Capítulo 9. Iren
E l viernes a primera hora tengo en la bandeja de entrada un correo de dos líneas.
De: C. Holt. Asunto: Lime. Mi despacho, nueve y media. Traiga los números completos.
Sin saludo, sin firma y sin una palabra de más.
Lo leo cuatro veces buscando algo entre las líneas, cosa que me da bastante vergüenza reconocer, y después me paso una hora preparando una carpeta que podría defender delante de un juez.
Meridian ocupa cuatro plantas de un edificio de cristal a doce manzanas de FRAME. En recepción me piden el carné, me hacen una foto y me dan una tarjeta de visitante que se despega sola de la blusa.
Visitante. Muy apropiado.
En el ascensor me miro en el metal pulido de las puertas. Blusa blanca, chaqueta gris y el pelo recogido tan tirante que me duele la frente. Más las gafas de montura grande que me pongo cuando quiero que la gente me escuche en vez de mirarme.
La armadura completa, en resumen.
Su secretaria me hace pasar sin anunciarme, lo cual también significa algo.
El despacho es una caja de cristal con vistas al río y sin un solo objeto personal encima de la mesa. Ni una foto, ni una taza, ni un papel torcido.
Él está de pie junto a la ventana con el móvil en la oreja y levanta un dedo pidiendo un minuto sin girarse.
Me quedo con la carpeta contra el pecho, mirándole la espalda, y me acuerdo con una nitidez insultante de cómo se le movían esos hombros el sábado por la noche.
Basta. Lo de hoy son números y nada más.
Cuelga y se gira.
—Señorita Vale.
—Señor Holt.
Nos quedamos así un par de segundos, cada uno con el apellido del otro en la boca, y en ese hueco cabe la terraza entera.
—Siéntese, por favor.
Me siento y él se queda de pie, apoyado en el borde de la mesa, a un metro escaso. Tiene los brazos cruzados y las mangas de la camisa dobladas hasta el codo.
Le miro los antebrazos porque están justo a la altura de mis ojos, y después subo la vista con toda la profesionalidad de la que soy capaz.
—Le he traído los márgenes de los últimos tres años, las horas facturadas y el detalle por cliente. —Abro la carpeta—. Y también lo que no me ha pedido.
—¿Y eso qué es?
—Los tres motivos por los que Lime nos puede dejar en cuanto se entere de que ya no somos independientes.
Levanta una ceja apenas.
—Continúe. La escucho.
Le explico las cifras. Escucha sin interrumpir, y esa atención resulta incómoda de una manera muy física, porque no aparta los ojos de mi cara ni un segundo mientras hablo.
En la tercera página pierdo el hilo un instante. No por los números. Por cómo me mira mientras los digo.
Cuando termino, coge la carpeta, la hojea y se detiene en la última página.
—Estas dos partidas están infladas.
Tengo medio segundo para elegir entre dos versiones de mí: la que se encoge y le echa la culpa a un error de contabilidad, y la que firmó esos números con toda la intención para salvarle la campaña a alguien.
La que se encoge sobrevive hoy. La que dice la verdad se respeta mañana.
Aprieto la carpeta contra las costillas y elijo mañana.
—Sí. Las dos.
—Lo dice sin pestañear.
—Las inflé yo, en marzo.
—¿Por qué?
—Porque el cliente pidió tres campañas más sin subir el presupuesto y yo tenía que pagar horas extra a mi equipo. Moví dinero de una línea a otra.
—Eso tiene un nombre.
—Tiene dos, y el otro es mantener a cuarenta personas cobrando a final de mes.
Se hace un silencio en el que oigo perfectamente el aire acondicionado.
Y entonces se le escapa media sonrisa corta, de las que solo pone la gente que no suele hacerlo.
—Podría despedirla ahora mismo por esa frase.
—Podría. —Cierro la carpeta con las dos manos para que no me tiemblen—. Pero entonces tendría que explicarle usted mismo a Lime por qué su campaña de primavera lleva mi letra en todos los márgenes.
Deja la carpeta sobre la mesa muy lentamente.
—La semana pasada compré una agencia por dieciocho millones. —Se inclina un poco hacia delante—. Llevo desde entonces intentando averiguar qué he comprado exactamente.
—¿Y ya lo sabe?
—Empiezo a sospecharlo.
Se me sube el calor por la garganta y le doy las gracias en silencio a esta blusa cerrada hasta arriba.
—Voy a ser directa —digo, porque si no lo digo yo esto se me va de las manos—. Sobre el sábado.
—No hemos hablado del sábado.
—Exacto. Y me gustaría no tener que hacerlo nunca. Yo no sabía quién era usted.
—Ya lo sé. Se negó a preguntármelo.
—Y usted no me lo dijo.
—Usted me pidió expresamente que no lo hiciera. —Ladea la cabeza—. Fue bastante insistente, si recuerdo bien.
Y ahí está otra vez ese medio milímetro de sonrisa que no le llega del todo a la boca. Me dan unas ganas terribles de tirarle la carpeta a la cabeza.
—Entonces estamos de acuerdo en que aquello no ha pasado.
—Yo no he dicho eso.
—Pues dígalo.
—No.
Lo suelta con una calma absoluta, sin moverse un centímetro, y a mí se me olvida durante dos segundos enteros qué venía a hacer a este edificio.
—Señor Holt.
—Señorita Vale.
—Usted firma mi nómina desde la semana pasada.
—Así es.
—Eso lo convierte todo en un problema muy grande.
—Eso lo convierte en un problema. El tamaño lo decidiremos más adelante.
Me levanto porque necesito estar de pie y poner algo de aire entre los dos. Él no se aparta, así que me quedo con la mesa detrás y con él delante, a medio metro.
Huele igual que el sábado, y esa información me resulta insoportablemente inútil.
—Voy a hacer mi trabajo —le digo, levantando la barbilla—. Y lo voy a hacer bien, porque lo hago bien desde antes de que usted comprara esta agencia.
—Cuento con ello.
—Y no voy a volver a subir a ninguna planta cuarenta y cuatro.
Baja los ojos a mi boca durante un segundo entero, sin prisa y sin disimulo, y después vuelve a subirlos.
—Anotado queda.
Cojo mi carpeta de la mesa. Al hacerlo, mi mano roza la suya y ninguno de los dos la aparta con la velocidad que sería razonable.
—¿Algo más? —pregunto, con una voz que me sale casi entera.
—Sí. —Rodea la mesa y se sienta por fin en su silla—. A partir del lunes pasa usted a reportar directamente a mí. Cuentas grandes e integración. Se lo comunicarán esta tarde.
Me quedo parada en mitad del despacho con la carpeta en las manos.
—¿Perdone? ¿Cómo dice?
—Ha oído muy bien.
—Eso significa que voy a trabajar con usted todos los días.
—Eso significa que va a trabajar para mí todos los días. —Abre el portátil sin mirarme—. Buenos días, señorita Vale.
Salgo, cruzo la recepción y espero al ascensor con la espalda recta y las mejillas ardiendo.
Dentro me despego la tarjeta de visitante de la blusa y me quedo mirándola.
La próxima vez ya no me darán una de estas.
Voy a tener tarjeta propia, con mi foto, para entrar en el edificio de un hombre al que le he visto la marca de mis dientes en el cuello.