Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 5. Cassian
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Capítulo 5. Cassian

L a llevo al sofá porque el dormitorio queda al final de un pasillo y yo no tengo tanta paciencia.

El salón está a oscuras. La ciudad encendida al otro lado del cristal es la única lámpara, y le pinta la piel de un dorado que ningún electricista sabría repetir.

Me arranco la camisa y salta un botón que rueda por algún sitio del salón.

No pienso buscarlo en toda mi vida.

Me repasa desde abajo sin ninguna vergüenza: el pecho, los hombros y bastante más abajo.

—Vaya, vaya.

—¿Vaya qué?

—Que el traje escondía cosas.

A mí me hablan por el apellido y con dos verbos de cortesía por frase. Esta mujer me habla como si acabara de abrir un paquete.

Le engancho los dedos en la ropa interior y se la bajo por las piernas sin dejar de mirarla a la cara. Está empapada, y lo compruebo con dos dedos antes de decirlo.

—Esto es lo más sincero que me has dicho en toda la noche.

—Cállate. —Se le rompe la voz en la segunda sílaba.

—Abre las piernas.

Las abre sin dejar de mirarme, con una obediencia que tiene la mitad de guerra y la mitad de rendición, y eso me aprieta algo en la base de la columna.

—Los ojos. Mírame.

Y me mira sin pestañear.

Le paso la lengua por el centro, lento y entero, y echa la cabeza atrás con un gemido.

—Los ojos aquí arriba. —Espero a que vuelva a bajar la vista—. Así. Buena chica.

El elogio le recorre la piel y se le nota en los muslos, en cómo aprietan alrededor de mi cabeza. Archivo el dato de inmediato, porque una información así vale una fortuna.

Y dejo de portarme bien.

La trabajo con la boca y con dos dedos, buscando el ritmo que la rompa. La leo por dónde respira: qué la moja más, qué la hace maldecir, qué le corta el aire por la mitad.

—Ahí. —Me clava los dedos en el pelo—. Dios, ahí.

—¿Aquí? —Aparto la boca un milímetro, solo por oírla protestar.

—Sabes perfectamente que ahí. No pares.

—Pídelo entero.

—Por favor. —Lo gruñe, y como no tiene mi nombre para maldecirlo, maldice al techo—. Sigue.

Ese “por favor” me la pone más dura.

Vuelvo sin ninguna tregua hasta que se le rompe el ritmo de las caderas, y cuando se corre intenta taparse la cara con el brazo.

—Ni se te ocurra. —Se lo aparto de un tirón—. La cara. Quiero la cara.

Y me la da: se corre mirándome, abierta y empapada, con un gemido ronco que no lleva ningún nombre dentro.

Mucho mejor así, porque los nombres se gritan en todas las camas de esta ciudad y esto no está pasando en una cualquiera.

Subo por su cuerpo y le meto la lengua en la boca para que se pruebe. Gime otra vez, y le gusta probarse. Eso también me lo quedo.

Entonces me empuja el hombro y me gira con un movimiento de caderas. Se me sienta encima, con las rodillas a los lados y el pelo hecho un desastre que le queda de escándalo.

—Ahora mando yo.

—Adelante. Veamos qué sabe hacer la dirección nueva.

Me abre el cinturón, me baja la cremallera y, cuando me rodea con la mano, se me escapa un sonido que no reconozco como mío.

—Vaya. —Levanta una ceja sin soltarme—. Ahora entiendo lo del ego.

—El ego era de antes de conocerte. Esto ya es esperanza.

Se ríe conmigo en la mano, apretando justo donde hay que apretar, y no debería ser lo más erótico que me ha pasado en años, aunque lo es.

Encuentra el envoltorio en mi cartera sin pedir permiso y lo abre con los dientes. Me lo pone ella misma, sin prisa y mirándome, hasta dejarme a un latido de hacer el ridículo como un crío de veinte años.

—¿Algo que declarar?

—Sí. Baja.

Y baja despacio, tomándome entero, apretada y caliente, y se me borra el vocabulario de golpe. Se queda quieta arriba un segundo, con los ojos cerrados y la boca abierta.

—Dios. Estás por todas partes.

—Muévete para mí.

—¿No mandaba yo?

—Estoy delegando. —Le agarro las caderas—. Muévete.

Y se mueve como si llevara toda la noche esperando el permiso.

