Capítulo 4. Cassian
L as puertas del ascensor se abren y ella no se mueve del sitio.
Se queda mirando mi salón con la barbilla alta, haciendo inventario como quien tasa un local antes de firmar el alquiler. Yo miro lo que le hace el vestido cuando se gira: se le ajusta un segundo en las caderas y vuelve a caer.
—Ventanas grandes.
—Es lo que se compra en esta ciudad. Metros de cristal y algo de silencio.
—Y ninguna cortina.
—Planta cuarenta y cuatro. El único que podría mirar es un helicóptero.
—Qué tranquilizador.
Entra sin esperar a que la invite, cosa que le agradezco en el alma, y camina hasta el ventanal con los tacones sonando en el suelo.
Deja el bolso en el sofá con un cuidado extraño, como si el sofá pudiera pasarle una factura.
—¿Vives aquí o lo alquilas para las fotos?
—Vivo aquí.
—No lo parece.
—¿Por qué lo dices?
—No hay nada tuyo. —Señala la estantería con la barbilla—. Esos libros están puestos por altura. Nadie los coloca así si los lee.
Miro mi propia estantería como si la viera esta noche por primera y última vez.
Los colocó así el estudio de interiorismo hace tres años y no he movido ni uno.
—Los ordenó otra persona.
—Ya lo sé. Se nota desde la puerta.
Lleva el recogido deshaciéndose desde la terraza. Lleva un mechón suelto por la nuca y yo llevo veinte minutos calculando cuánto tardaría en soltarle el resto.
Sirvo agua para los dos, porque necesito hacer algo con las manos y esta noche pienso acordarme de todo.
—¿Agua sin más?
—Agua sin más.
—Menuda fiesta salvaje organizas aquí arriba.
—Le he alquilado a la ciudad cuarenta pisos de fiesta salvaje. En esta planta se me acaba el presupuesto.
—Y la hospitalidad.
—Mi hospitalidad tiene horario, y son las doce y media.
Bebe con los ojos cerrados un instante, y ese gesto tan pequeño me molesta más que el vestido entero, porque un escote se entiende y esto no.
Deja el vaso, se quita las gafas y las limpia con el borde del vestido, con una eficiencia doméstica que no pega nada con esta casa.
Vuelve a ponérselas y me mira de frente.
—¿Y bien?
—¿Y bien qué?
—El plan. Llevamos una hora hablando de arquitectura.
Aquí es donde tendría que decir algo elegante.
—Llevo toda la noche pensando en tu boca. Y llevo una hora comportándome como un caballero, esfuerzo que no puedo sostener indefinidamente.
Suelta el aire por la nariz, medio risa y medio insulto.
—Los caballeros no lo anuncian.
—Los caballeros tampoco piden lo que quieren.
—Vaya. Un hombre con teoría.
Le brillan los ojos detrás de las gafas, y ese brillo no lo enseña a propósito.
—Un hombre con prisa.
Cruza los brazos, movimiento que le sube el pecho un centímetro y que yo registro sin la menor discreción.
—Me estás mirando el escote.
—Te estoy mirando toda la parte de arriba. El escote va incluido.
—Al menos eres honesto.
—Soy carísimo, pero honesto.
Se ríe de verdad esta vez, con la cabeza echada atrás, y le miro los labios y quiero poner la boca exactamente ahí.
Da dos pasos hacia mí. No corre ni titubea: camina como quien entra en una reunión que ya tiene ganada.
—Una cosa antes.
—Dime cuál.
—Hacemos una regla: nada de nombres, ni teléfonos, ni mañana.
Nadie ha entrado nunca en esta casa sin decirme antes su nombre y su cargo. Ella lo pone como condición para quedarse.
—¿Y si mañana quiero renegociar?
—Los hombres como tú siempre negocian una prórroga. No va a pasar.
—Los hombres como yo cumplimos lo que firmamos. Otra cosa es que me guste.
—No tiene que gustarte. Solo tiene que cumplirse.
La agarro por la nuca y la beso antes de que le dé tiempo a añadir otra cláusula.
Sabe a champán y a la fiesta que no se ha bebido. Me agarra la solapa con las dos manos y tira.
Ese tirón me dice más de ella que toda la conversación anterior: no ha subido aquí para que la convenzan de nada.
Le suelto el pelo de un tirón y le cae por los hombros, oscuro y más pesado de lo que parecía. Hace un sonido bajo contra mi boca que me va directo a la polla.
—Te he arruinado el peinado.
—Llevaba arruinado desde las once.
La levanto y me rodea la cintura con las piernas, con el vestido subiéndosele por los muslos, y la llevo contra el ventanal. La espalda toca el cristal frío y ella arquea la columna con un jadeo que pienso conservar el resto de mi vida.
—¿Sí, qué?
—Si vas a pedir permiso para cada cosa, no acabamos ni el martes.
—Cuidado con lo que pides. —Le muerdo el lóbulo de la oreja y noto cómo se le eriza la piel—. Puedo tenerte hasta el martes.
—Eso son promesas de vendedor.
—Yo no prometo nada. Firmo.
Le busco la cremallera y me falla el pulso en el enganche durante dos segundos completos, cosa que no me pasaba desde los diecisiete años.
—¿Nervioso, jefe?
—Concentrado. Es distinto.
—Ya se ve.
Bajo la cremallera de un tirón, por castigo, y el vestido le cae hasta la cintura. Debajo lleva muy poco, y ese poco es negro y sin ninguna intención de impresionar a nadie, lo cual empeora bastante mi situación.
Me tomo un segundo largo para mirarla entera. Ella me sostiene la mirada mientras lo hago, sin taparse y sin bajar la barbilla.
—Eres preciosa.
Lo digo como quien lee un dato de un balance, porque es exactamente eso.
—No hables. —Me muerde el labio de abajo—. Hazlo.
—Pienso hacer las dos cosas a la vez.
La giro de cara al cristal, le pongo las palmas abiertas contra el ventanal y le termino de quitar el vestido. Me arrodillo detrás para sacárselo de los pies y, de camino arriba le muerdo el interior del muslo, y se le corta el aire de golpe.
—Toda la ciudad ahí abajo —murmuro contra su piel—, y las mejores vistas de esta casa las tengo yo.
—Esa frase es malísima. ¿Te funciona con alguien?
—No lo sé. Nunca la había dicho.
Y encima es cierto, cosa que a mí no me pasa desde hace años.