Capítulo 6. Iren
M e despierto porque me pesa un brazo en la cintura.
No es mi brazo, no es mi almohada y desde luego no es mi techo, que tiene una mancha de humedad con forma de Portugal desde hace dos años.
Este techo está impecable.
Abro los ojos del todo y el resto de la información me entra de golpe.
Sábanas grises carísimas. Una ventana sin cortinas del tamaño de una piscina. Luz de las seis y media de la mañana.
Y un hombre dormido a mi espalda con la cara metida en mi pelo.
Se me dispara el pulso antes de que el cerebro llegue a ninguna conclusión.
No sé cómo se llama.
Ese es el pensamiento entero, y llega con una nitidez terrible. He dormido con un hombre cuyo nombre no sé, en una casa cuya dirección tampoco. Y ni siquiera le he preguntado a qué se dedica, más allá de comprar edificios como quien compra fruta.
Yo no hago estas cosas.
Soy la que llega quince minutos antes a todas partes. La que lee los términos y condiciones enteros. La que hizo una hoja de cálculo para decidir si le convenía cambiar de compañía de móvil.
Y anoche subí a la planta cuarenta y cuatro con un desconocido porque soltó un vaso.
Me quedo muy quieta, mirando ese techo perfecto, y repaso la noche como quien revisa un informe buscando el error.
Lo encuentro enseguida, porque está a la vista y tiene forma de copa.
Una copa de champán con frambuesa y un martini que ni siquiera pedí bien. Con eso me bastó para confundir a un multimillonario con un camarero, quedarme a hablar con él y luego subir once plantas sin pedir explicaciones.
Dios. Le dije lo de los tres minutos.
Y encima le pedí que me enseñara las vistas, con una voz que no sabía que tenía. Y él ni siquiera fingió no entenderlo.
Me arden hasta las orejas. Me muero de vergüenza.
Oh, dios, y las palabrotas de sexo. No, no, no… ¿Que lo he hecho?
Se acabó el alcohol en las fiestas de trabajo. Se acabaron las apuestas de Priya. Y se acabó dejar que otra persona decida lo que me hace falta, por mucha razón que lleve trece años teniendo.
Detrás de mí respira sin prisa y regular, con el brazo pesado y caliente sobre mi cintura.
Y una parte de mi cuerpo que no está tomando decisiones ahora mismo quiere quedarse exactamente donde está.
Por eso me levanto.
* * *
Salgo de debajo de su brazo un centímetro cada vez, como quien desactiva una alarma.
Él se remueve, murmura algo contra la almohada y vuelve a caerse dentro del sueño. Tiene la marca del chupetón en el cuello, roja y muy bien visible, y sentir orgullo por eso a las seis y media de la mañana no dice nada bueno de mí.
Encuentro mi ropa interior debajo de la mesa baja. El vestido está en el suelo del salón, hecho una bola triste junto a un botón suelto que no es mío.
—Buenos días —dice una voz detrás de mí, y casi me muero.
Me giro con el vestido a la altura de las rodillas.
Es una señora de uniforme, con un carrito de limpieza y unos cincuenta años. Me mira con la naturalidad de quien lleva veinte años entrando en casas ajenas a las seis y media.
—Vengo los domingos a las siete —añade—. Puedo volver luego.
—No, no. Ya me iba.
—Tranquila, hija.
Y se mete en la cocina con el carrito, tarareando.
Me deja terminar de vestirme en el salón de un hombre cuyo nombre no sé, con una desconocida fregando a diez metros.
Me visto de pie, a saltitos, peleándome con la cremallera de la espalda y con mi propia respiración.
Las gafas están sobre la mesa, dobladas con un cuidado que no recuerdo haber puesto yo.
Ese detalle me para dos segundos enteros.
Alguien me las quitó anoche y, en vez de dejarlas donde cayeran, las dobló y las puso derechas encima de la mesa.
No pienso analizar ese gesto ahora, ni más adelante, ni nunca.
Busco mi bolso, mi móvil y un zapato que ha terminado debajo del sofá. En la encimera de la cocina hay dos vasos de agua, uno vacío y otro lleno hasta arriba, y el lleno me revuelve algo por dentro sin permiso.
Me pongo los zapatos en el ascensor, no en el salón, porque los tacones en ese suelo suenan como disparos.
