A mí me preguntó si el laboratorio me pagaba bien. Le dije que sí.

—Yo también le dije que sí.

—Somos unas mentirosas espantosas.

—Somos unas mentirosas excelentes. Espantosas seríamos si se nos notara.

Se queda callada un momento, pinchando un macarrón.

—Iren, oye.

—Dime, peque.

—¿Cuánto cuesta Bayview al mes?

Y ahí está la verdadera razón de la visita, con la lavadora como excusa.

—No es asunto tuyo.

—Tengo veintiún años, no doce.

—Tienes veintiún años y un examen de bioquímica el martes.

—He mirado la página web. —Deja el plato en la mesa—. Pone «desde mil ochocientos». Y mamá tiene habitación individual, así que no son mil ochocientos.

—Juno, ni se te ocurra.

—Puedo dejar la carrera un año y trabajar. Marta, la de tu oficina, me dijo que en administración siempre falta gente.

Dejo mi plato al lado del suyo, muy despacio, porque necesito que la voz me salga en el tono correcto y no en el que tengo ganas.

—Escúchame bien, porque solo lo voy a decir una vez. Mamá dio clases treinta y un años para que nosotras estudiáramos. Tú vas a terminar esa carrera aunque yo tenga que vender un riñón, y no es negociable.

—No es justo que lo lleves tú sola.

—No es justo nada de esto. —Le aparto un mechón de la cara, como cuando tenía nueve años—. Y de las dos, la que sabe hacer cuentas soy yo. Tú eres la que sabe qué hace una proteína. Cada una en lo suyo.

Juno me mira con los ojos brillantes y me da un golpe en el hombro, que es como decimos las cosas importantes en esta familia.

—Vale, vale.

—Pues vale.

—Pero cuando sea rica te compro un piso con lavadora buena.

—Cuando seas rica me conformo con que me llames los domingos.

* * *

La lavadora entra en el centrifugado y suena como un avión despegando, así que subimos el volumen del documental.

Y entonces suena mi móvil encima de la mesa.

En la pantalla, cuatro letras: Dani.

La abreviatura que le puse hace años a otro nombre y que no he tenido el valor de cambiar en dos años: Daniel.

Juno se inclina, lee la pantalla y me mira.

—No lo cojas.

—No lo iba a coger.

El teléfono vibra siete veces y las cuento todas.

Al parar deja ese silencio raro que dejan los teléfonos cuando terminan de sonar.

Treinta segundos después llega el mensaje.

Daniel: He visto en LinkedIn que ahora eres directora de integración. Enhorabuena. Siempre supe que llegarías lejos si alguien te organizaba las prioridades. ¿Café esta semana?

Lo leo dos veces.

—¿Qué dice?

—Que me felicita.

—Enséñamelo ahora mismo.

Le paso el móvil. Lo lee y hace un ruido con la garganta que resume perfectamente dos años de mi vida.

—«Si alguien te organizaba las prioridades» —repite—. Este tío es increíble.

—Ya lo he pillado.

—Iren, este hombre te llamaba a las once de la noche para preguntarte por qué habías tardado cuarenta minutos en volver del gimnasio.

—Lo sé.

—Y te hacía sentir que el problema eras tú por tardar cuarenta minutos.

—Lo sé, Juno.

Cojo el móvil, borro el mensaje sin contestar y lo dejo boca abajo en la mesa.

Pero la frase ya está dentro, funcionando, como una piedra pequeña en un zapato.

Estuve tres años con un hombre que llevaba la contabilidad de mis horas y lo llamaba interés. Al final me fui de aquella casa un martes por la mañana, con dos maletas y sin dar ni un portazo.

Y lo peor de todo es que él tenía razón en una cosa: yo funcionaba mejor cuando alguien me ordenaba las prioridades.

Por eso llevo dos años ordenándomelas yo, con una obsesión que se mide en hojas de cálculo.

Y por eso, cuando un hombre que compra edificios me quita las gafas de la cara sin pedir permiso, se me enciende una alarma que aprendí a base de golpes.

Se me enciende, sí.

Y no me aparto. Ese es el problema.

* * *

Priya llega a las siete con vino, porque en esta casa los domingos funcionan así.

Juno se va a las ocho, con la ropa limpia y tres tuppers. En cuanto se cierra la puerta, Priya se sirve una copa y se sienta en la alfombra con las piernas cruzadas.

—Cuéntame lo del sábado.

Se lo cuento todo: Carol, la cláusula firmada, el edificio del West Side, la fábrica de camisas de su madre, la escalera de hierro debajo de tres capas de pintura.

El beso lo cuento en cuatro palabras y ella no me deja pasar por encima.

—Espera. ¿Te llevó a un edificio de su madre y te besó contra un andamio?

—Dicho así suena raro.

—Dicho así suena a novela. —Bebe—. ¿Y qué te ha escrito hoy?

—«Deje de trabajar los domingos.»

—Ay, madre.

—No digas «ay».

—Es que ay, Iren.

Me tumbo en el sofá y me tapo la cara con un cojín.

—Ha dicho que mañana hay un comunicado de empresa —digo desde debajo del cojín—. Y cuando le pregunté qué era, se quedó callado.

Priya deja la copa en el suelo.

—¿Cuánto tiempo callado?

—Cuatro segundos. Los conté.

—Iren, escúchame.

—Ya lo sé.

—No, escúchame. —Se pone de rodillas para quedar a mi altura—. Eres la mujer que lee los términos y condiciones enteros. Llevas dos semanas trabajando para ese hombre y no le has preguntado ni una sola cosa personal.

Aparto el cojín de la cara.

—Le pregunté qué pasaba el lunes.

—Le preguntaste una vez, él se calló, tú lo dejaste estar y luego te besaste con él. —Ni siquiera lo dice con crueldad, y por eso duele—. Cariño, tú no eres así. Tú investigas hasta a los proveedores de papelería.

Tiene toda la razón, y lo peor es que sé de sobra por qué no he preguntado.

Porque hay preguntas que no haces cuando sospechas la respuesta.

—Mañana pregunto.

—Mañana preguntas.

—Con las dos manos encima de la mesa y sin gafas de por medio.

Priya levanta su copa hacia mí.

—Con las dos manos encima de la mesa.

A las once y media, cuando ya se ha ido y estoy fregando los platos de tres personas, me suena el móvil una última vez.

Cassian Holt: Mañana a las nueve, sala grande. Antes de la reunión necesito hablar con usted cinco minutos a solas.

Me quedo con las manos dentro del agua caliente, mirando la pantalla.

Iren: ¿Sobre el plan de integración?

Tarda casi dos minutos en contestar.

Cassian Holt: No.