Mi Jefe no Pide Permiso (Manhattan Boss 1) Capítulo 2. Cassian
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Capítulo 2. Cassian

— La hija de Merrick te sale por dos mil millones. Es un precio razonable por una boda.

Mi padre lo dice mientras se sirve whisky de mi mueble, con mi hielo, en mi despacho, unos cuantos pisos por encima de una fiesta que estoy pagando yo.

El hielo chasquea dentro del cristal.

Augustin Holt tiene setenta y dos años y todavía entra en las habitaciones como si las hubiera comprado esa misma mañana.

—Esa mujer tiene nombre.

—Y un padre con el treinta y uno por ciento de un negocio que necesito. El nombre es lo de menos.

Antes de sentarse endereza el cuadro de la pared dos centímetros, aunque estaba perfectamente recto.

Se acomoda en el sillón que da a la ventana sin preguntar si me molesta. Las preguntas no forman parte de su repertorio.

Desde aquí arriba la terraza se ve como una placa base: puntos de luz, gente moviéndose por líneas invisibles, camareros trazando circuitos entre las mesas. toda esa gente bebiendo algo que pago yo para celebrar una operación que cerré el viernes.

—Baja en algún momento. La gente se ofende si el anfitrión no aparece.

—La gente se ofende igual cuando aparezco.

—Eso lo dices como si fuera un mérito.

—Lo digo como si fuera un dato. Bajo la temperatura de cualquier sala en cuanto entro.

Me sirvo un vaso de agua, porque en mi casa no bebo, y esa es una de las tres reglas que no me he saltado en quince años.

Mi padre lo mira, lo registra y no comenta nada, que viniendo de él equivale a una crítica de página entera.

—La cena con Harold es el jueves. El compromiso se anuncia el lunes, con fotografía.

—Todavía no he dicho que sí.

—Dijiste que sí hace once meses, cuando aceptaste el préstamo puente. Esto de ahora es papeleo.

Ahí está el hombre que me crió. Nunca amenaza a nadie, solo te recuerda dónde firmaste.

Hago girar el vaso sobre la mesa y calculo las salidas de esta conversación, que son las de siempre. Puedo discutir y perder tres horas, o callarme y dejarme por el camino algo bastante más difícil de cuantificar.

—¿Alguna cosa más?

—Sí. —Señala mi cara con dos dedos, sin soltar el whisky—. Arréglate esa nariz antes de las fotos oficiales de la boda.

—Que no.

—Te pago el mejor cirujano de la costa este. Llevo quince años ofreciéndotelo.

—Y yo llevo quince diciéndote que se queda así.

—Sales fatal de perfil.

—Entonces que me fotografíen de frente.

Me la rompí a los veintiuno y el cómo es asunto mío. Mi padre lleva década y media queriendo pagar ese arreglo, y ese es exactamente el motivo por el que sigue torcida. No me quedan muchas cosas que no le deba. Esta me la quedo yo.

Se levanta, se abrocha la chaqueta y deja el vaso a medias sobre mi mesa, sin posavasos, encima de un informe de doscientas páginas.

—Cassian. —Se detiene en la puerta—. La gente que siente, pierde. Tu madre sentía muchísimo.

Sale sin esperar respuesta, que es su forma favorita de quedarse con la última palabra.

No aparto los ojos de el círculo húmedo que ha dejado el vaso sobre la portada del informe.

Cuarenta y dos minutos de visita, que es el récord del año. Me gustan las cifras, nunca engañan.

***

B ajo a la terraza porque en una cosa tiene razón. Si no aparezco, mañana tendré que dar explicaciones a doce personas distintas. Prefiero una vuelta de quince minutos.

El ascensor me deja en un muro de música con demasiados bajos y de colonias caras peleándose entre ellas.

Un tipo con la pajarita torcida me corta el paso junto a la barra dos y se pasa la copa a la izquierda para tener la derecha libre.

—Señor Holt, un segundo nada más. Bernie Kotz, fondos inmobiliarios. Tengo una operación en Queens que le va a interesar.

—¿Cuánta deuda?

—¿Perdón? No le sigo.

—La operación de Queens. ¿Cuánta deuda tiene encima?

