Capítulo 14. Iren
— Nos deja Lime.
Rob me llama a las siete y cuarenta de la mañana del viernes, y me quedo con un zapato en la mano.
—Repite eso, Rob.
—Ha llamado su directora de marketing hace diez minutos. Su consejo se ha enterado por la prensa de que ahora pertenecemos a Meridian y quieren congelar la campaña de primavera hasta valorar otras opciones. Palabras textuales.
Miro el reloj de la cocina como si el reloj tuviera la culpa.
Lime. La cuenta más grande de la casa, la que sostiene media plantilla.
—¿Has llamado a alguien más?
—A ti primero.
—Bien hecho. No llames a nadie más.
Cuelgo, me pongo el otro zapato, cojo el abrigo y salgo con el pelo a medio secar.
En el taxi hago dos cosas: le pido media hora a Carol Byrne para esta mañana y le mando un mensaje a él.
Iren: Lime quiere congelar la campaña de primavera. Voy a su oficina a las nueve. Con o sin usted.
La respuesta llega en cuarenta segundos.
C. Holt: Con.
Una palabra. La leo dos veces y guardo el móvil boca abajo en el bolso, que es lo que se hace con las cosas que no se pueden mirar en horario laboral.
* * *
Nos encontramos en el portal del edificio de Lime a las nueve menos cinco.
Está esperando en la acera con dos vasos de café y me da uno sin preguntarme cómo lo tomo.
—Solo, sin azúcar. Es lo que pide siempre en la máquina de su planta.
—¿Y usted cómo sabe lo que pido en la máquina de mi planta?
—Tengo ojos y una empresa.
Bebo el café, que está exactamente como me gusta, y decido revisar esa información en otro momento.
—Reglas. —Pulso el botón del ascensor—. Hablo yo.
—De acuerdo.
—Lo digo en serio. Conozco a esa mujer desde hace cinco años. Si entra usted ahí y empieza con las sinergias, la perdemos en once minutos.
—He dicho de acuerdo.
—Y no se siente en la cabecera de la mesa.
Me mira de lado.
—¿Eso también lo tiene medido?
—Se sentará donde no le toca, porque es lo que hace usted en todas las salas. Hoy no.
Se abren las puertas del ascensor. Entramos, y en el metro cuadrado que compartimos con dos desconocidos me llega su olor y me acuerdo, sin ningún permiso, de una mesa de cristal y de una mancha de tinta.
Miro los números de las plantas hasta que se me pasa.
* * *
La sala de reuniones de Lime tiene una pared entera de botellas de sus propios zumos, ordenadas por color como si fueran trofeos.
Carol Byrne nos recibe con una carpeta cerrada y esa sonrisa que se le pone a la gente cuando ya ha tomado una decisión y solo quiere terminar rápido.
—Iren, me alegro de verte. Señor Holt, no esperaba que viniera usted en persona.
—No es la primera vez que sorprendo a alguien esta semana.
Se sientan los dos. Él elige, sin mirarme, la silla lateral.
—Voy a ser sincera —empieza Carol—. Mi consejo se ha puesto muy nervioso. Firmamos con una agencia pequeña que nos entendía y nos despertamos el lunes siendo un número dentro de un grupo de cinco.
—Es una preocupación razonable.
—Me alegra que lo entiendas, porque…
—Y por eso he traído los números.
Abro la carpeta y saco tres folios, ni uno más, porque Carol es de las que dejan de escuchar en la página cuatro.
—Primero. En cinco años he tocado vuestra cuenta cuatrocientas once veces. Tengo el registro de horas. Trescientas veinte de esas fueron fuera de mi horario. No lo digo para que me des las gracias, lo digo para que sepas qué se congela exactamente cuando congelas la campaña.
Carol baja la vista al primer folio.
—Segundo. La primavera pasada os subimos las ventas de la línea verde un treinta y dos por ciento con el presupuesto más pequeño que hemos tenido. Y esa cifra no la hizo una agencia. La hicieron cuatro personas que siguen sentadas en las mismas mesas esta mañana.
—Ya lo sé, Iren.
—Y tercero. —Le pongo delante el último folio—. Aquí está lo que cambia con Meridian, en dos columnas. A la izquierda, lo que sigue igual: el equipo, la interlocución, yo. A la derecha, lo que mejora: capacidad de compra de medios y un ocho por ciento menos de coste en la misma inversión.
Carol lee los tres folios y tarda casi un minuto entero, en el que no se oye nada más que el aire acondicionado.
—El ocho por ciento no me lo puedes garantizar tú.
—Yo no. —Y me giro hacia él, que llevo cuarenta minutos sin mirarlo—. Él sí.
Cassian Holt levanta la vista muy lentamente, como quien acaba de ser invitado a hablar.
—Se lo garantizo por escrito hoy mismo. Con una cláusula de penalización si no lo cumplo.
Carol levanta la cabeza de golpe.
—¿Penalización a favor nuestro?
—A favor suyo. Fírmela con mi directora de integración esta semana. —Se levanta y se abrocha la chaqueta—. Y respecto a lo de ser un número dentro de un grupo, permítame corregirla en una cosa. Yo no compré cinco agencias. Compré cuatro agencias y a la señorita Vale.
Se hace un silencio muy corto.
Yo aguanto la cara de reunión, con las dos manos sobre la carpeta y la espalda recta, mientras por dentro se me cae el edificio encima.
Carol se ríe, y esa risa es el sonido de una cuenta que se queda.
—Descongelamos la campaña. Pero quiero la cláusula el lunes.
—La tendrá el sábado —contesto.
Nos damos la mano los tres. En la puerta, Carol me retiene un segundo del codo.
—Iren, una cosa.
—¿Sí, Carol?
—Que no te coman.
* * *
En la calle hace sol y son las diez y veinte de la mañana.
Caminamos veinte metros en silencio hasta el coche, y yo llevo la carpeta apretada contra el pecho como una adolescente.
—Has estado bien —dice él.
—¿Bien, solo?
—Muy bien.
—He estado espectacular, señor Holt.
Se le escapa la risa. Es corta, una sola sílaba, pero es una risa de verdad y no se parece a nada que le haya oído hasta ahora.
Pienso, con un pánico muy concreto, que quiero volver a oír ese sonido. Y que no existe cláusula de penalización que me proteja de esto.
—Has estado espectacular.
—Gracias. —Me subo las gafas—. Y ahora dime por qué has dicho eso ahí dentro.
—¿El qué?
—Sabes muy bien el qué.
Abre la puerta del coche y se queda sujetándola, mirándome desde arriba, con el sol de la mañana dándole en esa nariz torcida.
—Porque era la respuesta más eficaz.
—Ya, claro.
—Y porque era verdad. —Se mete en el coche antes de que me dé tiempo a contestar—. Sube, que tenemos que redactar una cláusula.
Y me subo a ese coche por segunda vez esta semana.
A las once y cuarto, mientras cruzamos la Quinta y él va explicándome cómo se calcula la penalización, me vibra el móvil dentro del bolso.
Es la clínica de mi madre.