Capítulo 7. Iren
— Ha venido con corbata.
Rob me intercepta a cuatro pasos del ascensor, el lunes a primera hora, con el móvil en una mano y un café en la otra.
—¿Quién ha venido?
—Emory. Corbata azul.
Me paro en seco en mitad del pasillo.
Emory Fields lleva veintidós años dirigiendo esta agencia y se pone corbata dos veces al año: en el funeral de alguien y cuando pasa algo grande.
—¿Azul o negra?
—Azul, azul.
—Entonces seguimos vivos.
—Iren, ha convocado a la oficina entera. Hasta a los becarios.
—¿Por correo?
—En persona, mesa por mesa.
Eso es peor que la corbata.
La oficina huele a moqueta vieja, a impresora caliente y al ambientador de vainilla que Marcus compra sin que nadie se lo pida.
—Alguien ha traído dónuts —dice Rob.
—¿Quién los trae?
—Los trae Marta.
—Marta trae dónuts dos veces al año.
—Ya. Lo sé.
Nos miramos los dos por encima de la caja abierta y ninguno coge ninguno.
Empujo a Rob hacia la sala grande y voy detrás haciendo lo que hago siempre que algo se mueve: contar.
Cuarenta y una personas en plantilla, tres cuentas grandes y dos préstamos que conozco porque los tengo en una hoja de cálculo que Emory no sabe que existe.
Nada de eso me sale a cero.
* * *
La sala grande no está pensada para cuarenta y una personas.
Los de diseño se sientan en el suelo. En medios cogen sillas de sus mesas y las meten de canto por la puerta. Marta, de contabilidad, se queda de pie junto a la ventana con la carpeta contra el pecho. Marcus cruza los brazos en la posición de quien ya se ha enterado de algo.
Emory entra con la corbata azul mal anudada y una carpeta que no llega a abrir en toda la reunión.
—Voy a hacer esto rápido, porque despacio no mejora. FRAME ha sido vendida.
El aire de la sala se queda quieto de una manera muy concreta.
—Cerramos el viernes por la noche. El comprador es Meridian.
Alguien suelta el aire como si le hubieran dado un puñetazo. Rob me busca con la mirada.
Meridian compró el año pasado dos agencias medianas de esta ciudad. De una sobreviven las siglas en un membrete y de la otra no ha quedado ni eso.
Levanto la mano, porque alguien tiene que hacerlo, y llevo cuarenta segundos ordenando la lista.
—¿Se mantienen los contratos del equipo?
—Sí, todos.
—¿Los tres meses que nos deben de la cuenta de Lime?
—También se pagan.
Lime es la marca de zumos más grande de la costa este y la cuenta que sostiene media planta. Si Lime se asusta, todo lo demás se cae detrás.
—¿Seguimos llamándonos FRAME?
Emory tarda un instante de más en contestar, y ahí está la respuesta entera.
—Eso lo deciden ellos.
Se me seca la boca. Cuarenta y un sueldos. Rob, que se compró un piso en marzo. Marta, con dos niños. Yo, con una clínica que vence esta semana.
—Emory. —Bajo la voz, aunque estamos delante de todos—. ¿Por qué no lo sabíamos?
—Porque si lo llegáis a saber, la mitad se va en febrero y no queda nada que vender.
—Eso no contesta a mi pregunta.
—Sí contesta. Lo que pasa es que la respuesta es fea.
Se pasa la mano por la cara y de repente parece un hombre de sesenta y ocho años en lugar de un jefe.
La impresora del pasillo elige ese momento exacto para ponerse en marcha, y durante diez segundos nadie dice nada por encima de ese ruido.
—El director general de Meridian viene el jueves —añade Emory—. Quiere ver la agencia y conocer al equipo. —Me busca con la mirada—. Sobre todo a la directora de cuentas.
Cuarenta cabezas se giran hacia mí a la vez.
—Encantada —digo, con la mejor sonrisa de reunión que tengo en el catálogo.
* * *
El martes y el miércoles la oficina trabaja como se trabaja en un velatorio: en voz baja y mirando la puerta.
Yo hago lo que sé hacer. Actualizo las cifras de las tres cuentas grandes, preparo respuestas para preguntas que todavía nadie me ha hecho y busco al comprador por las noches, desde el sofá, con un té que se me enfría sin que lo toque.
Meridian se fundó hace once años, trabaja con capital privado y compra empresas con una agresividad que su web disimula a base de espacio en blanco. La página de dirección tiene tres fotos de hombres con traje y ninguna del director general.
Qué gente tan discreta.
El vestido de la fiesta sigue colgado en el respaldo de una silla de mi cuarto. Dos noches me despierto con un olor en la memoria que no viene a cuento entre semana.
—Hoy no —le digo a mi reflejo el jueves por la mañana.
* * *
El jueves tengo diecinueve minutos entre el aviso de recepción y su llegada, y los uso como una profesional.
Reviso las cifras de Lime, imprimo el resumen de las tres cuentas grandes y repaso mis notas por tercera vez.
En el baño me lavo las manos y me subo las gafas, y me miro tres segundos, que es todo el tiempo que me permito para estas cosas.
Vuelvo a la sala con la carpeta bajo el brazo y me siento en la silla que da a la puerta. En veintiséis reuniones difíciles he aprendido que esa silla la gana quien llega primero.
Marta entra detrás de mí y se sienta a mi lado.
—¿Tú qué crees? —susurra.
—Que si nos quisieran cerrar, no vendrían a conocernos.
—¿Eso te lo crees?
—Me lo creo hasta que se abra esa puerta.
Se abre la puerta.
Entra Emory hablando demasiado, con esa voz que pone cuando está nervioso, y detrás entra un hombre alto con traje oscuro que le escucha sin escucharle.
Se me cae el bolígrafo al suelo.
Reconozco la nariz torcida y esos hombros que ocupan más sitio del que deberían. Y sobre todo esa calma insoportable de quien tiene toda la noche por delante.
Nuestros ojos se encuentran por encima de la mesa de reuniones y en su cara no se mueve por completo nada. Ni una ceja, ni un músculo.
—Os presento a Cassian Holt —dice Emory—. Director general de Meridian.
Así que se llama Cassian.
Cinco días después de dormirme encima de él, me entero de su nombre en una sala de reuniones con cuarenta personas mirando.
—Señorita… —Baja los ojos a la carpeta que le tiende Emory, como si necesitara consultarlo—. Vale, ¿verdad?
Tiene la voz igual que el sábado.
Y sabe perfectamente cómo me llamo, porque acabo de ver que esa carpeta está cerrada.
—Iren Vale. —Me levanto para darle la mano, porque las piernas todavía me funcionan—. Directora de cuentas.
Me da la mano. La suya está caliente y seca, y el apretón dura exactamente lo mismo que duraría con cualquier otra persona de esta sala.
Esa mano estuvo en mi nuca el sábado. La información me sube por el brazo sin pedir permiso, y la aplasto antes de que me llegue a la cara.
—Un placer.
—El placer es mío, señor Holt.
Lo suelto con el usted por delante, como quien pone una mesa entre los dos.
Se le mueve la comisura de la boca medio milímetro, y en esta sala no lo ve nadie más que yo.
—Empecemos por las cuentas grandes. —Se sienta en mi silla, la que da a la puerta—. Tengo entendido que Lime es cosa suya.
Recojo el bolígrafo del suelo con toda la dignidad que soy capaz de reunir, me siento en la que queda, la de espaldas a la salida, y abro la carpeta.
—Es cosa mía, sí.
—Perfecto. —Junta las manos sobre la mesa—. Cuéntemelo todo desde el principio.