No me regala terreno ni una sola vez. Le marco el ritmo, me lo roba, se lo recupero, me lo vuelve a robar. El ventanal nos devuelve el reflejo de las dos sobre la ciudad encendida y no sé cuál de las dos imágenes me pone más.

—¿Sabes lo que llevo pensando toda la noche?

—Ilústrame, anda.

—Esto exactamente. Tú debajo. —Se inclina y me habla al oído—. Callado, por fin.

—Estás tan apretada que se me olvida el idioma.

—Pues no hables. —Y me muerde el cuello, fuerte, donde mañana va a haber una marca—. Ya hablo yo.

Y habla. Dice cosas que ninguna de las mujeres educadas de mi mundo diría en voz alta, con esa boca lista que lleva toda la noche ganándome.

Cada palabra me acerca al borde más rápido que cualquier movimiento.

En algún momento le cojo la mano y le beso el interior de la muñeca, justo donde late el pulso.

Es un gesto absurdo que no pega con nada de lo que estamos haciendo.

Se queda quieta medio segundo y me mira.

—¿Eso qué ha sido?

—Ni idea. No me mires.

—Te estoy mirando.

—Ya lo veo. —Y le devuelvo una embestida desde abajo, honda, que le roba el aire y la discusión.

La noto apretarse a mi alrededor, cada vez más, con el ritmo rompiéndose. Le busco el punto exacto con el pulgar, ahí donde hace un rato estaba mi lengua.

—Córrete conmigo.

—No me des órde…

—Córrete. Conmigo.

Y obedece y desobedece a la vez, que por lo visto es su especialidad. Acaba con un sonido roto contra mi oído, apretándose entera y arrastrándome con ella.

Me vacío con la boca pegada a su hombro y las manos clavadas en sus caderas.

En quince años no me había pasado algo así: no controlo el final de nada.

Tampoco me importa demasiado.

*

Terminamos los dos en el suelo, y no tengo ni idea de cómo hemos llegado hasta aquí abajo.

Ella se ríe bajito, para sí misma, de algo que no me cuenta.

—¿Qué te hace gracia?

—La marca. —Me señala el cuello con la barbilla, muy satisfecha—. Mañana vas a tener que dar explicaciones en alguna reunión.

—No doy explicaciones a nadie.

—Ya. Pues el que no da explicaciones tiene un chupetón.

Me río, que es la tercera vez esta noche, y llevaba años sin batir ese récord.

Se levanta a por su copa, que se quedó a medias en la mesa hace media hora, y bebe de pie, desnuda, delante de un ventanal de cuarenta y cuatro pisos.

No se tapa, no se disculpa y no busca por el salón nada con lo que cubrirse.

Y hace una cosa que no le he visto hacer a nadie en esta casa: mira la ciudad como si fuera suya.

Es la primera persona que entra aquí y no me pregunta cuánto costó el apartamento.

—Por cierto —dice, sin girarse—. Retiro lo de los tres minutos.

—Anótalo por escrito.

—Ni loca. Lo negaría en un juicio.

Vuelve al suelo, se sienta a mi lado apoyada en el sofá y me pasa la copa. Bebo yo también, que es lo segundo que hago esta noche contra mis propias reglas.

—¿Cuánto tiempo tengo? —le pregunto.

—¿Para qué?

—Para corregir tus reglas. Has dicho nada de mañana, y todavía es hoy.

Mira el reloj de la pared, que marca la una y veinte, y se muerde el interior de la mejilla mientras calcula.

Esta mujer hace cuentas hasta desnuda en el suelo de mi salón.

—Cuatro horas y cuarenta minutos.

—Me sobra con dos.

—Presumido, además.

—Dame las cuatro y cuarenta y luego hablamos.

Más tarde, cuando ya se ha dormido, me quedo despierto con el brazo debajo de su cuello y el peso de su cabeza cortándome la circulación.

No pienso moverla ni un centímetro.

En quince años he echado de esta casa a todas las mujeres que han pasado por ella, con un coche abajo y una frase educada, y no recuerdo ni una sola cara.

De esta voy a acordarme entero: de cómo ha mirado mi estantería, de cómo ha dicho tres minutos y del ruido que ha hecho cuando le he besado la muñeca.

Y de que mañana, cuando se vaya, no voy a saber cómo se llama ni cómo encontrarla.

Eso último me tiene despierto hasta las cuatro y media.