Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 3. Iren
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Capítulo 3. Iren

E l tallo frío del cristal se me desliza entre los dedos y lo agarro sin mirar, porque estoy escribiendo la última cifra con el pulgar.

—Ya está, Dave. Ábrelo y no toques nada más esta noche.

—¿Y si el cliente vuelve a llamar?

—Le dices que la diapositiva tres la firmo yo. Buenas noches.

Cuelgo, levanto la cabeza dispuesta a beberme ese martini de un trago y la frase que iba a decir se me atasca en la garganta.

No hay ninguna bandeja.

Y lo que tengo en la mano no es ningún martini. Es una copa de champán.

El hombre está apoyado en la barandilla de mármol con esa postura perezosa que se ensaya en los despachos grandes. En una mano sostiene un vaso ancho de whisky. Con la otra acaba de soltar mi copa.

Levanta el vaso unos centímetros y roza el mío. El cristal suena limpio.

—Por el pobre desgraciado que había al otro lado de tu teléfono.

Tiene la voz baja y tranquila, todo lo contrario del ataque de nervios que llevo yo encima desde hace media hora.

Y entonces me acuerdo de la manga.

Bajo los ojos a su muñeca y esta vez sí lo miro de verdad. Esa esfera la conozco: me pasé una semana entera montando una campaña para esa marca, con foto a doble página y un titular sobre generaciones y herencias.

Sé lo que cuesta ese reloj hasta el último cero: más que mi coche, mi sofá y tres años de universidad de mi hermana.

Los camareros no llevan eso en la muñeca. Tampoco sostienen un whisky con la mano izquierda mientras trabajan.

Mierda. No es del catering.

Se me sube el calor a la cara con una velocidad humillante.

—Lo siento muchísimo.

—¿El qué?

—Acabo de mandarte a por una copa.

—Y he ido.

Lo dice tranquilo, sin ninguna ofensa, como quien confirma un dato.

—Pensaba que eras del servicio.

—Lo sé.

—Y no me has dicho nada.

—Habrías dejado de trabajar. —Bebe—. Era la primera vez en toda la noche que veía a alguien hacer algo útil en esta terraza.

Bajo la copa de golpe, sintiéndome la mayor idiota de Nueva York.

—Voy a entrar antes de pedirte también unos canapés.

—No huyas.

Da un paso hacia mí sin ninguna prisa por disimularlo, y me quedo con la barandilla en la espalda y el aire entre los dos a otra temperatura.

—Me debes una propina doble —añade.

—Te hago una transferencia mañana.

—Prefiero en especie.

—¿En canapés?

—En conversación. —Ladea la cabeza—. Llevas media hora escondida detrás de una planta de plástico. Alguien tendría que investigar eso.

Me agarro al sarcasmo como quien se agarra a un flotador.

—Estaba salvando a un cliente de su propia incompetencia.

—¿Y por qué aquí fuera?

—Porque ahí dentro hay mucha gente fingiendo ser más lista de lo que es. Muchos egos y poco oxígeno.

—Y aun así has venido.

—Me manda mi jefe. A los jefes se les dice que sí y luego se les evita durante cuatro horas.

Se ríe con la garganta, muy bajo, y ese sonido me llega a un sitio que prefiero no identificar esta noche.

Sus ojos me recorren la cara, bajan por el cuello y suben otra vez sin la menor intención de disimularlo.

Y huele bien. No a esa nube empalagosa que llevan los ejecutivos de dentro, sino a café fuerte y a algo suyo, cálido, que me pone más nerviosa que cualquier colonia de trescientos dólares.

—Tengo una pregunta —dice.

—Van dos ya.

—Esta es la buena. Si tan bien lees a la gente, ¿cuál es tu veredicto sobre mí?

Su cercanía me apaga el cerebro entero.

Piensa, Iren. Di algo frío. Habla de negocios y demuestra que eres una profesional.

—Mi veredicto. —Levanto la barbilla con una seguridad completamente falsa—. Eres una mala inversión de tiempo. Mucho capital inicial y una presentación impecable, pero la rentabilidad decepciona. De los que prometen toda la noche y a los tres minutos ya han terminado.

Se le oscurece algo en la cara, y no es enfado.

¿Tres minutos? ¿Rentabilidad? Iren… Cierra la boca ahora mismo.

Acabo de evaluarle el rendimiento en la cama usando vocabulario de Wall Street. Culpa del champán, de los nervios y de que este hombre huele a café.

El silencio se estira tanto que me oigo el pulso en los oídos.

Y entonces sonríe con una lentitud oscura y absolutamente devastadora.

—Tres minutos.

—No he dicho tres.

—Has dicho tres.

—He dicho aproximadamente.

