Capítulo 16. Iren
— Tienes tres errores.
Llego a Meridian a las cuatro menos cinco con la cláusula impresa y tres correcciones marcadas en rojo, y esa es la primera frase que le digo al entrar.
Cassian levanta la vista de la mesa, con las mangas dobladas y dos documentos delante.
—Buenas tardes también.
—Buenas tardes. Tienes tres errores.
Deja el bolígrafo y me hace un gesto para que continúe, y por un segundo le veo en la cara algo que se parece bastante a estar disfrutando.
—Uno. El plazo de auditoría de la penalización es de noventa días. Para cuando se demuestre el incumplimiento, la campaña ya se ha emitido.
—Treinta días.
—Cuarenta y cinco, y me lo quedo. Dos. La fórmula del ahorro no dice sobre qué presupuesto base se calcula.
—Sobre el del año anterior.
—Pues que lo diga el papel, no tú.
Corrige a mano, con esa letra suya de médico con posgrado.
—Y tres. El párrafo cuatro deja fuera los medios digitales, que son el sesenta por ciento de lo que compramos.
Levanta la cabeza del papel.
—Eso no lo ha escrito mi departamento legal.
—Eso lo ha escrito alguien que no ha comprado medios en su vida.
Tacha el párrafo entero y escribe encima.
—¿Algo más?
—Sí. —Cierro la carpeta—. La firma de Carol la quiero yo mañana. No el lunes.
—Mañana es sábado.
—Carol trabaja los sábados. Y esa mujer cambia de opinión los domingos, así que el lunes ya no la tengo.
—Entonces mañana. —Se apoya en el borde de la mesa, a un metro escaso—. ¿Quieres que te acompañe?
—No hace falta.
—¿Por qué no?
—Porque esta mañana ha dicho delante de mi clienta que me compró a mí, y todavía no he decidido si eso fue una estrategia o una barbaridad.
—Puede ser las dos cosas.
—En mi experiencia, suelen serlo.
Se le mueve la comisura de la boca. Yo bajo la vista a la carpeta, porque a estas alturas ya he descubierto que esa media sonrisa suya me hace cosas que no me hacen otros hombres riéndose a carcajadas.
—Hay otra cosa —dice, y le cambia el tono—. El lunes se anuncia algo que te afecta.
—¿A la integración?
—A la empresa.
—¿Debería preocuparme?
Y en ese momento se abre la puerta.
Entra una mujer sin llamar.
Vestido color hueso, pelo recogido en algo que no se le va a mover en toda la tarde, un bolso que cuesta lo que yo pago de alquiler en un trimestre. Trae dos vasos de café y los deja sobre la mesa sin preguntar dónde van.
—Perdón. —No hay ni rastro de disculpa en cómo lo dice—. Me han dicho que subiera directamente.
Cassian se endereza un centímetro y no hace nada más.
—Estamos terminando.
—No tengas prisa. —Se digna a mirarme, con una sonrisa educada y rápida, de las que se dedican al personal de servicio—. ¿Es nueva?
—Es la directora de integración del grupo.
—Ah. La compra pequeña. —Lo suelta ligera, sin ninguna maldad, y eso es lo peor, porque el veneno al menos sería personal—. Qué mono.
Se me sube el calor a la cara y me quedo con las dos manos sobre la carpeta.
La mujer se acomoda en el brazo del sofá de su despacho como quien lleva años haciéndolo.
—Cariño, mi padre pregunta si el fotógrafo confirmado es el de la revista o el otro.
Acaba de llamarlo cariño.
La odio con una rapidez que asusta. Y ni siquiera es a ella a quien odio, pero ella está más a mano.
Recojo la carpeta con unas manos que, por suerte, me funcionan perfectamente.
El «usted» me sale solo, como un abrigo que no sabía que seguía teniendo a mano.
—Le mando la versión corregida en veinte minutos, señor Holt.
—Señorita Vale.
—Y mañana le traigo la firma de Carol.
—Señorita Vale.
—Que pasen buena tarde.
Salgo de ese despacho, cruzo la recepción, saludo con la cabeza a su secretaria y aprieto el botón del ascensor cuatro veces, tres más de las necesarias.
* * *
En el ascensor hago inventario, porque es lo que hago cuando algo se me cae encima.
Primero: esa mujer ha entrado sin llamar en el despacho de un hombre que no se lo permite a nadie.
Segundo: ha traído café para dos personas.
Tercero: le ha dicho cariño delante de una empleada, con la tranquilidad de quien no está informando a nadie de nada, sino simplemente hablando.
Cuarto: hay un fotógrafo contratado, y la gente contrata fotógrafos para bodas, para portadas de revista y para anuncios.
Quinto: él acaba de decirme que el lunes se anuncia algo que me afecta.
Se abren las puertas en el vestíbulo y salgo a la calle sin abrocharme el abrigo.
Hace frío y no lo noto, y eso es un dato clínico interesante.
Camino cuatro manzanas en dirección contraria al metro y me paro en el escaparate de una tienda de maletas, sin ver una sola maleta.
No tengo ningún derecho.
Ese hombre no me ha prometido nada. Tampoco me ha mentido, porque para mentir hay que haber dicho algo, y él no ha dicho absolutamente nada sobre su vida en todo este tiempo.
Yo tampoco he preguntado. Me negué a saber su nombre en una terraza, luego me acosté con él y luego firmé un contrato para trabajar a sus órdenes.
Todo esto lo he construido yo, pieza a pieza, con mis dos manos y mi título universitario.
Y aun así me arde la cara.
El móvil me vibra en el bolsillo. Lo saco tan rápido que se me cae y lo tengo que recoger del suelo, y esa torpeza me humilla más que la palabra cariño.
Priya: ¿cena? invito yo, que ayer cobré una barbaridad.
O sea que no es él.
Iren: sí. Y trae vino.
Guardo el teléfono y bajo al metro.
En el andén, mientras espero la línea cuatro con doscientas personas más, hago lo único que sé hacer cuando la cabeza se me va a un sitio al que no debe ir.
Abro el correo y redacto la versión corregida de la cláusula.
Me sale perfecta y tardo once minutos en escribirla.
Cuando le doy a enviar, a las cinco y cuarto de la tarde de un viernes, con el metro parado entre dos estaciones, me contesta en cuarenta segundos.
C. Holt: Recibido. Mañana te acompaño a ver a Carol.
Iren: He dicho que no hacía falta.
C. Holt: Y yo he dicho que te acompaño.
Miro la pantalla hasta que el metro arranca otra vez.
Iren: Como quieras. A las diez, en la puerta.
Y me quedo con el móvil en la mano, en un vagón lleno de gente, odiándome un poco por las ganas que tengo de que sean las diez de la mañana.