Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 10. Cassian
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Capítulo 10. Cassian

— Reestructuración de FRAME. Lo tienes en la carpeta y en el correo.

Theo vuelve a las siete de la tarde con el plan definitivo y con la puerta abierta detrás de él, porque llamar antes de entrar dejó de parecerle necesario hace dos años.

Abro la carpeta y me encuentro cinco páginas muy bien hechas.

FRAME desaparece el treinta y uno de diciembre. La marca se retira, los clientes migran a Meridian entre enero y marzo, y las cuarenta y una personas salen por tandas de ocho.

—Por tandas, para que no haya ruido en prensa. Cuarenta despidos el mismo día son un titular. Ocho cada dos meses es una nota interna.

—Ya veo.

Paso a la última página, donde están los nombres con sus fechas.

En la primera línea, con fecha de enero, está ella.

—Ayer te dije que pasaba a reportar directamente a mí.

—Y consta en la nota al pie. Pero ese puesto no aguanta un año entero. Lo suyo es que salga con la primera tanda, mientras el finiquito todavía es barato.

Cierro la carpeta despacio.

En la esquina superior de la portada hay una crucecita pequeña hecha a bolígrafo, del tipo de marca que deja la gente que ya ha leído un documento.

—¿Quién más ha visto esto?

Theo tarda un instante.

—Tu padre lo comentó ayer por encima.

—Ayer. Qué oportuno.

—Me llamó él, Cassian. Yo no le mandé nada, solo le contesté lo que preguntaba.

—Le contestaste con cinco páginas.

Se hace un silencio en el que Theo por fin entiende dónde está.

—Trabajo para los Holt desde hace ocho años. Esto no es traición, es la manera en que funciona esta familia.

—Los Holt somos dos. —Empujo la carpeta hacia su lado de la mesa—. Elegiste mal.

—Cassian, escúchame.

—Recursos humanos te llamará en veinte minutos. Cobras el año entero. No quiero discusiones, ni cartas de abogados, ni volver a verte en esta planta.

Se queda de pie sin saber qué hacer con las manos.

Después recoge sus cosas: el móvil, la carpeta que ya no sirve para nada y la taza azul con su nombre impreso, que lleva dos años en la esquina de mi mesa.

Es el único objeto personal que ha habido nunca en este despacho, y sale por la puerta dentro de una caja de cartón.

Cuando se cierra la puerta, no aparto los ojos de el círculo de café que ha dejado la taza en la madera.

No es lealtad lo que acabo de despedir. Es un hombre que puso su nombre en un documento donde la primera línea era ella.

Eso último no lo pienso. Lo aparto antes de terminarlo.

* * *

—No has comido.

Mariano aparece a las nueve con dos bolsas de comida tailandesa y sin haber avisado, que es su especialidad.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Porque nunca comes cuando despides a alguien. —Deja las bolsas encima de mis informes—. Y esta planta está en silencio a las nueve de la noche de un martes.

Se sienta en el sofá con las piernas estiradas.

Mariano Ferrante tiene treinta y un años y un estudio de arquitectura en el Meatpacking. Tiene también una familia en Milán que construye media Lombardía y a la que lleva ocho años sin pedirle un euro.

También es objetivamente guapo de una manera que me ha costado dinero en dos negociaciones, porque la gente al otro lado de la mesa deja de escuchar cuando él habla.

Como de pie, directamente del envase.

—Has despedido a Theo.

—Sí. Esta tarde.

—¿Por el informe o porque la primera línea era ella?

Dejo el envase en la mesa.

—Ha filtrado un documento a mi padre.

—Eso es lo que vas a poner en el acta. —Coge un rollito y se lo come sin ninguna prisa—. Te he preguntado otra cosa.

—Es una empleada.

—Es una empleada a la que llevas dos días moviendo de casilla como si fuera la reina del tablero.

—Es la única que sabe dónde está el dinero en esa agencia.

—Vale. —Levanta las manos—. Yo solo digo lo que veo, y lo que veo es que llevas cinco años sin cambiar un organigrama por nadie.

Me acerco a la ventana porque necesito hacer algo con el cuerpo.

Abajo, el tráfico va y viene por la Sexta, y en el reflejo del cristal me veo con el envase de comida en la mano, como un idiota.

—El sábado me dijo a la cara que aguantaría tres minutos en la cama.

Mariano se atraganta con el rollito.