—Has dicho tres, y lo has dicho con mucha seguridad para no tener datos. —Da otro paso, tan cerca que noto su aliento en la mejilla—. ¿En qué te basas?

—Trabajo con proyecciones.

—Las proyecciones se corrigen con resultados reales.

—Los resultados reales suelen ser peores. Por eso existen las proyecciones.

—Depende del activo.

—Todos los activos dicen eso de sí mismos.

Baja la mirada a mi boca y la deja ahí un segundo largo, sin ninguna prisa, como quien revisa una cláusula.

—Algún día tendré que enseñarte mis números verdaderos.

Se me olvida qué estaba haciendo con las manos. El corsé aprieta y yo respiro fatal, y ninguna de las dos cosas tiene ya relación con el vestido.

Le miro la boca yo también. Me pillo haciéndolo y no me da tiempo a arreglarlo.

Un camarero pasa entre los dos con una bandeja en alto y nos separa dos segundos, que es justo lo que me salva la vida.

—Voy a necesitar aire.

—Estamos al aire libre.

—Pues más aire.

Me giro hacia la barandilla y él se apoya a mi lado, a un metro de distancia, y nos quedamos los dos mirando la ciudad para no mirarnos.

—¿Y tú qué haces aquí fuera? Ahí dentro está todo el mundo.

—Mi fiesta lleva cuarenta pisos funcionando sin mí.

Me giro hacia él muy lentamente.

—¿Tu fiesta?

—La factura viene a mi nombre, así que supongo que sí.

—Qué frase tan trabajada. ¿La ensayas delante del espejo?

—Sale sola cuando pagas la factura. —Señala con la barbilla el edificio de enfrente, el de la fachada iluminada de blanco—. Ese lo compramos en marzo.

—Enhorabuena por el ladrillo.

—Y el de al lado, el de la terraza con árboles.

—¿Me estás enumerando tus propiedades?

—Te estoy enumerando el barrio.

—¿Para qué?

—Para saber si te impresionas.

Me giro a mirarlo. Tiene media sonrisa y los ojos muy tranquilos, y que lo admita sin pestañear resulta bastante más peligroso que si lo disimulara.

—No me impresionan los edificios. Trabajo con marcas que se gastan tu edificio entero en un anuncio de treinta segundos.

—¿Y qué te impresiona?

—Que alguien haga bien su trabajo. Es más raro de lo que parece.

—Entonces te va a gustar mi casa.

—Vaya. Ahí estaba el remate.

—Está once plantas más arriba y tiene las mejores vistas del edificio.

Deja el vaso en la barandilla y esta vez lo suelta del todo, sin sujetarlo con dos dedos.

—Aunque las de aquí abajo tampoco están mal esta noche.

Se me seca la boca de una forma completamente ridícula.

Este hombre acaba de soltar el vaso que no ha soltado en toda la noche, y de repente eso me parece la información más importante de Manhattan.

—Pues enséñamelas.

—¿El qué?

Lo sabe perfectamente y lo pregunta para que lo diga yo.

—Las vistas.

El ascensor privado está detrás de una puerta de cristal que no da a ninguna cocina.

Dentro cabemos los dos y poca cosa más. Huele a él, a algo cálido con un fondo de piel limpia y de madera oscura que no sé nombrar y que me sube por la nuca.

Las puertas se cierran y los números empiezan a subir.

Me subo las gafas por el puente de la nariz, que con el calor se me resbalan siempre, y encima me tiemblan los dedos, cosa francamente ridícula a mi edad.

—Estás nerviosa.

—Estoy calculando.

—¿El qué?

—Cuántas plantas quedan.

Alza los ojos al panel de números, muy serio, como si le hubiera hecho una consulta técnica.

—Quedan once.

—Muchas gracias.

—De nada.

Levanta la mano y me quita una copa que ya no llevo, en un gesto tan automático como absurdo, y por el camino sus dedos me rozan la muñeca.

Y se quedan ahí, justo encima del pulso, un segundo más de lo necesario.

Lo nota de sobra, porque no aparta la mano y a mí se me va el aire de una forma que se oye en un espacio tan pequeño.

—Cuarenta y uno —dice muy bajo.

—¿Cuarenta y uno qué?

—Latidos por minuto de más. Deformación profesional.

—Eso no se puede contar así.

—Cuenta tú.

Y me pone dos dedos en la muñeca, del revés, para que se la coja yo.

Le miro la boca sin haberlo decidido en ningún momento.

El móvil me vibra dentro del bolso y lo saco por costumbre, con la muñeca todavía atrapada entre sus dedos.

Priya: te he visto desde la barra dos. Llevas veinte minutos, o sea que el viernes invito yo. Ni se te ocurra contestarme esta noche.

Meto el teléfono en el bolso con la pantalla hacia abajo.

Las puertas se abren detrás de mí.