Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 17. Iren
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Capítulo 17. Iren

— Vas de sábado.

Llego a la puerta de Lime a las diez menos cinco con la carpeta debajo del brazo, el pelo mal recogido y una noche de vino tinto con Priya encima.

Él ya está allí, porque por supuesto que ya está allí.

Vaqueros oscuros, jersey gris, sin corbata y sin chaqueta, y me cuesta tres segundos enteros reconocerlo sin el traje.

—Es sábado.

—Sí, pero no sabía que tú tuvieras sábados.

—Los tengo desde hace poco.

Me abre la puerta del edificio con el hombro, porque lleva dos vasos de café.

—Solo, sin azúcar. Y no, no lo pregunte otra vez.

La reunión con Carol dura cuarenta minutos y sale limpia. Firma la cláusula, nos da la mano y nos deja solos en su sala de juntas para que recojamos. A las once menos veinte tengo en la carpeta el papel que salva la campaña de primavera.

En el ascensor ninguno de los dos habla hasta la planta cuatro.

—Ha llorado.

—¿Carol ha llorado?

—Marta. Cuando le enseñé el acuerdo. —Miro los números bajar—. Llevo desde entonces con eso metido en la cabeza.

Él no contesta enseguida.

—Yo he despedido a doscientas once personas en once años. Ninguna me abrazó.

—Ya. Usted no es de los que se abrazan.

—No lo soy.

—Ni de los que van de vaqueros.

—Hoy sí.

Se abren las puertas y salimos a uno de esos sábados de octubre en los que Nueva York finge que es una ciudad amable.

* * *

—Tengo que ir a un sitio. Está a diez minutos. ¿Vienes?

—¿Qué sitio?

—Un edificio.

—Qué específico.

—Es un edificio muy específico.

Y yo, que tengo cuarenta cosas que hacer un sábado y una hermana que me ha escrito tres veces, digo que sí sin pensarlo ni medio segundo.

El edificio está en el West Side, tiene seis plantas, la fachada de ladrillo comida por la humedad y una valla de obra alrededor.

Saca una llave del bolsillo, abre un candado y me hace pasar.

Dentro huele a polvo, a yeso y a agua estancada. Hay andamios, sacos de material y un montón de ventanas viejas apiladas contra la pared.

—¿Es suyo?

—Desde el martes.

—¿Y qué va a hacer con él?

—Todavía no lo he decidido.

Camina hasta el centro de lo que probablemente fue un vestíbulo y se queda mirando el techo con la cabeza echada hacia atrás.

—Mi madre trabajó aquí. En la tercera planta. Era una fábrica de camisas hasta el noventa y cuatro.

Me quedo muy quieta, porque llevo seis días con este hombre y esta es la primera frase personal que le he oído.

—¿Y por eso lo ha comprado?

—Lo he comprado porque el suelo de esta zona sube un once por ciento anual.

—Ya. Claro.

—Y porque trabajó aquí.

Lo dice mirando el techo, no a mí, y con el mismo tono con el que ayer discutía porcentajes.

Doy una vuelta por el vestíbulo. Hay una escalera de hierro preciosa debajo de tres capas de pintura y unas letras despintadas en la pared del fondo que ya no se leen.

—Aquí se podrían poner despachos pequeños. Para gente que empieza. —Se me escapa sin permiso—. Con esa escalera a la vista y el ladrillo limpio, esto se alquila en dos semanas.

—¿Cuánto cobrarías tú por metro?

—Cuarenta y ocho al mes. Cincuenta y cinco si arregla el ascensor.

Se gira y me mira, y es la primera vez que le veo esa cara: la de alguien que acaba de encontrar un dato que llevaba tiempo buscando.

—¿Y tú cómo sabes el precio del metro en el West Side?

—Porque hace tres años quise montar mi propia agencia y estuve seis meses mirando locales.

Se me escapa así, sin preparación, y ya no lo puedo recoger.

—¿Y qué pasó?

—Que mi madre empeoró en marzo, y montar una agencia propia son dos años sin cobrar. —Me encojo de hombros—. Y yo no me puedo permitir ni uno.

No contesta nada, y fuera una excavadora sigue haciendo su trabajo en la calle de al lado.

—¿Todavía lo quiere?

—No he dicho eso.

—No hace falta que lo digas. Se te pone la voz de cuando hablas de números que te importan.

Me giro hacia él con la carpeta apretada contra el pecho como un escudo, que es exactamente lo que es.

—No haga eso.

—¿El qué?

—Mirarme como si fuera una operación que te interesa.

—No la estoy mirando como una operación.

Él da un paso hacia mí y yo no me muevo del sitio.

—Señorita Vale.

—Estamos solos en un edificio en obras y usted firma mi nómina. —Me sale la voz más baja de lo que pretendo—. Eso es justo lo que decíamos que no íbamos a hacer.

—Lo dijiste tú. Yo dije de acuerdo por educación.

Da otro paso y se me acaba el espacio.

Me quita la carpeta de las manos, muy sin prisa, y la deja encima de un saco de yeso.

Y entonces me pone la mano abierta en la mandíbula, con el pulgar debajo del labio, igual que el viernes.

—Dime que pare.

Las palabras están ahí, ordenadas y baratas: pare, señor Holt, esto es una mala idea.

Me costarían un segundo. Llevo toda la vida pagando ese segundo por otros, adelantando mi turno, cediendo mi sitio en todas las colas.

Cierro la boca. Y el silencio que dejo es la primera cosa en meses que compro solo para mí.

Tengo la respuesta preparada, entera, con sujeto y predicado y cuarenta y una nóminas dentro.

Y no la digo.

Me besa contra un andamio, en un edificio vacío del West Side, y esta vez no hay ninguna mesa entre los dos ni una secretaria al otro lado de un intercomunicador. Me sujeta la cara con las dos manos y yo le agarro el jersey a la altura del pecho, y en algún momento dejo de pensar del todo.

El polvo del suelo, la luz gris que entra por las ventanas rotas, su boca.

Me separa un centímetro, lo justo para respirar.

—El lunes va a pasar una cosa.

—¿Qué cosa?

No me contesta nada durante demasiado tiempo.

Y en ese silencio le veo la mandíbula apretada y algo en los ojos que no había visto hasta ahora, que no es deseo y se parece bastante al miedo.

—Cassian.

Es la primera vez que digo su nombre en voz alta, y los dos lo notamos.

—Nada. El lunes hay un comunicado de empresa. Ya lo verá.

Y vuelve a besarme antes de que pueda preguntar nada más, y yo le dejo. Soy idiota, tengo ganas, y en este momento su boca me parece más urgente que cualquier comunicado.

* * *

Me deja en mi portal a la una y veinte.

—El lunes a las nueve tenemos reunión de integración. Con todo el equipo.

—Allí estaré.

—Iren, espera.

Me paro con la puerta medio abierta.

Él mira al frente, con las dos manos en el volante.

—Nada. Que ha estado bien lo del edificio.

Subo los tres pisos y me siento en el sofá sin quitarme el abrigo.

En el móvil tengo cuatro mensajes de Juno, dos de Priya y ninguno de Emory.

Y una idea que no se me va de la cabeza desde hace dos horas.

Cuarenta y ocho dólares el metro. Seiscientos metros. Una escalera de hierro debajo de tres capas de pintura.

Me quedo con eso más rato del que debería.

Y luego me acuerdo de su cara cuando le he preguntado qué pasa el lunes.