—¿Que te dijo qué?

—Con vocabulario financiero. Habló de rentabilidad y de capital inicial.

—Dios mío.

—Y hoy ha entrado en este despacho y me ha confesado que infló dos partidas de un presupuesto. Y luego me ha dicho que, si la despido, tendré que explicarle yo mismo al cliente por qué la campaña lleva su letra en los márgenes.

Mariano se ríe con la cabeza echada hacia atrás.

—Me cae bien.

—A mí me saca de quicio.

—Ya lo veo.

Me giro hacia él.

—¿Sabes cuánta gente me ha llevado la contraria este año?

Ninguna. Me llaman señor, me traen cafés que no he pedido y se ríen antes del final del chiste.

Mi padre me ordena una boda por teléfono y yo digo que sí.

—Dejo el envase—. Y aparece una mujer con las gafas torcidas que me habla como si yo fuera un tipo cualquiera de una fiesta.

—Que era exactamente lo que eras esa noche.

—Precisamente por eso.

Mariano me mira sin prisa, y por una vez no dice nada gracioso.

—El anuncio es el lunes que viene.

—Lo sé perfectamente.

—Solo quería asegurarme de que tú también lo sabías.

—¿Y qué vas a hacer con ella?

—Ofrecerle un puesto.

—Te he preguntado qué vas a hacer con ella, no con su currículum.

Dejo el tenedor. Mariano espera, y esperar es lo que mejor se le da.

—No lo sé. Es la primera respuesta honesta que doy hoy.

—Pues ya has hecho más que en todo el año.

Cambio de tema y le pregunto por la torre que está levantando en Long Island City.

Él me deja cambiarlo, que es la segunda razón por la que sigue siendo mi amigo.

* * *

A las once menos cuarto me quedo solo con la ciudad encendida al otro lado del cristal y su expediente todavía cerrado encima de la mesa.

Busco su número en la carpeta que no he abierto en todo el día y la llamo.

Contesta al cuarto tono, con la voz de alguien que ya se ha quitado los zapatos.

El nudo que llevo en el pecho desde las siete se afloja un centímetro al oírla. Lo aprieto otra vez antes de hablar.

—¿Diga? ¿Quién es?

—Soy Holt.

Se hace un silencio corto. De fondo se oye una televisión y alguien pasa por una habitación arrastrando los pies.

—Son las once de la noche, señor Holt.

—Y usted ha contestado.

—Porque en mi trabajo, cuando llama un número desconocido a estas horas, es que algo está ardiendo.

Se ha soltado el pelo. No sé cómo lo sé, pero lo sé por la manera en que le sale la voz cuando no lleva la barbilla apretada contra el cuello de una blusa.

Me la imagino descalza, con esa boca, diciéndome que no a las once de la noche.

Cambio de postura en la silla y vuelvo al asunto.

—Le ofrezco un puesto. Directora de integración de todo el grupo y mi propio asistente de business. Los números de las cinco agencias, no solo de la suya. Reporta a mí y firma sus propios presupuestos.

—¿Y eso por qué?

—Porque esta tarde ha quedado libre y usted es la única persona de este grupo que ha entrado en mi despacho a decirme la verdad sin que se lo pidiera.

Otro silencio, más largo.

Espero un sí, porque llevo quince años oyendo que sí antes de que termine la frase, y tengo el siguiente punto preparado, que es el sueldo.

—¿Y qué pasa con las otras cuarenta personas?

Me quedo con el sueldo en la boca.

—¿Perdone? Repita eso.

—Mi equipo. Cuarenta personas. ¿Qué les pasa a ellos con este puesto tan bonito?

—Eso es una conversación distinta.

—Para usted. —Su voz no sube ni un tono—. Para mí es la misma.

Miro la lista de Theo, que sigue encima de mi mesa con la primera tanda marcada en enero.

—Deme una respuesta el lunes.

—Se la voy a dar el lunes, sí. Pero no la que quiere oír, si antes no me contesta a lo que le he preguntado. Buenas noches, señor Holt.

Y cuelga ella primero.

Me quedo con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada, en un despacho vacío con una marca de taza en la mesa.

Llevo quince años sin que nadie me cuelgue el teléfono.

Y lo que más me molesta, mucho más que el silencio de esta planta, es que el lunes a las nueve voy a estar esperando esa llamada como un idiota.