Capítulo 12. Cassian
— Buenos días, señor Holt. Acepto el puesto.
Llega el lunes a las nueve y cuarto, con un retraso de quince minutos que estoy seguro de que ha calculado.
Entra con una carpeta fina, se sienta sin que se lo ofrezca y coloca el móvil boca abajo sobre la mesa, con la pantalla contra la madera.
—Me alegro.
—Con tres condiciones.
Y ahí está la mujer que llevo esperando desde anoche.
Me echo hacia atrás en la silla y la miro. Otra vez el pelo tirante y esas gafas grandes que se pone como quien se pone un casco. Y esta mañana hay algo distinto en la manera en que ha entrado por la puerta.
Ha venido a cobrar.
—La escucho.
Abre la carpeta y saca un único folio, escrito por las dos caras.
—Una. Nadie de FRAME sale de esta empresa antes del treinta y uno de marzo sin mi firma.
—Eso no.
—Entonces no hay puesto.
Lo dice sin subir la voz y sin apartar los ojos, y noto de sobra que se le ha acelerado la respiración, porque el cuello de esa blusa se mueve.
Está muerta de miedo y sigue ahí sentada. Eso me interesa mucho más de lo que debería.
—Contrapropuesta. Nadie sale antes del treinta y uno de marzo sin que usted lo revise y lo firme conmigo. Su firma no bloquea, pero consta.
—Mi firma bloquea o no firmo nada.
—Consta también su negativa. —Me inclino sobre la mesa—. Y si algún día tengo que despedir a alguien contra su criterio, tendré que explicarle a un consejo por qué he pasado por encima de mi directora de integración. Para Iren Vale triple nomina. ¿Sabe lo caro que sale eso?
Se queda callada un momento, haciendo cuentas.
—Aceptado queda.
—Siguiente condición.
—Dos. Quiero ver la lista completa de despidos previstos, con nombres y fechas. La que tiene desde el lunes.
—¿Quién le ha dicho que existe una lista?
—Usted. Anoche. Se quedó callado un segundo largo cuando le pregunté por mi equipo. —Levanta la barbilla—. La gente como usted no se queda callada por casualidad.
Cojo el teléfono, marco tres números y le pido a mi secretaria el informe de reestructuración.
Ella no dice nada mientras esperamos. Mira por la ventana con la espalda muy recta.
A mí me da tiempo de sobra a fijarme en cómo le queda esa falda al cruzar las piernas y en el pulso que se le nota en el cuello.
El informe llega en cuatro minutos y se lo pongo delante sin ninguna ceremonia.
Lo abre por la última página, la de los nombres, y va bajando con el dedo. Se para en la primera línea.
—Mi nombre está el primero.
—Estaba. Ya no.
—Con fecha de enero.
—El hombre que redactó esa lista ya no trabaja aquí.
Alza los ojos del papel muy despacio. Es la primera vez esta mañana que la veo sin plan.
—¿Lo ha despedido por esto?
—Lo he despedido por filtrar documentos internos a mi padre.
—¿Y la primera línea no tuvo nada que ver?
—Siguiente condición, señorita Vale.
Se le escapa media sonrisa corta, que esconde bajando otra vez la vista al folio.
Vamos empatados a uno.
—Tres. Revisión salarial del equipo en enero, con un mínimo del ocho por ciento para los cinco puestos que aparecen aquí como duplicados. Si lo son, es porque hacen el trabajo de dos.
—Cinco por ciento.
—Que sean ocho.
—Seis, y es un regalo.
—Ocho, y le ahorro doscientos mil dólares en la renovación de Lime, que vence en marzo y que sé justo cómo se firma.
La miro un momento largo.
—¿Sabe que acaba de negociar mejor que mi departamento financiero?
—Su departamento financiero no tiene que mirar a esa gente a la cara en la máquina del café.
Cojo la pluma, tacho el cinco del margen, escribo un ocho y firmo debajo.
No firmo por los doscientos mil. Firmo porque quiero ver qué hace con la victoria.
Le doy la vuelta al papel y se lo empujo por la mesa.
—Firme usted también.
Se levanta para firmar porque desde su silla no llega bien, y al inclinarse sobre la mesa se le desliza un mechón del recogido y le cae por la cara.
Se lo aparta con el dorso de la mano, sin soltar la pluma.
Ese gesto, que no tiene nada de especial, me deja parado dos segundos.
Firma con una letra pequeña y apretada y deja la pluma en la mesa. Cuando levanta la cabeza estamos los dos de pie, inclinados sobre el mismo papel, a treinta centímetros.
