Capítulo 11. Iren
— Me has escrito «ven» y un punto. Eso en tu idioma es una llamada al novecientos doce.
Priya entra en mi casa a las once y veinte con una botella de vino barato y las llaves que le di hace seis años para emergencias.
—Me ha llamado a las once de la noche.
—¿Quién te ha llamado?
—Cassian Holt.
Se queda con el abrigo a medio quitar en mitad del salón.
—El dueño de Meridian.
—El mismo.
—El hombre que compró tu agencia la semana pasada.
—Ese mismo.
—El de la fiesta del sábado.
Me siento en el sofá y me tapo la cara con las dos manos, que le da toda la información que le faltaba.
—Iren Vale.
—No lo digas.
—Iren Vale.
—Priya, te juro que si lo dices otra vez me tiro por la ventana.
—Vives en un primero.
—Me tiro igual.
Se sienta a mi lado y abre la botella con el sacacorchos que trae en el bolso, porque en trece años ha aprendido que en esta casa nunca hay uno. Me pone una copa en la mano.
—Empieza por el principio y no te saltes nada, sobre todo lo que te dé vergüenza.
* * *
Se lo cuento todo.
El lunes, la corbata azul de Emory y las cuarenta y una personas sentadas en el suelo de la sala grande. El momento en que se abrió la puerta y entró él. El bolígrafo que se me cayó. La carpeta cerrada que fingió consultar para decir mi apellido.
El martes por la mañana, el correo de dos líneas, el ascensor de cristal y esas mangas dobladas hasta el codo. Las dos partidas infladas y la media sonrisa cuando le dije que podía despedirme.
Y la llamada de esta noche. Su voz ronca.
—Directora de integración de todo el grupo, es como directora —repite Priya, con la copa a medio camino—. Iren, ese es el puesto que llevas cinco años mereciendo.
—Ya lo sé.
—Con acceso a los números de cinco agencias.
—Ya, Priya.
—¿Y qué le has dicho?
—Le he preguntado qué pasa con mi equipo y le he colgado.
Deja la copa en la mesa muy sin prisa, como quien deja un arma.
—Le has colgado el teléfono a Cassian Holt.
—Se lo he colgado, sí.
—A un hombre que sale en las listas de Forbes.
—No me contestó. —Me llevo las rodillas al pecho—. Eso es lo peor de todo. Le pregunté por las cuarenta personas y se quedó callado un segundo largo. Ese silencio significa que ya tiene una lista con nombres.
—Puede ser.
—La tiene. Lo sé como sé leer un balance.
Me levanto y voy a la cocina a por algo de comer, porque hablar de esto sentada me pone nerviosa.
—Y encima me saca de quicio —añado desde ahí, con la cabeza dentro de la nevera—.
No te lo puedes ni imaginar. Habla como si cada frase le costara dinero.
Se sentó en mi silla. Y luego se apoyó en la mesa para mirarme desde arriba mientras yo hablaba, que eso es una técnica, lo he leído en un libro.
—Ajá. Sigue.
—Y no se disculpa. Por nada. Le he dicho que no volvería a subir a su casa y ha contestado «anotado», como quien apunta la fecha de una reunión.
—Ajá. Claro.
—Y no es mi tipo, para nada. Mi tipo son hombres normales. Que se ríen fuerte, que se ponen vaqueros los sábados, que tienen amigos y una tostadora vieja.
—Y una nariz recta.
—Exacto. —Cierro la nevera con dos yogures en la mano—. La suya está rota, además. Torcida. Se le nota mucho de perfil.
—Muchísimo, seguro.
—Y esos antebrazos son directamente un problema de recursos humanos.
Me doy cuenta de que estoy sonriendo y me borro la sonrisa con la mano, literalmente, pasándomela por la boca.
Priya no dice nada.
Me giro con los dos yogures y me la encuentro con la barbilla apoyada en la mano y una sonrisa que le ocupa toda la cara.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
—Priya, suéltalo.
—Es que llevamos dos horas y cuarto hablando de él. Te he cronometrado. Deformación profesional.
Me quedo de pie en mitad del salón con un yogur en cada mano y sin ninguna respuesta preparada.
—Estamos hablando de mi trabajo.
—Hemos hablado de tu trabajo veinte minutos. El resto ha sido de sus antebrazos.
—Te odio.
—Lo sé. —Da una palmadita en el sofá, a su lado—. Ven aquí y siéntate, que ahora viene la parte de abogada.
* * *
Vuelvo al sofá y Priya se pone recta y cambia de voz, y es la voz que usa en los juzgados.
—Ese hombre te ha ofrecido un puesto. ¿Por escrito o por teléfono?
—Por teléfono.
—Mañana lo pides por escrito. Y no aceptes nada en caliente, aunque te tiemblen las manos.
—No me tiemblan las manos. Tengo las facturas sin pagar.
—Iren, llevas veinte minutos con dos yogures que no te vas a comer.
Bajo la vista a mis manos: dos yogures de fresa, caducados el jueves pasado.
—Vale. Te escucho.
—Si tiene una lista de despidos, tú tienes lo único que no puede comprar en el mercado: cinco años de relación con tres clientes gordos. —Levanta un dedo—. Eso, en mi idioma, se llama poder de negociación.
—Yo no negocio para mí. Solo para los clientes, compañeros…
—Pues ha llegado el momento de aprender, cariño, porque la clínica de tu madre vence estos días y en enero se le acaba el contrato a Rob.
Me quedo mirando la copa de vino que no he tocado.
Cuarenta y un sueldos. Mi hermana en tercero de carrera. Una madre que mañana no sabrá que he ido a verla.
Y una habitación de dos mil dólares al mes, que es lo único que la separa de un pasillo compartido con otras tres mujeres que tampoco recuerdan sus nombres.
Y un hombre que se quedó callado un segundo entero cuando le pregunté por mi equipo.
—Voy a aceptar.
—Aún no he terminado.
—Voy a aceptar, pero con condiciones. —Cojo el móvil de la mesa y abro una nota nueva—. Y las voy a llevar escritas, porque si me las tengo que inventar delante de él se me va a olvidar la mitad.
Priya sonríe y coge su copa.
—Ahora sí. Dime.
Escribo tres líneas mientras hablo.
—Una: nadie de FRAME sale antes del treinta y uno de marzo sin mi firma. Dos: quiero ver la lista completa de despidos previstos, con nombres. Tres…
Y me quedo con el dedo encima de la pantalla.
—¿Tres? —me pincha Priya.
Miro el cursor parpadeando después del número.
Lo del sábado no existió. Eso es lo que tienes que escribir ahí.
—Tres —repito, y escribo otra cosa—: revisión salarial del equipo en enero.
Priya me mira por encima del borde de la copa y no dice absolutamente nada, y eso es lo que más miedo me da de toda la noche.