Capítulo 13. Iren
— ¿Nos despiden?
Rob me intercepta a los cuatro pasos de salir del ascensor, con el móvil en una mano y esa cara de quien lleva dos horas mirando la puerta.
Levanto el folio firmado a la altura de su cara.
—Nadie sale de aquí antes del treinta y uno de marzo sin mi firma. Y en enero hay revisión salarial.
Se hace un silencio raro en las tres mesas de alrededor, de esos en los que la gente finge que no estaba escuchando.
—¿Lo dices en serio? —pregunta Marta, con el bolígrafo parado en el aire.
—Lo tengo por escrito y con dos firmas.
—¿Y el ocho por ciento también?
—El ocho por ciento también.
—¿En enero?
—En enero, Marta.
—¿Y si cambian de idea?
—Entonces tendrán que explicárselo a un consejo y a mi firma. —Dejo el folio encima de su mesa—. Léelo tú, que eres la que no se fía.
Marta se lleva la mano a la boca. Rob suelta un taco entero y se disculpa inmediatamente. Alguien, al fondo, empieza a aplaudir y por suerte se corta enseguida, porque no habría sobrevivido a eso.
—Iren. —Marta se levanta y me abraza sin pedir permiso, cosa que no ha hecho en cinco años—. Tengo dos niños.
—Lo sé.
—Es que tengo dos niños.
—Lo sé, Marta.
Me suelta, se seca la cara con el dorso de la mano y vuelve a sentarse como si no hubiera pasado nada.
Y yo me quedo de pie en mitad de la oficina, con el papel en la mano, sintiéndome la peor persona de esta ciudad.
Porque lo he conseguido. Y hace once minutos estaba sentada encima de la mesa del hombre que ha firmado ese papel.
En el baño me lavo las manos dos veces. La mancha de tinta del dedo no se va.
* * *
Trabajo hasta las ocho y media y no me entero de la mitad de lo que hago.
Tres veces me sorprendo mirando el móvil boca abajo encima del escritorio. Dos veces me levanto a por agua sin tener sed. Y una vez, alrededor de las siete, me quedo diez minutos delante de una hoja de cálculo sin mover un solo dato, acordándome de cómo me quitó las gafas.
Nadie me quita las gafas. Me las quito yo. Es un gesto que hago sola desde los once años, y este hombre ya lo ha hecho dos veces como si le perteneciera.
A las nueve menos cuarto apago el ordenador y salgo con la última tanda de gente.
En la calle hace ese frío de octubre que no avisa. Me subo el cuello del abrigo y camino hacia el metro repasando la lista de mañana, que es larguísima y no incluye pensar en nada de esto.
El móvil me vibra cuando estoy bajando las escaleras.
C. Holt: ¿Sigue en la oficina?
Me paro en el segundo escalón y alguien me da un empujón por detrás y me pide perdón sin mirarme.
Iren: No. Voy hacia el metro.
C. Holt: ¿Qué línea?
Iren: ¿Perdone?
C. Holt: Que qué línea, señorita Vale. No es una pregunta capciosa.
Me quedo mirando la pantalla en mitad de la escalera, con la gente pasando por los dos lados.
Y no sé si lo que noto en el estómago es alarma o exactamente lo contrario.
Iren: La cuatro. Voy a Brooklyn.
C. Holt: Suba. Estoy en la esquina, coche negro.
Iren: Estoy a treinta metros de la boca del metro.
C. Holt: Y yo a veinte de usted.
Levanto la vista de la pantalla.
Hay un coche negro parado en la esquina de la Sexta, con las luces de emergencia puestas. Y un hombre apoyado en la puerta trasera, sin abrigo, con el frío sin ningún efecto aparente sobre él.
Subo los escalones que acabo de bajar.
—Esto es una encerrona.
—Esto es un coche. —Abre la puerta—. Suba, que hace nueve grados.
—Vivo en Brooklyn, señor Holt. Son cuarenta minutos.
