Capítulo 8. Cassian
— Cuarenta y una personas. Cinco sobran.
Theo entra en mi despacho esa misma tarde sin llamar, con dos carpetas y esa cara suya de perro que ha traído algo del jardín.
—¿Según quién?
—Según los números. —Se sienta sin que se lo pida, porque lleva ocho años conmigo y ya no le queda educación—. Aunque tu padre diría que sobran ocho.
—No le he preguntado a mi padre.
—Ya lo sé. Lo digo por contexto.
Abre la carpeta por la página que ha decidido él y la gira hacia mí.
—Hay duplicidades con nuestro equipo de medios. Y está el tema de la directora de cuentas.
Levanto la vista del informe que no estaba leyendo.
—¿Qué tema?
—Que cobra como una directora de una agencia grande y trabaja en una pequeña. Fields le subió el sueldo dos veces en tres años. —Empuja la segunda carpeta hacia mí—. Su expediente. Cinco años ahí dentro, tres cuentas gordas, una de ellas la trajo ella sola.
La carpeta se queda a mitad de camino entre los dos.
—Lo lógico sería reestructurar el puesto. Sale más barato repartir su cartera entre dos personas nuestras y prescindir de ella.
—No. Ella se queda.
Lo digo antes de decidirlo, cosa que no me pasa nunca.
Theo espera con el bolígrafo levantado.
—Pasa a reportar directamente a mí. Cuentas grandes, integración y contacto con los clientes que hemos comprado.
—Eso es un ascenso.
—Eso es control. La única persona de ese edificio que sabe dónde está el dinero es esa mujer. Prefiero tenerla dentro que explicándole a Lime por teléfono por qué se ha ido.
—Entonces la mantenemos seis meses y en junio revisamos. Es lo que ibas a decir.
—No era lo que iba a decir.
—Perdona. Es lo que habrías dicho el año pasado.
Lo miro un segundo más de la cuenta.
Lleva ocho años conmigo y todavía no ha decidido si me admira o si me tiene miedo, y últimamente ha empezado a decidir una tercera cosa que no me gusta nada.
—¿Algo más?
—Te dejo el expediente.
—Déjalo ahí.
Sale y cierra la puerta.
La carpeta se queda encima de mi mesa, con la etiqueta impresa y probablemente muy completa. Sueldo, dirección, estudios, seguridad social, evaluaciones anuales y seguramente hasta cómo se llama su madre.
La aparto con dos dedos hacia el borde de la mesa y pongo encima el informe de Lime.
No pienso abrirla ahora, y me digo que es porque tengo cosas más urgentes.
Una hora después sigue ahí, cerrada, y yo sigo sin abrirla.
* * *
Al día siguiente, el restaurante lo ha elegido el padre de ella y la mesa mi padre, junto a la ventana, donde se ve quién entra y quién nos ve entrar.
Sloane Merrick llega puntual, con un vestido color hueso y el pelo recogido en algo que no se le va a mover en toda la tarde.
—Cassian. Qué puntual.
—Sloane. Igual que siempre.
Nos damos dos besos que no rozan nada.
Pide agua con gas y una ensalada, y cuando el camarero se va, se pone el bolso en las rodillas como quien se prepara para una reunión de veinte minutos.
—Mi padre quiere el anuncio el lunes que viene. Con fotografía en el jardín de Connecticut, porque allí sale mejor la luz.
—Que sea el lunes.
—¿Te va bien la fecha?
—Me da exactamente igual la fecha.
Asiente y anota algo en el móvil, y ese gesto me resulta razonable, correcto y absolutamente vacío.
Traen la comida y Sloane mueve la ensalada con el tenedor, se come dos hojas y no vuelve a tocarla en cuarenta minutos. Pide una copa de vino blanco a la una del mediodía y le da tres sorbos exactos. El hielo del vaso de agua se le derrite entero al lado sin que se dé cuenta.
Lleva un vestido caro y el cuerpo de una mujer que se cuida por contrato. Objetivamente, está muy bien.
No me provoca del todo nada, y eso también es un dato.
Hablamos de la lista de invitados, del fotógrafo y de si conviene dejar pasar el ruido de la compra de FRAME antes de dar la noticia.
En cuarenta minutos no me hace ni una sola pregunta sobre mí.
No es antipática, sino algo bastante peor: es perfecta. Tiene la conversación de alguien que ha aprendido a rellenar el tiempo sin dejar huellas. Llevo toda la vida rodeado de gente así, y hoy, por algún motivo, me está costando.
En la mesa de al lado, alguien pasa con una copa y me llega un olor a cítrico con algo especiado detrás.
Y se me va la cabeza entera a un ventanal, a unas piernas alrededor de mi cintura y al arco que hizo su columna al tocar el cristal frío.
Pierdo el hilo de lo que estaba diciendo Sloane.
El sábado por la noche, una mujer con las gafas resbalándose por la nariz calculó en voz alta lo que costaba una botella de mi champán. Y después me dijo a la cara que aguantaría tres minutos en la cama.
A mí nadie me habla así. En realidad, nadie me pregunta nada: me informan, me felicitan y me facturan.
—¿Cassian? ¿Me escuchas?
—Perdona. Decías lo del fotógrafo.
—Decía que mi padre quiere el mismo que hizo la portada de la revista. —Me mira con esa cortesía suya que no se le mueve nunca—. ¿Te parece bien?
—Me parece bien.
Se le nota el alivio en los hombros, medio centímetro, cuando el camarero trae la cuenta.
Los dos queremos irnos y ninguno lo dice, y en eso, por lo menos, estamos de sobra compenetrados.
—Nos vemos el jueves en la cena.
—El jueves.
Sale del restaurante con el paso recto y la barbilla alta, y en la puerta se detiene un segundo para ponerse las gafas de sol, aunque hoy está nublado.
* * *
En el coche, Theo me pasa el móvil con el informe de integración abierto.
—Los de Lime quieren garantías por escrito antes del viernes.
—Que las pida la agencia. —Le devuelvo el teléfono—. Necesito los números de esa cuenta encima de mi mesa mañana a primera hora. Márgenes, horas facturadas y quién toca al cliente.
—Eso lo tiene la directora de cuentas.
—Ya lo sé.
Theo me mira medio segundo de más y decide, sabiamente, no decir nada.
Fuera empieza a llover con esa lluvia de octubre que no moja, pero lo ensucia todo. Me quito la chaqueta porque en este coche siempre hace demasiado calor, y al doblarla veo algo en la solapa.
Un pelo largo y oscuro, enganchado en la tela.
Lleva ahí desde el sábado. Ha sobrevivido a una tintorería, a una reunión con el consejo y a un almuerzo con la mujer con la que van a comprometerme dentro de unos días.
Mi padre tiene una manera muy sencilla de recordarme quién manda. Si ejecuta el préstamo, Meridian sobrevive vendiendo lo pequeño. Y lo pequeño, desde la semana pasada, tiene cuarenta y un nombres y huele a ambientador de vainilla.
Debería quitarlo con dos dedos y bajar la ventanilla.
Lo enrollo, lo meto en el bolsillo interior de la chaqueta y miro por la ventanilla el resto del camino.
Llámalo control de activos.