Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 15. Iren
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Capítulo 15. Iren

— No es urgente, señorita Vale. Es que hoy su madre está muy habladora y ha preguntado dos veces por su hija.

La coordinadora de Bayview, la residencia de mi madre, tiene la voz entrenada para que nada suene a incendio. Por eso me llama en horario de oficina y empieza por «no es urgente».

Eso, en Bayview, es una buena noticia. Aquí las buenas noticias son así de pequeñas.

La clínica está en Sheepshead Bay, a cuarenta minutos de Manhattan y a un mundo entero de la sala de reuniones de esta mañana. Huele a desinfectante de limón y, por debajo, a comida de bandeja. Las paredes son de un verde que alguien eligió pensando que calmaba.

Mi madre está sentada junto a la ventana de la sala común, con una manta sobre las rodillas y un vaso de plástico con zumo de manzana en la mano.

Tiene sesenta y tres años. La gente que la ve por la calle le echa setenta y cinco.

—Hola, mamá.

Alza los ojos y me sonríe con una educación perfecta.

—Hola, cariño.

Ese cariño no significa nada. Se lo dice a las enfermeras, al fisioterapeuta y al hombre que viene a arreglar la máquina del café.

Me siento a su lado y le cojo la mano, y ella me la deja coger, que es más de lo que consigo algunos días.

—¿Has comido?

—Han traído pollo. —Se queda pensando—. Creo que era pollo.

—Seguro que estaba buenísimo.

—Estaba correcto.

Me río, porque esa palabra es suya de toda la vida. Mi madre corrigió exámenes durante treinta y un años y jamás dijo que algo estuviera buenísimo cuando estaba solo correcto.

Le arreglo la manta y le enseño una foto de Juno en el móvil, con la bata blanca del laboratorio de la facultad.

—Qué chica tan guapa. ¿Es tu hija?

—Es mi hermana. Juno.

—Juno. —Lo repite despacio, como quien saborea algo—. Qué nombre tan bonito.

—Se lo pusiste tú.

—¿Yo? ¿Cuándo?

—Tú, mamá.

Se queda mirando la foto un buen rato y luego mira por la ventana, hacia el aparcamiento y hacia el trozo de bahía que se ve entre dos edificios.

—Yo tuve dos hijas.

Se me para todo por dentro.

—Sí, mamá.

—La pequeña es científica. Y la mayor… —Frunce el ceño, buscando—. La mayor lo arregla todo.

Tengo que mirar al techo tres segundos enteros.

—Esa es la mayor, sí.

—Se llama… —Aprieta los labios. Le tiembla un poco la mano dentro de la mía—. No me sale.

—No pasa nada.

—Es un nombre corto.

—Es un nombre cortísimo, mamá. No te preocupes por eso ahora.

Le doy el vaso de zumo para que tenga las manos ocupadas, que es un truco que aprendí hace dos años y que funciona casi siempre.

Bebe un sorbo, se le pasa la nube de la cara y me sonríe otra vez con la misma educación del principio.

—Qué amable eres viniendo.

—Me gusta venir.

Y aquí es donde miento todos los sábados y algunos viernes.

—¿Estás bien de dinero, cariño? —pregunta de la nada, con una lucidez que llega como un relámpago y se va igual—. Esto debe de costar mucho.

—Está todo pagado. No te preocupes por eso.

—¿Seguro que sí?

—Seguro. Va todo muy bien.

Mentira número uno del día, y no son ni las doce.

Mañana no se acordará de que se lo he dicho, y esa es exactamente la parte que hace que la mentira duela y no sirva de nada.

* * *

En el pasillo me para la administradora con una carpeta y esa voz suave que ponen aquí para las cosas malas.

—Señorita Vale, un segundo. Es sobre la mensualidad.

—Vence esta semana. Lo sé.

—Vencía. —Abre la carpeta—. Le paso el recibo de este mes y el del siguiente, por si quiere revisarlos.

Miro el papel que me tiende y en las dos casillas pone lo mismo: pagado.

—Aquí hay un error.

—No hay error. Entró una transferencia ayer por la tarde. Dos mensualidades completas.

—¿De quién?

—De una sociedad. —Le da la vuelta al papel y me señala una línea—. Servicios administrativos. Nos pasa a veces con familias que lo domicilian desde una empresa.

No aparto los ojos de el nombre de esa sociedad, que no me suena de nada y que probablemente está registrada en algún estado con ventajas fiscales.

Son cuatro mil dólares en total.

—¿Puedo devolverlo?

La mujer me mira como si le hubiera preguntado si puede llover hacia arriba.

—Puede intentarlo, pero la transferencia viene de un banco corporativo. Suele ser un lío.

—¿Cuánto lío?

—Del que se resuelve en marzo, si tiene suerte.

—¿Y si insisto?

—Señorita Vale. —Cierra la carpeta con las dos manos—. Yo llevo once años en administración. Nadie ha venido nunca a este mostrador a devolver dos mensualidades. Ninguno.

Salgo a la calle y me quedo de pie en el aparcamiento, con el recibo en la mano y ese trozo de bahía delante.

Y entonces caigo en la cuenta.

Emory vendió la agencia el viernes pasado y acaba de cobrar dieciocho millones de dólares. Sabe lo de mi madre desde hace dos años, porque fue él quien me dio tres días libres cuando la ingresamos y quien no me descontó ni una hora de ese permiso.

Marco su número y me salta el buzón de voz.

Le escribo un mensaje que borro dos veces antes de mandarlo.

Iren: Emory, dime la verdad. ¿Has pagado tú la clínica de mi madre?

Miro la pantalla treinta segundos y no aparece ninguna respuesta.

Ese hombre lleva sin contestar un mensaje a tiempo desde que existen los mensajes, así que puedo pasarme el fin de semana mirando el móvil o puedo hacer mi trabajo.

Vuelve a vibrarme en la mano, y no es él.

C. Holt: La cláusula de Lime está redactada. ¿Puede revisarla esta tarde? A las cuatro en mi despacho.

Me quedo mirando ese nombre un segundo más de lo profesional. Hay algo muy revelador en lo rápido que se me ha ordenado el día al verlo.

Me guardo el recibo en el bolso, doblado en cuatro.

Iren: A las cuatro.

Ya lo hablaré con Emory el lunes. Hoy tengo una cláusula que salva cuarenta y un puestos de trabajo y ninguna hora libre para el orgullo.

Y a las cuatro voy a verle. Eso no me lo apunto en ninguna lista, pero me ordena la tarde igual que una cita.