Ninguno de los dos se aparta.
—Ya está —dice, en voz más baja de la que llevaba usando toda la mañana.
—Ya está.
—Debería volver a mi oficina.
—Debería, sí.
Y sin embargo no se mueve. Tiene una mancha diminuta de tinta en el dedo índice y las gafas resbaladas medio centímetro. Y me está mirando la boca igual que la miró el sábado en un ascensor, con cuarenta y cuatro plantas de excusas.
—Señorita Vale.
—No lo diga.
—No he dicho nada.
—Lo está diciendo con toda la cara.
Le retiro yo el pelo esta vez. Se lo pongo detrás de la oreja con dos dedos y el roce le eriza la piel del cuello. Cierra los ojos medio segundo, como si acabara de perder una discusión importante consigo misma.
—Esto es una idea malísima.
—Pésima, lo sé.
—Usted firma mi nómina.
—Soy consciente de cada letra de esa frase.
Tengo un calendario con un anuncio, un padre con mi firma en un cajón y una lista entera de motivos para quedarme exactamente donde estoy.
La repaso a la velocidad a la que se repasan las cosas que ya has decidido ignorar.
Después miro la mancha de tinta que tiene en el dedo índice y pienso, con una claridad ridícula, que esa mancha se la ha hecho firmando algo que me ha ganado. Y dejo de repasar.
Le pongo la mano abierta en la mandíbula, con el pulgar justo debajo del labio, y le levanto la cara dos centímetros.
No retira la cara. Se queda quieta, con la respiración corta, mirándome con esos ojos enormes que tiene cuando las gafas se le caen del sitio.
—Dígame que no.
—Señor Holt…
—Una palabra y me siento.
No dice absolutamente nada.
La agarro por la nuca y la beso como si me hubieran dado permiso para una sola cosa en toda mi vida. Tarda un instante en contestar y después me agarra la corbata con la mano manchada de tinta y tira hacia abajo. Le sabe la boca a café y a cuatro días de aguantarse.
La levanto por la cintura y la siento en el borde de mi mesa. El informe de reestructuración con cuarenta y un nombres se cae al suelo y ninguno de los dos lo mira.
Le suelto el recogido de un tirón. Ella me muerde el labio de abajo y las gafas se le quedan torcidas. Se las quito con dos dedos y las dejo en la mesa sin apartar la boca de la suya.
—Espera —jadea contra mi boca.
Me detengo en el sitio.
—Digo espera, no pares.
—Decídase, señorita Vale.
Y vuelve a besarme.
El intercomunicador suena con un pitido corto y la voz de mi secretaria llena el despacho.
—Señor Holt, el consejo le espera en la sala dos.
Nos separamos veinte centímetros.
Tiene la boca hinchada, el pelo suelto sobre los hombros y la respiración destrozada. Y está sentada en mi mesa, en un despacho con tres paredes de cristal, delante de una planta con treinta personas trabajando.
Se baja de un salto, como si la hubieran soltado desde un tejado.
—Dios mío.
—No mire hacia fuera.
—¿Cuánta gente…?
—Nadie mira hacia aquí. —Le paso las gafas—. Y si alguien mira, verá a dos personas de pie discutiendo un contrato.
—Con mi pelo así.
—Póngaselo como estaba.
Se recoge el pelo con dos movimientos rápidos y furiosos, coge la carpeta y el folio firmado del suelo y se queda un segundo frente a mí, buscando algo que decir.
—Esto no se repite.
—De acuerdo.
—Lo digo en serio, señor Holt.
—Le he dicho que de acuerdo.
—Cassian. —Es la primera vez que le digo mi nombre a una mujer para pedirle algo—. Cuando estemos solos, tutéame.
—Eso no estaba en mis condiciones.
—Lo estoy negociando ahora.
No contesta. Recoge la carpeta con la barbilla alta, y ese silencio es lo más parecido a un «me lo pensaré» que voy a conseguir hoy.
Se marcha con la espalda recta y el paso firme, y en la puerta se para un instante, como si fuera a girarse.
No llega a girarse.
Recojo el informe del suelo y lo dejo encima de la mesa, y no aparto los ojos de la mancha de tinta que me ha dejado en el cuello de la camisa.
Acabo de firmar las tres condiciones de una empleada, y le habría firmado treinta. Ese es el tipo de información que no pienso darle a nadie, empezando por mí.
El móvil se enciende con un aviso del calendario.
Anuncio del compromiso. Lunes, 9:00. Confirmar fotógrafo.
Queda una semana justa.