—Cuarenta y dos con el tráfico de hoy. Lo he mirado.
Y ahí es donde debería decir que no.
Miro la boca del metro, que huele a metal caliente y a los churros de la esquina. Miro el coche, limpio, silencioso y probablemente con los asientos climatizados.
Y luego miro al hombre que sujeta la puerta abierta y que lleva todo el día sin quitarse una mancha de tinta del cuello de la camisa.
—Cuarenta y dos minutos.
—Como máximo.
Y me subo a ese coche por segunda vez esta semana.
* * *
Huele a cuero y a él, y esa combinación debería estar prohibida en algún reglamento de recursos humanos.
Nos incorporamos al tráfico de la Sexta. Va al volante, porque no hay chófer, cosa que no me esperaba.
—¿Conduce usted?
—No me fío de que me lleven.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo por qué se sentó en mi silla el lunes.
Se le mueve la comisura de la boca y no contesta.
Vamos quince minutos sin hablar y no es un silencio incómodo, que es lo peor de todo. Yo miro por la ventanilla y él conduce. Cada vez que cambia de marcha se le tensa el antebrazo, y he decidido oficialmente que eso es un problema de recursos humanos sin resolver.
En un semáforo rojo, la ciudad se queda quieta un segundo.
—Hoy le he dicho a mi equipo que nadie sale antes de marzo. Marta, de contabilidad, se ha puesto a llorar y me ha abrazado.
—Bien hecho.
—No, no está nada bien. —Me giro en el asiento—. Esa mujer me ha abrazado a mí. Y yo, once minutos antes, estaba sentada encima de su mesa.
—Eso también fue hoy, sí.
—¿Y a usted no le parece un problema?
El semáforo cambia a verde y él arranca sin prisa.
—Me parece un problema enorme. Llevo desde las diez de la mañana con él y no he encontrado la solución.
—La solución es que no se repita.
—Esa la había considerado.
—¿Y bien?
—Que no me gusta.
Me quedo mirándolo de perfil, con la nariz torcida y las luces de la calle pasándole por la cara.
—No puede decir esas cosas.
—Acabo de decirla.
—Es usted mi jefe.
—Lo sé perfectamente.
—Y yo tengo cuarenta personas que dependen de que este trabajo salga bien.
—Cuarenta y una. Usted incluida. —Cambia de carril—. Y ese es exactamente el motivo por el que llevo todo el día sin encontrar la solución.
Llegamos a mi calle veinte minutos después. Aparca delante del portal, en doble fila, y deja el motor encendido.
Ninguno de los dos se mueve.
—Gracias por traerme… —El «usted» se me queda a medio camino, y él lo nota, claro que lo nota—. Gracias por traerme, Cassian.
Decir su nombre en voz alta es más íntimo que todo lo que hicimos el sábado, y no pienso analizar por qué.
—El viernes a las ocho de la mañana la quiero en mi despacho con el plan de integración de las cinco agencias. —Mira al frente—. Y una cosa más, señorita Vale.
Me giro hacia él con la mano ya en la manilla.
Y él se inclina, me quita las gafas con dos dedos, las dobla y me las pone en la mano.
—Se le han empañado.
Salgo del coche con las piernas de otra persona por segunda vez en el mismo día, entro en el portal y subo los tres pisos sin encender la luz de la escalera.
El móvil me vibra en el bolso mientras busco las llaves.
Priya: ¿Cómo ha ido el lunes?
Yo: He firmado el mejor acuerdo de mi carrera.
Priya: ¿Y por qué lo cuentas como si fuera un funeral?
Yo: Porque el hombre que lo ha firmado me gusta más que el acuerdo.
No me contesta con palabras. Me manda el emoticono de una casa ardiendo.
Solo cuando cierro la puerta de casa me doy cuenta de que estoy sonriendo como una idiota.
Y de que llevo días sonriendo por un hombre del que no sé por completo nada, salvo que compra empresas y que conduce él mismo.