Capítulo 18. Cassian
— Ese es el jardín de la foto. Mañana a las once y media.
Mi padre me lo dice desde la puerta de la cocina, con un café en la mano, un domingo por la mañana. Es su manera de recordarme que sigue teniendo horario sobre mí.
En el jardín hay un fotógrafo midiendo la luz junto al arce y una mujer con carpeta que le explica dónde va a estar el sol.
—Todavía no he confirmado nada.
—Yo sí.
Entramos en su despacho. Se sienta detrás de la mesa, en la silla alta, y me deja la baja. Es un truco que utiliza desde que yo tenía catorce años y que sigue funcionándole razonablemente bien.
—¿Cómo va la integración de la agencia?
—Bien. Según lo previsto.
—Me han dicho que has reestructurado el puesto de dirección de cuentas.
—Te han dicho.
—Me lo han contado.
Se sirve café y no me ofrece.
—Theo Barrett vino a verme el jueves. Muy afectado, el pobre. Ocho años contigo.
—Ocho años pasándote documentos internos.
—Ocho años haciendo lo que se le pedía. —Da un sorbo—. Le he ofrecido un puesto en la fundación. No podía dejarlo tirado en la calle después de tanto tiempo.
Y ahí está la jugada. No me ha quitado un empleado: me ha comprado un testigo.
—Perfecto. Que le vaya bien.
—Cassian, una cosa.
—Dime, papá.
Abre un cajón, saca una carpeta y la deja encima de la mesa, delante de mí, sin llegar a abrirla.
—Iren Vale, veintiocho años, cinco en esa agencia. Madre en una clínica de Sheepshead Bay con deterioro cognitivo, hermana en la universidad, sin patrimonio y sin deudas graves. —Junta las manos—. Currículum interesante.
No aparto los ojos de la carpeta y no la toco.
Tengo un expediente idéntico en mi despacho desde el lunes y no lo he abierto ni una sola vez. Él lo ha pedido esta semana y se lo ha leído entero.
—¿Qué quieres, papá?
—Que mañana a las once y media estés en ese jardín.
—Ya te he dicho que iré.
—Y que entiendas una cosa. —Se echa hacia atrás—. Harold Merrick no está pagando una boda, sino estabilidad. Si dentro de tres meses aparece una fotografía tuya con una empleada, esto deja de ser un escándalo romántico y pasa a ser una cláusula de salida. Y la ejecuta él, no tú.
—No hay ninguna fotografía.
—Todavía no la hay.
Cojo el vaso de agua que no me ha ofrecido y bebo, porque necesito tres segundos.
—Aplaza el anuncio una semana.
Levanta las cejas medio centímetro, que es lo más parecido a una emoción que le he visto en cuatro años.
—¿Por qué?
—Porque el lunes cierro la integración de cinco agencias y no quiero que mis quinientos empleados lean mi boda el mismo día que leen su reestructuración. Es un desastre de comunicación interna.
No estoy mintiendo, sino eligiendo muy bien una verdad, que es la única forma de engaño que él respeta.
Me mira un rato largo. Fuera, el fotógrafo mueve el trípode dos metros a la izquierda.
—Una semana. El lunes que viene, misma hora, mismo jardín. Y llamas tú a Harold esta tarde para explicárselo.
Recoge su abrigo del respaldo y se lo pone sin prisa.
—Y una cosa más. Cuando acabe esa semana, la señorita Vale desaparece de tu calendario. —Se abrocha el primer botón—. ¿Sabes qué pasa con una agencia de cuarenta y una personas si yo ejecuto ese préstamo? Que se convierte en la primera línea de un plan de liquidación. No me obligues a redactarlo.
No es una amenaza. Mi padre no amenaza: describe el futuro y deja que tú elijas el camino que él ya ha pavimentado.
—De acuerdo.
—Cassian. —Se levanta cuando yo me levanto—. Una semana es una semana. No es un permiso.
* * *
Llamo a Harold Merrick desde el coche, aparcado a doscientos metros de la casa.
Se lo toma bien, porque a Harold le da igual la fecha mientras el papel se firme. Me pregunta por la valoración de Meridian tras la compra de FRAME y me suelta un chiste sobre publicistas que ya le he oído dos veces.
Cuelgo y me quedo mirando el arce por el retrovisor.
Me ha dado una semana.
Siete días de margen que le he comprado con una excusa de comunicación interna, y ni siquiera sé para qué los quiero.
Mentira: lo sé de sobra, y ese es justo el problema.
Busco otro número en el móvil y llamo.
—Dime que es importante. —Se oye una radio y un taladro de fondo—. Estoy montando una estantería.
—He aplazado el anuncio una semana.
El taladro para en seco al otro lado.
—Vale. ¿Y qué vas a hacer con esa semana?
—Cerrar la integración.
—Cassian, en serio.
—Es lo que voy a hacer.
—Te he preguntado qué vas a hacer, no qué vas a poner en la agenda.
Miro la casa por el espejo, con el fotógrafo y la mujer de la carpeta midiendo el sol para una boda que no he pedido.
—Ayer estuve con ella en el edificio de la calle setenta y ocho.
—¿El de tu madre?
—Ese mismo.
—Ah. —Lo dice de una manera que no me gusta nada—. O sea que no elegiste un restaurante ni un hotel. La llevaste ahí.
—Tenía una reunión cerca.
—Ya. Una reunión.
—Y me dijo cuánto vale el metro cuadrado de esa zona sin mirar el móvil.
—Cassian, tío. —Se ríe, pero es una risa corta—. ¿Ella sabe lo de la boda?
—Le he dicho que el lunes habría un comunicado.
—Eso no es un sí.
—Es lo que le he dicho.
—Vale. —Silencio—. ¿Y por qué no se lo has contado?
Vuelvo a mirar el arce. La mujer de la carpeta señala hacia arriba y el fotógrafo asiente.
—Porque si se lo cuento, se acaba.
—Se va a acabar igual. La diferencia es si se acaba contigo diciéndoselo o con ella enterándose por internet.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras no me habrías llamado.
Cuelgo sin despedirme, porque llevo quince años cerrando conversaciones así y hoy no voy a cambiar de método.
Arranco y salgo a la autopista.
Cuarenta minutos hasta Manhattan. Los uso en hacer lo que sé hacer, que son cuentas.
Una semana son cinco días laborables. La integración se cierra el miércoles y el consejo se reúne el jueves. El viernes tengo la revisión de Lime.
Y el lunes que viene, si todo va como debe ir, estaré en un jardín de Connecticut a las once y media de la mañana. Con una mujer a la que no he besado nunca.
Adelanto a un camión y piso más de lo que debería.
En el móvil, sobre el asiento del copiloto, se enciende una notificación.
Iren Vale: El plan de integración de las cinco agencias está listo. Se lo mando ahora. Buen domingo, señor Holt.
Lo leo en el semáforo de la salida.
Son las once y media de un domingo y esa mujer ha trabajado todo el fin de semana.
Me la imagino en su casa, con el pelo recogido de cualquier manera y las gafas resbalándose, escribiendo catorce páginas en una mesa de cocina.
Y me pone de un humor que no tiene ninguna relación con el trabajo.
Contesto con una mano.
Cassian Holt: Recibido. Deje de trabajar los domingos.
Iren Vale: Cuando usted deje de comprar agencias los viernes.
Vuelve al usted por escrito. Ha levantado el puente después del andamio, y no puedo reprochárselo: yo tengo un jardín en Connecticut esperándome.
No aparto los ojos de la pantalla más rato del que dura un semáforo, hasta que el coche de atrás me pita.
Me quedan siete días exactos.