En el espejo me veo entera de arriba abajo. El pelo imposible, el rímel de ayer, la marca de una boca en la clavícula. Y una cara de veintiocho años que no reconozco del todo.
—Enhorabuena —le digo a mi reflejo—. Muy profesional.
En la planta treinta y uno se para.
Entra una señora de unos setenta años con un albornoz del hotel de al lado, un perro pequeño debajo del brazo y dos periódicos.
Me repasa el vestido, los zapatos, que llevo mal abrochados, y por último el pelo.
—¿Sube o baja?
—Bajo, bajo.
—Ya lo veo, hija. —El perro me olisquea el codo—. ¿Merecía la pena?
Me quedo callada tres pisos enteros.
—No lo sé.
—Eso es que sí. —Se coloca los periódicos debajo del otro brazo—. Cuando no merece la pena, se sabe en el ascensor.
Las puertas se abren en el vestíbulo y sale delante de mí con el perro, sin despedirse, como quien acaba de cerrar un expediente.
El portero de noche levanta la vista del mostrador. Me da los buenos días con la neutralidad de quien ve salir a mujeres con vestido de fiesta seis mañanas por semana.
—¿Le pido un coche, señorita?
—No, gracias. Voy en metro.
Me mira los zapatos, luego la calle y luego otra vez los pies.
—Hace seis grados y la parada está a cuatro manzanas, a la derecha. —Se levanta y me abre la puerta—. Hay una cafetería que abre a las siete en la esquina, por si le hace falta.
—Gracias. Muy amable.
Salgo antes de que se me note nada en la cara.
* * *
La calle está fría y vacía, con esa luz azul que tiene Manhattan antes de que abran las cafeterías.
Camino tres manzanas antes de pararme, porque el zapato izquierdo me está destrozando el pie.
Me apoyo en una farola y me llevo la mano al pelo para apartarme el flequillo.
Y ahí está el problema.
Tengo un olor en los dedos. Algo cálido, con un fondo de madera oscura que se me queda pegado en la garganta. Se me quedó anoche cuando le agarré la camisa.
No es colonia cara. Es simplemente él, y eso, por algún motivo, resulta mucho peor.
Lo identifico en tres segundos y aparto la mano en otros tres.
Me suena el móvil dentro del bolso y doy un salto en mitad de la acera.
En la pantalla aparece el nombre de Juno.
—¿Estás despierta? —dice, con voz de no haber dormido.
—Estoy en la calle.
—¿A las siete menos cuarto de un domingo?
—Estoy volviendo de una cosa del trabajo.
Se hace un silencio de tres segundos, y en ese hueco mi hermana pequeña me lee entera.
—Ya. Una cosa del trabajo.
—Juno, no empieces.
—Yo no he dicho nada. —Se oye una cafetera al otro lado—. Llamaba para preguntarte si mamá tiene la revisión el martes o el miércoles.
—El martes a las once.
—Vale. Iren.
—¿Qué pasa?
—Que me alegro de que tengas cosas del trabajo.
—Adiós, Juno.
—Adiós, pesada.
Cuelgo y me quedo con el teléfono en la mano.
Tengo además cuatro mensajes de Priya, dos de Dave y una alarma de las siete que no ha llegado a sonar.
Priya: dime que estás viva.
Priya: dime que estás viva y que ha valido la pena.
Priya: no me hagas ir a comisaría con tu descripción, porque lo único que puedo decir es que llevaba traje.
Priya: buenos días, delincuente.
Le escribo con el pulgar mientras camino.
Iren: estoy viva. No preguntes.
La respuesta llega antes de que guarde el teléfono.
Priya: ¿nombre?
Me quedo mirando la pantalla en mitad de la acera, con el vestido de anoche y un pie destrozado, a las siete menos cuarto de la mañana de un domingo.
Iren: no.
Priya: ¿no te lo dio?
Iren: no se lo pedí.
Los tres puntitos aparecen y desaparecen cuatro veces. Cuando por fin contesta, es una sola línea.
Priya: eso no lo has hecho en tu vida.
Guardo el teléfono y sigo andando hacia el metro, porque un taxi son cuarenta dólares y yo sigo siendo la misma mujer que hace las cuentas.
Ocho millones de personas en esta ciudad. La probabilidad de volver a verlo es prácticamente cero, y esa es exactamente la parte que se supone que tiene que gustarme.
Me repito esa frase hasta la boca del metro, y casi consigo creérmela.