Kotz se ríe un instante antes de que yo termine la frase, que es lo que hace todo el mundo aquí arriba, y después entiende que no era un chiste.

—Bueno, eso lo vemos con calma en una reunión.

—Ya lo hemos visto. Buenas noches, señor Kotz.

En quince minutos hago el inventario de siempre. Cuatro personas quieren venderme algo. Otras dos buscan que les presente a alguien. Una mujer me felicita por una compra que cerré en marzo y no recuerda ni el sector.

Un camarero se acerca con una bandeja de champán, le enseño mi vaso lleno y se retira con una inclinación de cabeza. Es el intercambio más honesto que he tenido esta noche.

Sujeto ese vaso toda la velada por el mismo motivo por el que llevo reloj: para que nadie intente ponerme otra cosa en la mano.

Y entonces la veo.

Está metida en el hueco que queda entre una palmera de plástico y la mesa de los canapés, medio escondida. Sujeta el teléfono contra la oreja y se tapa el otro oído con un dedo.

Lleva el pelo recogido en algo que se le está deshaciendo por detrás y el flequillo pegado a la frente por el calor.

Se acerca la pantalla a la cara con una concentración feroz y arrastra algo con el pulgar. Cada vez que habla, se le tensa la espalda dentro de ese vestido.

Está trabajando en mi fiesta, en la terraza más cara de esta ciudad, con Manhattan encendida a sus pies, apagándole el incendio a otro.

Tiene los hombros descubiertos y la postura de quien lleva demasiadas horas de pie. El vestido le marca la columna cada vez que coge aire, y lo coge mal, con prisa, como si el corsé la estuviera estafando.

Le miro la nuca y ese mechón suelto, y calculo cuánto tardaría en tirar de él para deshacerle el resto del peinado.

Dos segundos, o menos si ella colabora.

Se pasa la lengua por el labio de abajo mientras corrige una cifra, sin darse cuenta de que lo hace.

Y yo dejo de pensar en la boda de la que acaban de hablarme.

—Estás mirando a la del rincón.

Mariano aparece a mi izquierda con una copa en la mano y esa cara suya de estar pasándoselo mejor que nadie.

—Estoy mirando la terraza.

—Ya. Y la terraza tiene un flequillo.

—Estoy contando cuánta gente se ha traído Fields sin avisar.

—Cuéntalos luego. Lleva media hora ahí detrás, con el móvil pegado a la oreja, arreglándole el trabajo a alguien por teléfono. He pasado dos veces por delante y ni me ha visto.

—A ti eso te habrá dolido.

—Muchísimo. Ve a hablar con ella.

—No, Mariano.

—¿Por qué no?

—Porque está trabajando.

—Cassian. Llevas siete minutos mirándola. Los he contado, que yo también sé contar .

No le contesto, porque tiene razón y él lo sabe.

Le pasa un camarero por delante con una bandeja de champán y ella no levanta la vista. Le pasa por detrás una mujer con un vestido que cuesta lo que un coche y tampoco.

Esta noche hay aquí cuarenta personas que matarían por que yo las mirase diez segundos. Y la única que no me ha mirado ni una vez está detrás de una planta falsa, metiendo números en una diapositiva.

Sé muy bien lo que ocurre cuando entro en un sitio. La gente se coloca. Se estiran las chaquetas, las frases acaban dos tonos más arriba, alguien deja la copa para tener la mano libre.

Ella no ha hecho ninguna de esas cosas, y no las ha hecho porque no sabe quién soy.

Y eso, esta noche, me parece lo más interesante de los cuarenta pisos.

Me acerco sin la menor idea de qué le voy a decir, cosa que a mí no me ocurre nunca.

No levanta los ojos de la pantalla. Extiende la mano libre con la palma hacia arriba, como quien pide un bisturí en un quirófano.

—Si tienes un martini en esa bandeja, me salvas la vida. Cárgalo a mi cuenta y apúntate una propina doble.

Miro mis manos vacías durante un segundo entero.

Después le quito la copa al camarero que pasa por detrás y se la pongo entre los dedos sin decir una sola palabra.

Es la primera petición de la noche que puedo resolver en diez segundos.